Laureada de Schrödinger

He superado una competición en mi actual lugar de trabajo, tras veinticinco años y más de treinta intentos de conseguir un empleo estable en una institución europea. Todavía estoy intentando digerirlo… Estaba tan hecha a la idea de que iba a fracasar por enésima vez, que el éxito llegó como un golpe de ola inesperado.

Ilustración de autor desconocido, vista en Facebook.

Hola de nuevo, ansiedad, compañera de viaje. Hello darkness my old friend.

Me duele la cara de ser tan exitosa. Ha transcurrido ya una semana y no se me quita el rictus de feliz incredulidad aderezada de esta sensación tan mía de impending doom: algo chungo está a punto de suceder y seguro que todo se acabará yendo a la mierda, sea la III Guerra Mundial, una hecatombe ecológica, otra pandemia, el cielo cayéndose sobre mi cabeza u otra cosa. Encima esta semana murió Robe Iniesta: no hay alegrías sin desgracias.

Sigo suspendida en el aire con todos los músculos en tensión, la sonrisa forzada, el culo prieto y la postura sostenida de elefanta trapecista de pro, laureada de Schrödinger que no es funcionaria ni sabe si realmente llegará a serlo, pero al menos lucha por convencerse de que, en tanto no se resuelva la ecuación cuántica, hay esperanza.

En esta noche de insomnio hice un ejercicio de thanksgiving y me dio por pensar que en el fondo debo mucho en esta vida a mis múltiples fracasos. Si mi amor de adolescencia se hubiera enamorado de mí, no habría ido a estudiar a otra ciudad. Si hubiera encontrado trabajo la primera vez que lo busqué en Granada, no me habría ido a vivir a otro país. Si hubiera aprobado alguna de las oposiciones que hice en mi tierna juventud, no habría vivido en tantos países diferentes ni trabajado en tan diversas profesiones. No habría ido a Canarias a pasar los mejores años de mi vida. No habría conocido a mi amor o, mejor dicho, lo habría conocido antes y quizás no me habría enamorado. Si hubiera triunfado la naturaleza, no habría viajado por el mundo en bicicleta. No existiría este blog. Mi vida, quizás, habría sido radicalmente diferente, más tranquila pero también más aburrida.

He tenido una suerte enorme de haber fracasado tantísimas veces, y de que mis escasos éxitos hayan desembocado en muy buenas decisiones.

Mis fracasos no siempre fueron culpa mía. Mis fracasos fueron a veces culpa de sistemas sesgados. Hace tiempo leí en un artículo de El País la siguiente reflexión, que comparto:

«La palabra resiliencia se difunde a la vez que el mito del fracaso como aprendizaje, una versión contemporánea del “periplo del héroe”, que propone que cada uno se responsabilice de sus propios fracasos y los interprete como etapas preparatorias y necesarias para el éxito. Según autoras como Belén Gopegui, estos discursos esconden trampas: “Atribuyen las carencias del sujeto a lo que en gran medida son un problema de un sistema de dominación” (El Murmullo, Debate, 2022).»

Yo me cago en la resiliencia, qué estupidez de concepto. No he sido jamás resiliente: he sido superviviente, en sempiterna pugna por convencerme de que mis fracasos no eran solo míos; eran fracasos también de los otros, de quienes me perdían para siempre. «Pena compartida es media pena», dicen; pues con el fracaso, lo mismo.

Mi éxito ahora me pertenece, lo quiera o no. Intenta escapárseme entre los dedos como un ratoncillo pero lo retengo so pena de asfixiarlo: eres mérito mío… No te vayas todavía.

Quizás, como en el amor, deba dejar de preocuparme por mi éxito y dejar que, simplemente, fluya. Sin ataduras, sin estereotipos, no pressure. Pase lo que pase, he de seguir viviendo al día.

Mi éxito se ha producido gracias a un proceso de selección más humano y más cercano que me ha permitido mostrar mi verdadera naturaleza neurodivergente sin miedos. Mi éxito se lo debo a Canarias, ya que fui junto al mar a serenarme semanas antes de la última entrevista. He sido existosa también por ser Fran-casada: el apoyo y la paciencia de mi pareja han sido espectaculares. Muchos de los que me leéis también sois amigos míos que me habéis apoyado a lo largo de este periplo infernal, este año lleno de sacrificios, que de heroico no ha tenido nada. Gracias.

Aquí seguiré, suspendida en el vacío un tiempito más, lo que el cuerpo aguante.

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