Donde duermen los trams

Esto es un primer borrador, disculpa mi escritura chapucera: no siempre reviso lo que publico.

Acabé de cerrar la mochilita, llena a reventar de objetos inverosímiles (una cafetera italiana de un litro, un portátil, unas sandalias agrietadas, tres tipos de gafas, muchos móviles, cables y auriculares, nueve bragas tanto de arriba como de abajo, un bañador y una camiseta) y me fui a dormir a las 21:00. Tardé mucho en dormirme y cuando sonó el despertador a las 23:50 llevaba, yo creo, apenas una hora de sueño en el cuerpo, insuficiente para emprender un viaje, pero es lo que había. Pak no había aún vuelto del fútbol y en cierto modo me alegré de poder trastear por el piso sin tener que ser silenciosa.

Salí a la calle. La noche estaba serena, fresca pero no fría; la rue Franklin aún bastante transitada: un par de mujeres, un borracho… Apenas era medianoche y algunos volvían a casa tras cerrar algún pub. Vi venir el bus 21 y decidí espontáneamente subirme a él y tomar la ruta alternativa: no ir en metro hasta Montgomery sino ir a Diamant y tomar allí el tranvía. No conocía ese camino pero tenía más de media de hora de margen respecto al plan inicial. En Diamant, lo que parecía la boca del metro era en realidad del tram y no tardé nada en orientarme. Abajo en la parada había un mendigo y se volvió a mí con un vaso en la mano. Désolée, mate, no tengo un duro, le dije sin hablar. Me miró los zapatos descacarillados y los pantalones descoloridos y no insistió.

En el tram me acompañaron hasta Buyl un ciclista con su bici, unos pocos más pasajeros y el mendigo sacudiendo por doquier su vaso de monedas y silbando a la buena suerte.

Caminé luego un breve trecho por las calles vacías, muy despacio porque tenía media hora larga de margen y ya estaba casi en mi destino. De lejos se oían pitidos y voces, y pensé que quizás era que había ganado el USG (el parque Duden no debía estar lejos) o a lo mejor eran ya los primeros agricultores en huelga.

Habíamos quedado frente al tram dépôt y, llamándose esa calle avenue de l´Hippodrome, no me esperaba lo que me encontré: una calle empinada y angostísima, de doble sentido donde apenas cabían dos coches y dos tranvías ni te cuento. Las vías de repente confluían, en ambos sentidos, para girar hacia un enorme patio interior: ahí era donde pasaban la noche los trams.

La siguiente escena fue mágica. Uno tras otro, entraron lo menos una buena docena de tranvías en uno u otro sentido, circulando muy, muy despacio. Vacíos, silenciosos, casi parecían abatidos rumiantes, volviendo cansados al redil tras una larga jornada mordisqueando praderas. Madre mía, me dije, lo que debe de ser vivir en esta calle. Pero, claro, por eso circulaban tan despacio, no solo para girar con cautela, sino también, quiero creer, para no molestar a los vecinos. Un conductor al pasar tocó ese claxon tan peculiar que tienen. ¿Por qué? No hagas ruido, cabrón, pensé empáticamente. 

Resulta que ese conductor era Jonathan, y es así que mi actual viaje comenzó donde termina su trabajo cotidiano: donde duermen los trams.

Lee más sobre este lugar aquí (FR)

Jonathan nos llevó, a mí y a otros dos pasajeros, en su coche hasta el aeropuerto de Charleroi, y nos dio tiempo a arreglar el mundo: la huelga de agricultores, la deriva a la extrema derecha en varios países de Europa, el plurilingüismo, la emigración voluntaria y forzosa, las Islas Canarias, la inteligencia emocional… Da para hablar de mucho en 45 minutos. El conductor y uno de los pasajeros eran belgas y el otro pasajero era alemán, pero los más jóvenes habían nacido en San Petersburgo, pura casualidad porque no se conocían. Bromearon sobre si serían hermanos de una misma madre.

Ya en el aeropuerto, dudé muy seriamente si quedarme hablando tres horas con el alemán, que dijo que no dormiría y era majísimo y cultísimo, o intentar dormir. Me decanté por lo segundo (una ya está mayor) y acabé tres horas sentada dormitando delante de una tienda con ropa de bebés y una invitación a parir aquí (para quien no entiende francés).

Un par de horas más tarde, ya en el avión, una mujer perdió el conocimiento y se desplomó estrepitosamente en el pasillo. Alguien gritó si había un médico a bordo: parecía de película. Yo temí que nos tuviéramos que desviar y aterrizar de emergencia, pero por suerte fue solo un vahído y la mujer se recuperó a los pocos minutos.

En cuanto aterricé en Tenerife me acerqué a saludar brevemente a mi maravilloso inquilino, que trabaja en el aeropuerto, y al cabo me fui en una guagua deliciosamente semivacía a Santa Cruz. Me dio tiempo a hacer una traducción y todo.

En la capital estuve dos horas haciendo mis últimas voluntades médicas, departiendo de lo divino y lo humano con dos funcionarias. Fue fascinante desde el punto de vista jurídico y médico, porque la funcionaria me pidió definiciones de lo que yo entiendo por eutanasia y por suicidio asistido, y tras mi perorata llegó al convencimiento de que yo sabía perfectamente de qué hablaba y por ello me permitió hacer una mención expresa en mi declaración, que es la siguiente:

“Estoy a favor del suicidio asistido en los primeros estadios de una enfermedad crónica o imposibilitante o en caso de sufrimiento físico o psíquico constante e intolerable”.

Crónica o imposibilitante, ese “o” es mi victoria, así como la mención a una figura que aún no existe en el ordenamiento español, la del suicidio asistido, diferente a la sí vigente noción de eutanasia.

Volví luego al sur en una guagua abarrotada de adolescentes, y ahí ya sí que no pude traducir, al no haber garantía alguna de confidencialidad. Trabajé luego en mi casa cuatro horas a duras penas, porque estaba agotada, física y mentalmente.

A las siete y media iban a venir M. y G. y yo iba a verlas hacer yoga aéreo y luego nos iríamos a cenar.

No pude. A las seis yo me había ido a dormir con un tremendo dolor de cabeza, totalmente exhausta. Estuve sumida en una especie de coma profundo y no me he despertado hasta hace dos horas.

He estado tan profundamente dormida que no he oído a mi amiga y su hija entrar, con lo ligero que tengo yo el sueño por lo general. La nena me ha llegado a tocar y llamarme muy bajito para que saliera de entre los brazos de Morfeo, en vano. Tampoco he oído a mi amor mandarme multitud de mensajes esta tarde. A las siete horas, en mitad de la madrugada, me he despertado convencida de que he estado muerta y he resucitado. He visto perfectamente la escena de todo lo que ha pasado mientras yo dormía, en una revelación súbita de mi viaje extracorpóreo. Y me he sabido querida y todo está escrito, todo está bien, y ahora ya sí me voy a dormir.

2 Comments

    1. Gracias, Susana, os tengo abandonaditos a mis lectores 😉 No me da mucho a tiempo a nada últimamente. Gracias por leerme desde esas diferencias que sin duda salvamos con buenos puentes. ¡Un abrazo!

      Like

Leave a reply to Intercleta Cancel reply