Cuatro horas en Valladolid

Debo a mi infancia y a mi adolescencia pucelana el ser ciclista, así que le tengo necesariamente que dedicar a Valladolid una de las entradas de mi blog.

Llegué a Valladolid en coche compartido con otras tres mujeres. Como siempre, llevé yo la voz cantante y no me callé en todo el trayecto. Mi vida es entretenida, yo lo sé, y en una hora y media de viaje da tiempo de sobra a esbozar cuatro anécdotas sin entrar en demasiados datos personales. Tras bajarme del coche y despedirme efusivamente, puse en el móvil el punto de encuentro con mi hermano y Google me llevó caminando entre bosques en un maravilloso día soleado. Las urracas me hacían compañía, y luego los gorriones junto al Esgueva.

Yo no sé si le pasa a todo el mundo, pero yo tengo una especie de consciencia aumentada de cómo me he sentido en situaciones similares a lo largo de mi vida, y recuerdo que en un momento dado caminé un buen trecho junto a unos adolescentes que iban hablando animadamente. Me senti muy a gusto caminando junto a ellos, y no siempre ha sido así. No me gustan los adolescentes; ni siquiera yo me gustaba a mí misma, de adolescente: desconfío de su afán de protagonismo, de la necesidad que tienen que hacerse los graciosos e interesantes con sus colegas. Estos eran chicos muy normales, hablando de sus cosas. Quizás una es injusta al juzgar a todos los adolescentes con el mismo rasero porque, al fin y al cabo, son individuos con personalidad propia; es en grupo cuando se tornan en Mr Hydes en potencia. Con todo, cambié de acera a la primera ocasión, para no incomodarlos y que no pensaran que tenía puesta la oreja en su conversación.

Urraca

En Valladolid hubo carriles bici mucho antes que en otras ciudades de España, y es gracias a eso que yo usaba la bici en mi adolescencia para hacer deporte, pedaleando hasta el Pinar de Antequera and back. Mis primeros paseos por la ciudad, ya a la tierna edad de diez años, fueron en bicicleta. Ir en bici sola es, en realidad, no ir sola: parece más difícil que yendo en bici te puedan atacar o secuestrar. Siempre me he sentido segura en bici, aunque pueda parecer una falsa sensación de seguridad. En el trecho que caminé junto al Esgueva, lamenté no haber traído mis patines para ir rodando por el carril bici. Eché también mucho de menos a mi bici Anacleta: está en Tenerife, como ya he relatado en este blog.

Canal del Esgueva

Estuve un rato con mi hermano tomando un café en su trabajo, y se sumó a nosotros el fantasma de nuestro otro hermano muerto. No hacía falta que sacáramos el tema a colación: ambos lo sabíamos presente sin necesidad de hablarlo. Nuestro difunto hermano trabajó también allí y todo el mundo lo conocía y lo recuerda, a pesar de los muchos años transcurridos: era muy simpático, un tipo excepcional, y su pérdida fue tremenda e irreparable para cientos de personas. “Siempre se van los mejores”, dicen. Pues sí: se fue el mejor de todos nosotros, el más optimista, emprendedor y dicharachero de toda la familia. Yo tengo el pelo levemente parecido a él, así que quienes lo conocieron y me vieron en esta ocasión, también pensaron en él. Lo vi en sus ojos: no hacía falta decir nada.

Caminé un rato con mi bro hacia el centro. “Ahí están rodando Memento mori”, me dijo, y yo le comenté que conozco la novela y me la he leído. Inevitablemente mis pensamientos me llevaron a quien me había prestado el libro, a quien en esa ocasión no había dicho que estaría en Valladolid. Me sentí culpable por no decirle nada, pero es que cuatro horas no me daban para ver a todo el mundo que querría ver. Dudo que me lea, pero aprovecho para pedirle disculpas. Me cuesta mucho quedar con quien yo consideré el amor de mi vida prácticamente toda mi adolescencia y principio de vida adulta. No es miedo a que salte la llama, es miedo a hacerle daño diciendo demasiado o, lo que es peor, miedo a lo que se deja de decir. Decidir alejarme de él me convirtió en lo que soy y estoy muy orgullosa de esa decisión. Explicárselo sería devastador y cruel y él no lo necesita. Lo peor de todo, y quizás es lo que más miedo me da, es que una conversación de esta índole tiene todas las papeletas para ser recibida con una armadura de total y absoluta indiferencia por su parte. Antes de viajar a América quedé con él y pensé en sincerarme por si me moría en ese viaje, pero no me salió. Aquella fue una quedada muy agradable, alejada de nostalgias. La gente de mi pasado sigue en su presente y me fue muy grato escuchar anécdotas de sus vidas. En aquella ocasión, pensé que si me moría en el viaje, al menos quedaría el recuerdo de habernos visto y haber charlado desenfadadamente, y no el recuerdo amargo de haber hablado lo que quizás deba permanecer no dicho.


Tras despedirme de mi hermano, caminé por el centro, primero por la Antigua y luego hacia la Plaza Mayor. Bajo los mismos soportales que vieron antaño los cadáveres colgando de los comuneros ejecutados, me crucé con una chavala con rodilleras de voleibol. Me la quedé mirando con sorpresa e ilusión: me vi a mí misma hace treinta años. La pobre se molestó: yo creo que me tomó por loca, por miope que se equivoca de persona o por pederasta, porque bajó la cabeza huyendo de mi mirada y apretó el paso.

Zona de La Antigua

Entré brevemente en la oficina de Correos donde sufrí una agresión hace veinticinco años, y no me generó ansiedad ninguna: estoy curada desde hace lustros y ahora resulta anecdótico. Ya es casualidad que salgan en las noticias unos imbéciles que se dedicaron a berrear insultos machistas desde sus ventanas: yo a la edad de esos chavales tuve un altercado con un tío en esa oficina que me gritó durante varios minutos y con todo lujo de detalles que yo lo que necesitaba era que me follasen, y todo porque le pedí que dejara de insultar a la empleada por no poder venderle un sobre suelto. Los minutos de agresión verbal de ese hombre se me hicieron eternos,  y nadie me ayudó, ni siquiera la empleada a la que yo había rescatado. La oficina estaba llena, y nadie terció. No me fui de allí por temor a que ese psicópata me siguiera por la calle, así que tuve que esperar pacientemente a que se cansara de gritarme y se fuese él. Luego, arrinconada en una esquina de la oficina, tardé una hora en recabar el coraje para salir a la calle e irme a mi casa: en aquellos tiempos no podías llamar por teléfono a que alguien viniera a buscarte o ayudarte. Las salpicaduras de saliva e insultos sobre lo que me merecía que me hicieran por ser una puta entrometida, las tendría pegadas a la piel durante días, si no meses o años. No sé cuánto duró la agresión, algo entre dos y cuatro minutos, estimo yo, pero esa retahíla de insultos y barbaridades me dejaron temblorosa e insomne durante mucho tiempo. Un día lo tengo que novelar, porque a esto estamos expuestas las mujeres todos los días: a una violación con el verbo que, por mucho que no sea igual que una violación física, también trastorna, empequeñece y acompleja.

Oficina central de Correos en Valladolid

Eché a caminar hacia otro rincón más benigno de mis memorias: el Campo Grande. Allá pasé mis veranos jugando al voleibol (iba en bici, por supuesto) y aquí también disfruté de algún que otro amorío, aunque siempre parecía haber mirones y exhibicionistas, en este parque por la noche. Vi una ardilla y se me alegró el alma: nunca antes había visto una ardilla en España.

Por último, fui a dar con mis huesos al Amberes, y ahí me tomé una copita en la estupenda compañía de mi amigo F. Hay gente maravillosa con la que se puede quedar, aunque pasen muchos años, y parece que haya sido ayer cuando nos vimos. Gracias, vida, por poner también a personas buenas en mi camino.

El bar Amberes

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