¿Por muchos veranos más?

Parque del Cincuentenario, en Bruselas

Me encanta pasar el verano en esta ciudad. Es mi lugar favorito en época estival. Si el cambio climático nos aboca a un verano eterno, a lo mejor no es tan mala la decisión de quedarme aquí un buen par de lustros. Estos días hace un calor portentoso y leo tumbada junto a la ventana, con mi fiel bici Victoria aparcada al otro lado del cristal.

Advertencia: Esta publicación contiene spoilers, sobre todo si, como yo, perteneces a cierto club de lectura de literatura canaria en Bruselas y aún no te has leído Han cantado bingo.

Los primeros veranos aquí consistían en mañanas luminosas leyendo tumbada junto a un ventanal mientras mi amado trabajaba. Cuando regresaba, aún teníamos muchas horas del día para pasear, sentarnos en una terraza, ir a exposiciones o conciertos y hacernos el amor.

La sensación de dicha infinita en esos veranos ocres y verdes de jardines arbolados, fachadas modernistas, calles vacías y terrazas jolgloriosas ha tenido no pocas veces que lidiar con la otra impresión punzante de culpa por haber abandonado mi tierra de adopción y mi gente en Canarias.

Pero hice una promesa, y es posible que esté cerca de cumplirla. Tengo que dejar atrás el sentimiento de culpabilidad, porque no puedo seguir partida en dos, sufriendo en vano.

El fin de un trauma: no era Bélgica; era el personal de seguridad de los aeropuertos

En una de mis anteriores publicaciones, My favourite colour, narré un incidente que sufrí en un aeropuerto belga hace más de veinticinco años y la disonancia cognitiva que me producía estar viviendo en un país al que había jurado no volver nunca más.

Pues bien, hace poco sufrí un nuevo incidente en un aeropuerto, esta vez español, y llegué a la conclusión de que el personal de seguridad de los aeropuertos, sea cual sea su nacionalidad, tienen el denominador común de detentar un poder absoluto para jorobarte la vida y, cuando menos, arruinarte un viaje. Todavía estoy demasiado impactada por el suceso para contarlo, pero si de algo han servido todas las lágrimas derramadas por su causa, ha sido para arrastrar el lodo de un cuarto de siglo hacia el mar de mi sanación.

No era por ser belgas, sino por ser personal de seguridad, que me jodieron la vida aquella vez. Quizás puedo empezar a hacer las paces con los belgas y, simplemente, seguir aborreciendo los aeropuertos y ejerciendo diplomacia y cautela cada vez que entro en una terminal.

El fin de otro trauma: terapia de grupo con mi old flame de adolescencia

La última vez que estuve en Tenerife coincidí con mi amor platónico durante la adolescencia. A él he aludido en varios puntos de este blog, por ejemplo en la entrada Cuatro horas en Valladolid o en el poema Cyclist in a ditch. Parecía muy difícil que pudiéramos vernos en esa ocasión, pero finalmente logramos sacar un rato para vernos en el sur de la isla, comer y tomarnos un café junto con otros tres amigos por su parte y mi querida sis por la mía.

No lo había vuelto a ver desde 2017, cuando quedé con él para despedirme antes de irnos a América, por si moría durante el viaje. Antes de llegar al restaurante El Cordero estaba muy nerviosa, y le expliqué a mi amiga que estaba sufriendo un flashback de mi adolescencia: no sabía si esa velada acabaría mal o muy mal, porque que acabara bien no me parecía una alternativa viable.

Los nervios se disiparon al llegar y sentarme junto a mi otrora amado, que no amante; logramos tener un almuerzo agradable y contarnos varias anécdotas que se habían quedado en el tintero. Más tarde, ya tomando café en Las Galletas, uno de sus amigos se interesó por nuestra peculiar amistad, que se remonta a cuando teníamos siete años de edad.

Llegado ese punto, no sé qué diablos se apoderó de mí pero me puse a narrar con sorprendente buen humor y desparpajo otro de los principales traumas de mi temprana juventud, del que este hombre era protagonista. Los allí presentes, y especialmente mi interpelado, me miraban con la boca abierta, los ojos salidos de sus órbitas con divertido estupor. No quiero ni imaginarme la cara de la chavala que estaba al otro lado de la barra, escuchando todo el zambombazo. Al término de mi diatriba, mi amiga y sis estuvo en un tris de levantarse y dedicarme una ovación.

Soltar una buena retahíla de reproches plagados de cariño y humor fue enormemente catárquico y quiero creer que para él supuso quitarse un peso de encima tanto como para mí, ya que me estrechó en un fuerte abrazo antes de separarnos, ya por fin para siempre jamás.

La herida que nunca se cierra, pero la literatura y la música ayudan

Hoy he llorado con las últimas páginas de Han cantado bingo, al leer que no hay un término para definir a quien ha perdido a un hermano. Me sobrecogió ese enorme vacío terminológico. El dolor se atenúa pero nunca desaparece.

Solo nos queda ser felices

He preparado un anuncio para mi amado, el de ahora, el verdadero amor de mi vida, con un bocadillo de cómic sobre una foto de nuestros inicios.

La buena nueva, en su caso, la habré de decir en persona, no como aquella otra noticia, que tuve que dar a distancia y quizás por ello me rompió en pedazos. Pero de eso hablaré en otra entrada de este blog. O, muy probablemente, no.

Lo scopriremo sempre vivendo.

Gracias por leerme. Siento la frustración que les pueda deparar el que cuente las cosas a medias, pero así están las cosas, todo en el aire. Bonne soirée !

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