Doce horas en Riedenburg

Acabo de regresar de uno de los viajes más extremos que he hecho en los últimos tiempos, una verdadera “paliza” que no todo el mundo estaría dispuesto a pegarse… Pero lo prometido es deuda, y yo cumplo mis promesas a no ser que algo muy gordo me lo impida.

Foto cortesía del municipio de Riedenburg

Mi amiga Doro me invitó hace meses a su 75 cumpleaños, que celebraba en Riedenburg, un delicioso pueblito bávaro a orillas del Altmühl, afluente del Danubio. Los tres cuartos de siglo no se cumplen todos los días, así que le contesté que haría absolutamente todo lo posible por ir.

El lugar del evento

La fecha se acercaba y veía complicado pedirme vacaciones… Los vuelos entre Bruselas y cualquier aeropuerto alemán cercano estaban por las nubes, unos cuatrocientos euros ida y vuelta, así que planifiqué una locura de viaje que me suponía pasar el viernes ocho horas en autocar, dos horas en tren desde Múnich, dormir en casa de un chamán (un Airbnb) en Ingolstadt y luego llegar en bus a la mañana siguiente a Riedenburg.  Al día siguiente tendría que pillar de nuevo el bus, ir en tren hasta donde tomaría el autocar de vuelta, viajar toda la noche y llegar el lunes reventada.

Pocos días antes de lo que se me antojaba un durísimo periplo, vi un trayecto en Blablacar que me permitiría acercarme bastante a Riedenburg el mismo sábado de la celebración. El problema era el último trecho de veinte kilómetros, para el que no había conexión posible. Resolví entonces llevarme mi pequeña Kiwi, una bici de la marca Kwiggle que se pliega y guarda en una bolsa de tan reducido tamaño que puede ser equipaje de cabina de un avión.

Kwiggle & coffee

Tras recibir la confirmación del conductor, cancelé los billetes que pude y la estancia con el chamán de Ingolstadt, que se lamentó mucho de no poderme conocer, ya que le había parecido que sería una huésped muy interesante.

La víspera del viaje intenté moderarme en otra celebración con varios amigos de Bruselas, pero lo cierto es que amanecí el sábado a las 5.00 h resacosa y maldormida y me costó horrores salir a tiempo de tomar el metro y acudir al Blablacar, que saldría a las 6.00 h de la zona de Rogier.

(Podría haber intentado llegar en la Kiwi desplegada pero me había costado tanto encajar la ropa y mis escasos enseres entre los huecos de la bici, que preferí llevarla a mis espaldas y llegar en metro hasta el punto de encuentro). Thierry, pues así se llamaba el conductor, llegó puntual y allá nos lanzamos, a la aventura de la Autobahn alemana.

El viaje en coche se planteaba complicado: los otros dos pasajeros solo hablaban alemán y Thierry no dominaba ese idioma, así que me pasé un buen rato haciendo de intérprete de varias conversaciones. Por suerte uno de los pasajeros se bajó pronto y la otra se durmió, y así pudimos pasar Thierry y yo a hablar en un único idioma, en francés o en inglés según sonara la flauta. Me comentó que se dirigía a Croacia a hacer kitesurf… ¡y no conocía El Médano! Me ocupé de ponerle al día de nuestros estupendos vientos, ojcorrrrs.

El tráfico estaba densísimo y muy lento, así que llegamos a mi destino, Denkendorf, dos horas más tarde de lo previsto, a las 15.00 h, previa parada para comer algo, un gesto que le agradecí a Thierry porque yo, una vez que desplegase mi Kiwi, no tendría tiempo que perder.

Desplegar y lista

Mapy, una aplicación que me había una vez recomendado David, el avezado ciclista del que os hablé en esta entrada de mi blog, me llevó por deliciosos senderillos escondidos y bien cuidados llenos de ciervos, conejos, exuberante hojarasca y ávidos mosquitos. Tardé dos horas porque las cuestas arriba las tenía que hacer caminando, pero no vi ni un alma, ni un solo coche en todo el trayecto, y estaba encantada de oír cigarras y pajaritos por doquier.

Llegué a las 17.00 h y pico y pedí rauda la llave de mi habitación en el hotel Schwann, un pintoresco lugar con una terraza espléndida en la plazuela del pueblo. Me di una ducha rápida, me puse ropa decente y me fui por la orilla del Altmühl al lugar de la cena, el Fasslwirtschaft, pegadito a un curiosísimo museo, el Kristallmuseum, que como su nombre indica alberga una fascinante colección de cristales de roca.

Foto cortesía del sitio web del museo

Allí estaba ya todo el elenco de familiares y amigos de Doro. Algunos me recibieron calurosamente y me trataron como si me conocieran de toda la vida, ya que Doro les había contado anécdotas de mis periplos. Pasamos una velada maravillosa y me sentí inmensamente afortunada y agradecida de la invitación, porque verdaderamente fue un privilegio estar allí, ver vídeos y fotos de la vida de Doro, desde su infancia hasta su venturosa madurez, pasando por una ajetreada juventud.

Me puse en una esquinita para ser fácil de borrar, porque salgo hecha un adefesio.

Tras haber departido con todos sobre lo divino y lo humano, bailado al son de la flauta y el violín, reído, comido y bebido, me retiré a las 23.00 h muerta de cansancio.

Al día siguiente me esperaba el verdadero desafío, porque no os comentado aún que encontré otro Blablacar que pasaba por Denkendorf temprano por la mañana, y había decidido reservar para llegar a Bruselas en siete horas, y no comerme así las catorce o más horas de viaje que había planeado en un principio.

Erik, pues así se llamaba el conductor de hoy, me mandó un sms a las 5.30 h avisándome que la llegada a Denkendorf sería a las 7.30 h, en lugar de a las 8.00 h previstas, si el estado del tráfico lo permitía. Yo ya estaba duchada y vestida, pero había tardado más de lo deseado en prepararme y ante las apremiantes nuevas tuve que renunciar a mi paseo matutino. Me hubiera gustado acercarme al Altmühl una última vez para ver el alba reflejada en sus aguas, pero no pudo ser.

La inconmensurable belleza de Riedenburg, al alba

Subí a pie la penosa cuestita empedrada de salida del pueblo y, ya en la carretera, resolví arriesgarme y desplazarme sobre el asfalto, en lugar de volver a los senderillos recomendados por la aplicación Mapy.

Los primeros kilómetros fueron un tortura cuesta arriba y empecé a dudar de si me habría equivocado al tomar ese camino, pero Google Maps seguía insistiendo que yo iba bien de tiempo. A esa hora no había coches, así que ni tan mal… A veces, cuesta abajo, podía atreverme a rodar a toda velocidad sin siquiera tocar los frenos. Una caída habría sido fatal, pero el asfalto estaba en muy buen estado.

De repente, a las 7 y cuarto, me llamó Erik para avisarme que ya había llegado a Denkendorf. Le expliqué, resoplando, que estaba a poca distancia del pueblo pero aún tardaría veinte minutos. Aceptó esperar a regañadientes. 

Los últimos kilómetros volé cuesta abajo, yo creo que iría a 35-40 km/h. A esa velocidad ni los frenos me habrían respondido, así que el peligro era enorme, pero seguía sin ver coches en los cruces. Aparecí sonriente y apurada en la gasolinera Ara de Denkendorf ante un Erik visiblemente sorprendido del tamaño de mi bicicleta.

El trayecto ha sido estupendo. El conductor es triatleta, políglota, exabogado y profesor de Derecho de la ULB que hubiese querido ser intérprete, así que os podéis imaginar que mantuvimos una vivísima conversación y el viaje se hizo muy breve y entretenido. La música que llevaba puesta, de los setenta, ochenta y noventa, fueron la guinda del pastel de un trayecto tan inolvidable como el resto del viaje.

Rider de la parada de metro donde termina esta aventura

Este viaje no habría sido posible sin mi Pak, que me hinchó las ruedas de la Kiwi la víspera, y sin la inestimable ayuda de Conchi, nuestra housesitter favorita, que el verano pasado me recogió la bolsa de Kwiggle donde la he portado este viaje. Me siento muy afortunada y por eso me he puesto a escribir de inmediato en el blog, para transmitiros que estoy muy orgullosa de esta vida loca que llevo.

¡Gracias, Doro, por invitarme a tu maravilloso 75 cumpleaños!

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