A “dos” rogando y con el mazo dando

Esta semana está la religión en el ojo del huracán. Cientos de casos de curas pederastas destapados en España, un loco que se lía a tiros en una sinagoga aquí en Estados Unidos, los evangélicos dando su apoyo a Bolsonaro en Brasil… La religión, cuando no mata, traumatiza.

No me gusta hablar de religión, aunque haya ya opinado en este blog de este tema. Me suelo definir como atea pero a veces soy agnóstica inversa, no quiero creer pero creo un poco, sobre todo si me pasan cosas milagrosas, por ejemplo cuando se me rompió la cadena de la bici y Pak, simultanea y providencialmente, pinchó su rueda trasera y me tuvo que esperar forzosamente dos kilómetros por delante de donde yo me arrastraba con mi cadena rota (este incidente está narrado en mi Semana 22).

En todo caso, no creo en Dios sino que creo “en dos”, mis dos muertos que quizás sí velan por mí, mi hermano y mi padre fallecidos. Ellos sí creían en Dios y a lo mejor interceden por mí, si es que hay alguien ahí fuera, cosa que dudo mucho.

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Católicos, evangelistas, adventistas… De todo hay en la viña de aquel que dicen.

Bueno, al grano… Esta entrada es para daros a conocer nuestra experiencia con los baptistas o bautistas, que es un tipo de iglesia protestante.

Ayer acompañamos a nuestros anfitriones en su visita dominguera a su parroquia baptista. Como católicos no practicantes, sabíamos que no nos decepcionaría, ya que es imposible que haya un servicio religioso peor que el que ya conocemos desde nuestra infancia, el que imparte la iglesia católica, apostólica y romana (por lo rancio, austero y orientado hacia la penitencia que es).

En efecto, la misa a la que asistimos no nos decepcionó: resultó ser un bonito evento comunitario lleno de gente y familias de toda edad y condición, con música, vídeos y charlas, todo en torno a Dios y a la biblia, sí, claro, pero en estrecha relación con esa comunidad.

Para empezar, la parroquia es alucinante, como ya habíamos podido ver el viernes pasado. Tienen multiples salas para reuniones y clases, y una cafetería donde te puedes servir un café o té gratis, y de hecho la gente se toma un alguito en compañía de sus vecinos antes de pasar al salón de actos, donde tiene lugar el servicio religioso. De mis años catecúmenos recuerdo que no se podía comer ni beber una hora antes de comulgar y yo solía estar en misa muerta de hambre, las tripas rugiéndome en el silencio sepulcral de esos edificios húmedos, oscuros y lúgubres.

Cuando entramos, estaba tocando en vivo la banda de pop-rock que vimos ensayar el viernes, con la letra de las canciones proyectadas en una pantalla gigante, con bellas imágenes de paisajes de fondo. Tras ese primer mini concierto, una de las feligresas pasó a anunciar los próximos eventos: recogida de regalos para la campaña de navidad, servicio de atención a las familias sin techo que tienen acogidas en la parroquia, campaña de ayuda a reparar las casas de gente sin recursos, etc. Cada campaña tenía asignada una persona responsable y estaba cuidadosamente preparada y anunciada en redes sociales para mayor difusión.

Prosiguió un breve momento que se concedió a todos para saludarse, abrazarse y hacer un poco de networking… Y al rato salió el pastor, morenísimo porque había estado de vacaciones con su esposa e hijos, como no tuvo reparo en comunicar (sí, ¿por qué iba a sentir vergüenza por tener familia y ejercer su derecho a vacaciones?) y, tras una breve oración en común, nada ritual, un simple “gracias a Dios”, presentó al siguiente orador, no sin antes preguntar si había algún mecánico en la sala que pudiera ayudar a un feligrés sin recursos a reparar su coche.

Lo siguiente fue una charla por otro de los feligreses que presentó primero con un vídeo sacado del telediario y luego fue desarrollando con gran destreza, intercalando anécdotas propias y ajenas con citas bíblicas que, muy didácticamente, proyectaba en la gran pantalla. La charla iba de la ira y el cabreo cotidiano y cómo la gente se centra en buscar culpables en vez de simplemente perdonar y pasar página de forma más constructiva. Se parecía mucho a las clases de asertividad a las que yo fui en su día, solo que en este caso se centraba más en el perdón, y la asertividad aboga por buscar una solución.

Esta peculiar misa se cerró con otro mini concierto de pop-rock en vivo, con bellísimas voces y, de nuevo, hermosas imágenes proyectadas en la pantalla. Tras el servicio había más clases y charlas en las salas adjuntas, si uno quería asistir.

Salí de esta misa sin creer más en Dios, en eso no me hacen cambiar de opinión, pero sí con ganas de ayudar a esta comunidad, a este grupo de personas tan entusiastas, esperanzadas y alegres. Todo el mundo colabora de buen grado, y a título totalmente gratuito; el dinero que recaudan se vuelca de forma totalmente transparente en iniciativas para ayudar a quienes necesitan ayuda.

No estoy a favor de ninguna religión, y menos si conduce al fanatismo. Pero también es cierto que no creo en la bondad innata del ser humano (soy “hobbiana” convencida: creo que “el hombre es un lobo para el hombre”); necesitamos educación y apoyo moral para no matar ni joder al prójimo. Es triste cuando ese sustrato moral viene solo de la religión, y no de la educación hacia la tolerancia. Sin embargo, desde ayer me ha dado por pensar que quizás la religión es un mal menor si viene en forma de una comunidad tan sana y colaborativa como esta.

¿O no?

 

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Gracias por leerme. Cada semana cuento qué tal nos va en el viaje, así que te puedes suscribir con tu e-mail a pie de blog, si te interesan nuestras andanzas.

3 Comments

  1. Wow, me ha marcado el post, porque yo llegué a esa misma conclusión hace unos años, que se reforzó en Madagascar al conocer a grupos religiosos haciendo voluntariado. Creo en la ayuda mútua en energía cósmica y en que somos todos uno, sin ser religiosa. Y si para crear comunidad y buenrollismo hay algunos que necesitan refugiarse en la religión o escritos mágicos, pues bienvenidos sean y que llamen a su dios o dioses como quieran!

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    1. ¡Gracias, Selva! Me reconforta leer que no soy la única… Sigo considerando que la religión no debería nunca ser una cortina de humo de la deficiente cobertura de servicios sociales de una nación, pero cuando veo a tanta gente trabajar por sus prójimos, sin pedir nada a cambio, se me calienta el corazoncito. En esta parroquia de la que hablo hay una asociación para la educación y empoderamiento de las mujeres. ¡Una iglesia que busca el progreso de las mujeres! ¡Inaudito! ¿Te imaginas una oficina así en una iglesia católica, que llevan siglos marginando y ninguneando a las mujeres???

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