Llena eres de gracia

Estuvimos dos días en la Graciosa, un islote de 27 km2 con escasa población, carreteras de tierra (aunque están asfaltando con cemento algunos tramos) y apenas un par de coches de los residentes de allí. Hay infinidad de sitios donde alquilar bicis y se recomienda encarecidamente alquilar una, a no ser que la traigas ya desde otro punto de Lanzarote, como nosotros, en cuyo caso la podrás llevar gratis en el ferry.

No hice fotos en la Graciosa porque el lugar invita a desprenderse de todo y quedarse desnudo de móviles, cámaras, relojes y de todo lo que no sea uno mismo y la naturaleza. Pak sí hizo fotos bellísimas de texturas que parecen de otro planeta y espero que se anime a escribir en su blog y publicarlas (¡ustedes presionen!).

Martes graciosero

Alquilar de un día para otro es harto difícil con la escasez de alojamiento que hay en la Graciosa y habiamos tenido que reservar el mínimo de dos noches, pero nos gustó mucho La Casita, sobre todo sus vistas a las dunas y la fruta que nos regaló la dueña, que complementó muy bien nuestro desayuno.

A sabiendas de que no había ningún lugar para gastar dinero fuera de Caleta de Sebo, decidimos no cargar más que con bañadores, toallas, gafas de bucear, crema solar y algo para picniquear. Fuimos primero hasta Playa de la Concha por una pista que está parcialmente cementada y desde allí caminamos hasta la cima de Montaña Bermeja (una colina, en realidad).

Hacia Montaña Bermeja

Tras la caminata retomamos las bicis y rodamos con cierta dificultad por los caminos de arena compacta hasta una playita en el este del islote. Desde allí quisimos seguir hasta Pedro Barba, pero nos topamos con que la carretera estaba cortada y los obreros nos exigían volver por donde habíamos venido.

Desmontamos y bordeamos la obra por la costa, al igual que estaban haciendo otros caminantes y ciclistas, pero al incorporarnos a la carretera vino a toda velocidad un capataz en su camioneta y nos cayó una somanta de reproches a grito pelado: que si es un espacio protegido, que si no se puede uno salir de los senderos… Ya, pero lo que nos pedía era impracticable, le habríamos dicho si nos hubiese dejado hablar. En fin, para qué explicarle nada a un señor que a todas vistas no sabía lo que cuesta cubrir distancias en bicicleta. Lo suyo hubiera sido que marcaran ellos al ladito un sendero alternativo, en lugar de pretender que todos los ciclistas y caminantes desandáramos lo andado durante medio día: menudo desatino. Nota a los visitantes de la Graciosa: pregunten siempre a alguien de allí, antes de salir, si hay caminos cortados.

En Pedro Barba decidimos parar a darnos un bañito refrescante, porque teníamos polvo hasta en el piloro. El lugar estaba prácticamente desierto: un par de bañistas con sus perros. La playa es diminuta pero rocosa y llena de peces confianzudos: vimos especies que no conocíamos y nos hacían cosquillas los bancos de alevines. Nos sentó de maravilla el chapuzón antes de volver a los pedales. Ya de regreso en Caleta, entramos un momento a La Casita a reponer agua y menos mal, porque el sendero que tomamos luego hasta Montaña Amarilla era muy polvoriento y pedregoso y se me hizo mucho más largo de lo que yo esperaba. El trayecto mereció la pena: Montaña Amarilla es espectacular; parece curry chorreando al mar en medio de un paraje desolado.

Se atisbaban personas en una playa lejana enfrente, pero no había sendero para llegar hasta allí y volvimos por donde habíamos venido, botando alegremente sobre los pedrolos de la carretera.

Cenamos en un sitio algo más pijo que la noche anterior y no estuvo mal, pero me había gustado más el lugar frente del puerto donde habíamos cenado el lunes. Pedimos navajas y pulpo de nuevo: el pulpo sería nuestro plato estrella a lo largo de todo el viaje.

De vuelta en La Casita comprobamos que la ropa que habíamos lavado el día anterior no se había secado nada, tal era la humedad. Las noches desérticas dejan las casas al fresco durante el día y no hay manera de secar la ropa en interiores.

Al día siguiente por suerte daría tiempo a que se secara la ropa, extendida sobre las bicis, mientras esperábamos al ferry.

Miércoles en Haría

El trayecto de regreso en el ferry fue más lento y agradable, o quizás fue la ausencia de viento, la que daba sensación de lentitud. Antes de embarcar habíamos llegado a cruzarnos con Martina, la propietaria de La Casita, y nos confirmó que merecía la pena ir a la casa-museo de César Manrique. Dado que llegaríamos temprano, pusimos la visita en nuestro orden del día.

La subida desde Órzola fue muy, muy sinuosa pero menos dura de lo que pintaba en el mapa. No había apenas tráfico, así que pude pedalear a mi ritmo, más lenta que un caracol reumático. En una curvita muy cerrada tuve que parar el tráfico señalando con la mano porque los coches delante de mí no veían la cola que yo llevaba detrás; con todo, no hubo sustos ni agobios y al poco rato estábamos en Haría.

Tuvimos suerte de que nos dejaran alojarnos en un caserón que, según nos dijeron quienes la gestionaban, no se alquila nunca por una noche. Se apiadaron de nosotros porque me disculpé enormemente por nuestra falta de previsión y expliqué que íbamos en bici y no podíamos hacer muchos kilómetros al día. Ya instalados y duchados, apuramos los bocadillines que habíamos comprado en la Graciosa y nos fuimos a la casa-museo de César Manrique.

Un coche de la serie que decoró el artista

El primer vistazo en el interior me resultó un pelín decepcionante, pero enseguida se descubría al genio en los pequeños detalles: las lámparas hechas de forja y botellas de vidrio, los collages, los muebles diseñados por el artista, el minibar en una mesa de coser… Por doquier reciclaje, muy avanzado a su tiempo. El baño contiguo al dormitorio nuevo es espectacular, con paredes y techos transparentes y docenas de plantas colgando. Se me antojó que debía ser una maravilla cagar leyendo o ducharse bajo el sol, sabiéndose a cubierto del viento, insectos y miradas y al mismo tiempo en medio de un vergel.

Afuera, en una esquinita tras el solárium, nos esperaba un documental sobre el artista que vimos con mucho gusto. Me fascinó de inmediato: no había visto ni oído nada en concreto sobre su persona y su vida. Su voz me recordaba a la de mi amigo Matías y sonaba rebosante de vitalidad. Todo su ser proyectaba a la vez serenidad y rabia, no sé cómo describirla, una rabia que era también energía pura, a la vez huracán y tsunami, de un dinamismo muy contagioso. Comprendí inmediatamente cómo lo había conseguido, cómo se debían a su tesón y a su capacidad de mover al pueblo conejero que la isla no se ha convertido en el desastre ecológico y especulativo que son otras islas. Qué gran hombre. Lloré al saber de prematura muerte en un accidente de coche, como el personal de hospital que anunció su muerte: exitus.

Al día siguiente iríamos a su Famara querida.

3 Comments

  1. Desayuné leyendo tus aventuras, saludos desde San Luís Potosí México.
    Un fuerte abrazo hasta dónde estén.
    Att: Angel 🚴🏽‍♂️🏔️🎧

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