Seis meses: Reflexiones

Seis meses ya. No está mal para alguien que no quería viajar…

Hasta hace unas semanas me planteaba esta entrada como un cúmulo de datos sobre kilómetros recorridos, lugares atravesados, personas conocidas… En lugar de eso, me voy a poner un poco metafísica y voy a hablar de cómo ha evolucionado mi concepto de este viaje.

Yo comencé este viaje porque no veía otra salida. Tenía dos opciones: volver sola a Canarias, a lo que considero mi tierra y mi verdadera vocación, o acompañar a mi pareja a realizar su sueño de ir en bici por el mundo. No quería volver sola, así que empaqueté todos mis miedos y los llevé conmigo en las alforjas.

Los miedos son una carga muy pesada… A veces se te sientan en el pecho y no te dejan dormir. No hay alforja que les retenga: por muy impermeable que sea el cierre, salen por las rendijas, te rodean y te calan hasta los huesos como el rocío mañanero.

Desde el principio me consolaba planteándome este viaje como un peregrinaje, una penitencia y una desintoxicación. Necesitaba mudar de piel, como las culebras, tirarme a la carretera como una zapatilla vieja y perderme con la esperanza de quizás volverme a encontrar, liberar la mente de las toxinas de mis propios pensamientos, purgarme, romperme para poder recoger mis pedazos y pegarme con oro, cual jarrón de Kintsugi, orgullosa de mis cicatrices.

Pedalear tantos kilómetros al día me dio mucho de sí para pensar en toda la gente a la que he hecho daño en algún momento de mi vida, y me imaginaba un karma y un aura negrísimos.

Personalmente no tengo a nadie que me haya hecho daño a mí (al menos, que me haya hecho un daño irreparable) así que la única a la que tenía que tenía que perdonar era a mí misma, y ahí residía la mayor dificultad, porque perdonar a otros es más fácil que perdonarse a uno mismo.

Lo curioso de asimilar el papel de penitente y resignarse a sufrir para purgarse es que un día, sin apenas darte cuenta, dejas de comportarte como una víctima. Aceptas el dolor físico hasta que tu cuerpo se acostumbra y dejas de sentirlo. Aceptas los infortunios con pragmatismo en vez de deleitarte en la angustia y el meaculpismo. Aceptas las bofetadas del viento hasta que de repente un día descubres que te has vuelto ágil para esquivar las hojas, los insectos y la basura que vuela por la carretera (y lo que no logras esquivar, lo apartas con una mano sin apenas reparar en ello). Aceptas el frío, la lluvia y la suciedad del camino sabiendo que son pasajeros y más allá, unas horas o unos días más tarde, te esperan un techo, una estufa y una ducha.

Dejas de sufrir.

Y un día, te perdonas porque te das cuenta de que el mal irreparable que has causado o que otros te han causado no fue por maldad, sino por egoísmo, miedo o ignorancia.

Es un momento mágico, el momento en que descubres que has dejado de ser peregrina y te has convertido en viajera. El momento en que te das cuenta de que viajar te ha cambiado la vida, te ha regenerado y te ha salvado de tu peor enemigo, que es una misma.

El viernes acabé el libro Out of the Silent Planet de C.S. Lewis y fue clarividente llegar al párrafo donde Oyarsa se despide de Ransom de esta manera:

“You are guilty of no evil, Ransom of Thulcandra, except a little fearfulness. For that, the journey you go on is your pain, and perhaps your cure: for you must be either mad or brave before it is ended.”

Al igual que Ransom, yo no soy culpable de maldad, solamente de mis miedos. Y este viaje acabará en dolor o en curación: loca o valiente.

No hay vuelta atrás.

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2 Comments

  1. De verdad que no dejo de admirarte Tere. Siempre lo he hecho, desde que te conozco: por hacer 20 cosas a la vez (y ninguna de ellas sencilla) y ahora por lanzarte a una aventura que no querías y que no es ningun camino de rosas (y aún así lo has hecho, por amor). Qué suerte la mía haberte conocido.

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