Fuerteventura (III)

Hoy, que hemos estado desempolvando nuestras bicis para hacer alguna excursioncilla semanosantera, culmino por fin la última entrada de nuestro periplo por Fuerteventura, a falta de relatar la excursión al islote de Lobos. Los días se cuentan, como es habitual, en orden cronólogico inverso.

¿Por dónde se nos fue el 2022?

1 de enero de 2023

Dormimos reguleras en esta primera madrugada del año, por la rave estruendosa que tenían en la casa de al lado, en Tefía. Nos habiamos puesto tapones y la regularidad del “chunda-chunda” de música tecno terminó por adormilarnos, pero no fue un comienzo muy prometedor del día…

Al pasear por el entorno de nuestro apartamentito, no había ni rastro de las gallinas, los polluelos ni la tortuga, así que supusimos que estaban más fastidiados que nosotros, con el escándalo de esa música sacada del mismísimo infierno. En el desayuno, Carla nos confirmó que todos los animales estaban estresados: las gallinas no habían puesto huevos y ni sus perros ni ella habían pegado ojo en toda la noche, al dar su ventana directamente al lugar de la fiesta. La mujer estaba francamente furiosa con su vecina, que alquila su casa sin ningún miramiento a empresarios sin escrúpulos. Nosotros la consolamos como pudimos… Pero no quisimos decirle que habíamos dormido mejor que con el kirikí de sus gallos, la noche anterior.

Salimos hacia el pueblito costero de Los Molinos, pasando, precisamente, por el molino donde nos habíamos hecho las fotos de Nochevieja el día anterior. La mañana estaba fresca y serena; las carreteras, deliciosamente vacías.

Los Molinos es un poblado muy pequeñito pero hermoso. Lo primero que nos sorprendió fue la reserva de aves, con un laguito de agua dulce muy cerca de la costa. Amarramos las bicis a un cartel informativo y nos pusimos a pasear entre los patos y pollas de agua que campaban por la reserva.

Después, volvimos adonde teníamos las bicis para hacer el senderillo que subía una colina, a la izquierda del pueblo. Nos sobrecogió un paisaje digno de un Giant Causeway en miniatura. Las formaciones rocosas emulaban un órgano a la espera del rugiente compás del océano. Bellísimo. Nos quedamos sentados un rato a contemplar las vistas hasta que una pareja de instagramers vino a perturbar nuestra paz.


Después, bajamos de regreso al pueblito y dimos un paseo por sus angostas calles de arena, antes de sentarnos a tomar algo en el bar.

Ya descansados y saciados, emprendimos de nuevo el regreso, alejándonos de carreteras de asfalto para seguir la costa por el norte, por caminos de gravilla.

Por caminos paralelos a la costa, sin ver ni un alma, nos asomamos a acantilados que quitaban el hipo. El día estaba espectacular, ni frío ni calor, ni viento ni calma chicha. Había la brisa justa y la temperatura ideal, y una luz de ensueño.

En un momento dado, vimos un coche bajando una colina y a Pak se le ocurrío que, puesto que un coche venía de ahí, ese debía ser el camino. Durante las siguientes horas, nos vimos subiendo y bajando más colinas que en Roma por un ripio muy resbaloso que no nos permitía pedalear. Los paisajes eran espectaculares y mereció muchísimo la pena, pero durante el proceso yo estaba levemente preocupada de que se nos pudiese hacer de noche en medio de la nada, totalmente perdidos entre colinas sin cobertura alguna.

En un momento dado, me adelantaron dos personas que iban haciendo motocross. Me dieron una envidia enorme porque ellos sí podían ir encima de sus vehículos y disfrutar de las mismas ventajas que nosotros pero sin los inconvenientes.

Tras una hora sin ver de lejos a Pak, me decidí a bajar una cuesta hacia una carretera que iba en llano hacia el este. Seguía sin tener cobertura, pero era obvio que acabaría saliendo a alguna carretera más principal. Perseguí a unos baifos cuesta abajo y pronto llegué a un camino liso donde había, no obstante, anchas grietas que impedían el paso. Un par de veces, me tuve que bajar a la grieta y pasar la bici a pulso de un lado a otro, porque era imposible intentar saltar. No fue peligroso en ningún momento, solo inconveniente. 

Al pasar una curva, ya tuve cobertura y escribí a Pak, que ya había llegado al apartamento hacía un buen rato y empezaba a preocuparse de que me hubiese pasado algo. Vi que en media hora llegaría a casa, según Google, así que realísticamente le dije a Pak que en una hora estaría ahí. Los senderos de picón de lava fueron deliciosos, a lo largo de hileras de cactos y sin ver a un alma en todo el recorrido.

Ya en el apartamentito, me duché y fuimos a cenar con Carla, como habíamos acordado. Nos había preparado unos pimientos rellenos riquísimos. Nos fuimos a dormir con el mismo chunda-chunda con el que nos habíamos levantado. La rave duraría en total 48 horas, con más de treinta caravanas esparcidas por todo el descampado.

31 de diciembre de 2022

Dormimos bastante poco porque unos gallos nos despertaron cantando bucólica y regularmente desde las cuatro de la mañana, dialogando gallardamente unos con otros de uno al otro confín del pueblo. Salimos a desayunar, ojerosos y cansados, y de repente nos llamó la atención el piar de unos polluelos en el patio, retoños seguramente de los gallos que nos habían dado serenata. Nos acercamos a mirar a las criaturas y Pak descubrió también una tortuga parecida a la difunta Funcionaria que fue mascota de mis sobrinos. Esta también tenía cara de “vuelva usted mañana”.

Tras el delicioso desayuno que nos preparó Carla, enfilamos hacia el destino que teníamos trazado para hoy, Betancuria. Había bastante desnivel y yo iba muy lenta, para no variar, así que Pak me esperó a la sombra de una parada de guaguas en Valle de Santa Inés, y allí nos hicimos una fotita findeañera.

La subida que siguió después fue de aúpa, y yo me tuve que parar varias veces para recuperar el resuello.

Pak estaba ya aburrido de esperarme en un mirador donde había unas estatuas gigantescas, pero ahí nos hicimos la foto turística de rigor.

Para los guanches, size matters.

Luego ya fue todo bajada hasta Betancuria, y el pueblito nos pareció muy bonito pero algo artificial, demasiado turístico. Comimos en una suerte de pub y el personal era muy majo, pero estamos acostumbrados a comer en tasquitas locales y todo lo que había allí era guirilandia. No “nos supo”.

La vuelta la hicimos prácticamente por el mismo camino, salvo el último tramito. Paramos a hacernos fotos en el molino, para despedir el año.

Antes de las 18:00 teníamos que estar en el bar de Tefia, el Parada 33, pues cerraba a esa hora. Llegamos sobrados de tiempo y nos llevamos comida para llevar, incluido un rico postre y líquido elemento para despedir el año con el gaznate húmedo. Nos dieron las uvas peninsulares y yo me deslicé suavemente en los brazos de Morfeo antes de haber siquiera oído las campanadas canarias.

30 de diciembre de 2022

Amanecimos en nuestra última noche en casa de B. y J. con un amable vídeo de Carla, nuestra siguiente anfitriona, explicándonos cómo encontrar la llave e instalarnos si llegábamos antes que ella.

Dimos de comer al pajarito de nuestros amigos y les regamos las plantas antes de salir. Habíamos dejado las cajas de las bicis en su terraza, así que sabíamos que pronto volveríamos a verlos.

Nuestro primer destino era Tetir, pero antes de llegar, Pak tenía prevista una parada en una cuevita cerca de Los Estancos, así que nos desviamos por un senderillo de tierra y dejamos un momento aparcadas las bicis.

La cuevita era pequeña pero estaba limpia y era curiosa de ver. Antes de volver a montar en nuestras bicis, recogí una botella de plástico que algún marrano había dejado allí, y cargué con ella hasta que la pude tirar en un contenedor. Es algo que hacemos, cuando podemos, con la basura ajena, siempre que nuestro equipaje nos lo permita.

En Tetir, paramos a comer en la Cafetería Fausto y, al comentárselo por WhatApp a nuestros amigos, resultó que conocían a los dueños y nos recomendaron encarecidamente. Comimos como reyes y remoloneamos bastante antes de decidirnos a partir de nuevo, con el estómago aún a reventar.

No tardamos en llegar a Tefía, y el pueblito nos pareció un remanso de paz. El apartamentito era una maravilla y tenía absolutamente de todo.

Dimos un paseo por los desérticos parajes y llegamos a una suerte de mausoleo dedicado a unos paracaidistas que se habían estrellado allí. También nos saludaron los baifos del lugar.

Cuando, al cabo de unas horas, nos volvió a dar hambre, nos fuimos al bar del pueblo, el Parada 33, y picamos alguna coseja.

Por la noche saludamos a Carla, quien muy amablemente nos invitó a usar el salón comunal, si necesitábamos wifi. Estuvimos muy cómodamente apoltronados en el sofá y cuando ya nos dio sueño, nos retiramos a nuestros rurales aposentos.

29 de diciembre de 2022

Amanecimos sin prisa ninguna y nos encaminamos hacia Antigua. El primer tramo era el mismo que haríamos el día 2 de enero para volver a Puerto del Rosario, así que lo recorrimos con interés, pensando cómo sería desandar lo andado, a la vuelta (cuando sabíamos que tendríamos prisa por volver a la capital).

Hacía mucho calor y yo tenía sensación de estar a punto de ver espejismos. Efectivamente, tras pasar Casillas del Ángel me pareció ver a dos ángeles en su casita: de lejos se veían dos figuras danzando armoniosamente sincopadas, en el rellano de una casa. Me parecieron auténticos profesionales, tal era la coordinación. Al pasar al lado, vi que eran dos adolescentes en pijama bailando estertóreamente al ritmo de alguna abominable música latina. Bendije mi miopía y mi portentosa imaginación, y maldije mis oídos y mis gafas por estropearme el ensueño.

Ya en Antigua, candamos las bicis y nos dimos un buen paseo. Nos sentamos a comer en el primer bar que nos pareció bien, ni fu ni fa. El pueblo era medianamente grande y nos dio para caminar un buen rato.

Ya de regreso y tras una ducha rápida, hicimos algunas compras, nos tomamos unas cervecillas en el Saranda, cenamos en el Tanquito y nos fuimos prontito al piso para poder ver en Netflix el documental sobre Heinz Stücke, The Man Who Wanted to See it All, del que somos anónimos crowdfunders.

Nos decepcionó un poquejo porque queríamos saber más de su viaje, no sólo del aftertrip, pero bueno, supongo que habrá que esperar a que esté listo su museo.

28 de diciembre de 2022

Día de los Inocentes, y ahora que he empezado a leer el libro que me compré ese día, del ciclista B. Torres, pienso que fue un día oportuno para comprarlo (no porque sea tolete, el muchacho, ¡todo lo contrario! He hecho ahora la asociación porque de su literatura se extrae que es muy joven e inocente).

Fuimos a la casa museo de Unamuno y estuvimos empapándonos de sus versos y reflexiones. Vimos una vajilla de La Cartuja idéntica a la que he heredado de mi tía, así que debe ser valiosa y/o antigua, no lo sé…

Comimos en un restaurante gallego, Brisas do Mar, y nos supo todo delicioso. Teníamos al lado unos jóvenes del lugar, muy majos, con una conversación muy normal. Da gusto escuchar a gente normal, de vez en cuando, porque hay conversaciones ajenas que pueden ser una auténtica tortura.

El paseo que dimos después fue muy agradable. Nos paramos a mirar en cada charquito, a tocar cada escultura… Es delicioso cuando no hay absolutamente prisa ninguna.

El fin de este viaje lo relataré en otra entrada, Islote de Lobos. ¡Gracias por leerme!

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