I don’t like writing in my mother tongue but this time I´ll try, even if I have to write a thousand words just to translate the humbling experience of walking along this forlorn and yet so beautiful reservoir, el embalse de Almendra in Salamanca. On some spots the landscape was painstakingly dry, as you can see in this video.
Cuando llegué al paraje de la foto llevaba poco más de una hora caminando tras mi compañero, o quizás debería decir trastabillando, porque intentaba alcanzarlo tropezando a la carrera entre las piedras como un osezno torpe en pos de su madre. Me dolían las rodillas, pero me sentía alegre y optimista, algo raro en mí en los últimos tiempos.
En mi cabeza sonaba la tonadilla de la película Conan el Bárbaro, en el fragmento (véase a partir del minuto 2:18) en que Conan y Subotai se desplazan corriendo por la estepa, libres como el viento. Vale que me estuviera moviendo como un cachorro atolondrado, pero en mi fuero interno era Red Sonja viajando con Conan hacia aventuras insospechadas.
La zona que estábamos recorriendo no tenía senderos y quizás por ello su belleza resultaba tan sobrecogedora e intrigante, porque nos sentíamos pioneros en explorarla. Era evidente que por ahí había pasado gente y ganado (los excrementos de oveja daban testimonio de ello) pero no había ningún ser vivo a la vista, ni se oía más que el viento y el riachuelo. Si había senderos más arriba, adonde el agua hubiera llegado de estar el embalse más lleno, nosotros no los habíamos visto y nos daba igual, porque sabíamos que siguiendo el borde del embalse llegaríamos a nuestro destino.

De repente, me tuve que parar. Ahí, donde se me ve en la foto, me invadió una oleada de insignificancia del ser humano. Es como si hubiera venido el Paleolítico entero a darme una bofetada y despertarme de mi encantamiento. Yo estaba allí, entre pedrolos impresionantes, formados y erosionados durante siglos, incólumes, sin que la mano del hombre los hubiera logrado vapulear, allí erguidos, desafiantes, ante mí con la simpatía tierna y condescendiente de un anciano centenario contemplando a un bebé que no sabe aún nada de esta vida.
Grité a Pak que me tenía que parar un momento y se volvió con expresión de leve fastidio; pensaría que ya estaba cansada. Y lo tuve que hacer. Descalzarme, sentir bajo los pies los enormes segmentos de lodo suave, resquebrajado por la sequía pero aún húmedo. Y luego ya desnudarme del todo, sentarme en esas piedras, sentir bajo las nalgas el frío y la rugosidad de su superficie y dejarme deslumbrar de cerca, entre los dedos, por el brillo áureo de los miles de fragmentos de pirita allí incrustados. Recostar un instante la cabeza contra el tronco yermo y escuchar el silencio. Fue apenas un minuto porque hacía mucho frío esa mañana, pero resultó mágico. Nunca me había dado por desnudarme en la naturaleza, si acaso para sumergirme en el Atlántico cuando aún vivía en mi hogar.
Sentí una enorme paz que supongo, en mi estúpida ingenuidad, que deben sentir los que se pierden en la naturaleza y se saben condenados a morir allí, sin noción alguna de si alguien alguna vez encontrará su cadáver, pero con la certeza de que al menos nutrirán la tierra y se aprovecharán sus despojos.

Lay my bones in neat little rows, dice Elbow. Lay my bones in cobblestones, en los adoquines de lodo del embalse de Almendra, pensé yo en ese momento. Víctor Teni, ojalá sintieras esta paz durante tu último aliento, tú y tantos otros que, como tú, salieron un día a pasear por algún monte y no volvieron.
Fue una excursión magnífica. Al cabo de unas cuantas horas, dejaron de dolerme las rodillas. Quizás, a base de castigarlas, me las “deslesioné”: recoloqué el puzzle que se me había desmontado de tanto pedalear en el Camino de Santiago. De regreso encontramos algunos puentecillos de piedra sobre el riachuelo y Pak cantó a gritos: “Voy cruzando el río” y yo contesté: “Sabes que te quiero”. Él prosiguió con el “No hay mucho dinero” y yo, “Lo he pasado mal”, convirtiendo así a Tam Tam Go! en Pimpinela. Quizás pueda extrapolarse el estribillo de esta canción a la eterna dicotomía mujer-hombre, al sempiterno diálogo en que ella intenta explicar lo que siente mientras él va a lo práctico sin pensar en la importancia que para ella reviste el que la escuchen.
Pero no quiero ahora divagar sobre rollos feministas… Así que acabo aquí.

Postdata: He dudado mucho en publicar algo tan íntimo. Curiosamente lo que me ha impulsado a escribir es el haber leído este artículo de El Pais, que no tiene nada que ver con esto que escribo, pero donde la autora me recordó a Heidegger, que ya tenía olvidado, y su teoría del Dasein y el Vorhandensein, muy aplicable a lo que le pasa a uno cuando tiene que ocuparse de sobrevivir y se deja de comer el coco por chorradas. Pero sobre este tema hablaré más extensamente en otra ocasión.
Muy bueno Tere, en tu línea. Me da pena contemplar lo que un día fue un embalse rebosante de aguas que golpeaban un muro impresionante que aguantaba su presión, pero al leer tu historia me has trasladado a un mundo donde la paz, el sobrecogimiento y el sosiego es posible. Pensar, dejar tu mente en blanco y olvidarte por un momento de tiempo.
Cuanta paz…
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Gracias por tu comentario, Fer. Aún hay agua pero está muy bajo el nivel. En Monleras nos comentaron que abren compuertas para abastecerlo según las necesidades que haya pero claro, ha llovido muy poco y se nota…
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