Aquí sigo en Bruselas, zurciendo y pintando ropa como hobby relajante y mientras tanto añorando mis Islas Canarias. Tengo mucho, muchísimo pendiente por escribir, pero el cuerpo me ha pedido hoy relataros una anécdota reciente que entronca con otra anécdota ya ajada pero aún punzante al paladar, perteneciente a mis karma blues.

Hace poco más de una semana perdí un avión que salía del aeropuerto de Charleroi a media tarde y fue culpa mía, como siempre. He perdido cuatro o cinco vuelos en toda mi ajetreada y esTERESAda vida y pocos son, para alguien que toma al menos cuatro vuelos todos los meses y siempre llega in extremis. Travelling sucks so much!
La tarde había empezado muy bien. A las dos y media había terminado un examen a distancia de una oposición del mismo estilo de aquella que os relaté en esta publicación de 2017 y estaba de muy buen humor, no por haber hecho bien el examen, sino por haber acabado por fin una etapa infernal de mucho trabajo y estudio. Tenía en la cabeza la canción Colors, de The Black Pumas, y me la puse a todo trapo mientras ordenaba el piso y acababa mi parco equipaje.
It’s a good day to be
A good day for me
A good day to see my favorite colors
My sisters and my brothers
They see ’em like no other
All my favorite colors
Intenté contactar con una mujer que iba al aeropuerto en su coche y no lo conseguí, pero en lugar de estresarme me hice un último café antes de salir y luego ya sí, ya me dirigí tranquilamente a Midi. Ya allí, me compré un bocata, pregunté en la estación de trenes qué descuentos había para grupos (un favor que me había pedido J. hace dos meses) y, para cuando llegué a la parada de autobús, eran ya las cuatro de la tarde y faltaba una hora para el embarque. Un taxista me “captó” para no ir en autobús pero, cuando me dijo que tenía que esperar para llenar el taxi, me di cuenta de repente que no era tan pronto en absoluto, y me apresuré al autobús. El taxista, despechado, me gritó desde el otro lado de la calle que de todas maneras no iba a llegar al avión, madame, con todo el atasco que había montado en la carretera en plena hora punta.
Al ver la lentitud con la que salíamos de la capital me dije que el taxista agorero aquel probablemente tenía razón, pero en mi insensated confié en la flor que tengo en el culo. Para no comerme mucho el coco, me conecté silbando como si nada y me puse a traducir en el autobús: workoholismo como vía de escape.
Llegué al aeropuerto diez minutos antes de la salida del avión y ya era inútil, pero corrí como si la vida me fuera en ello. Debía reflejar tal desesperación, que la “seguritas” de la antesala tuvo el detalle de dejarme seguir corriendo, en lugar de desviarme al pasillo de los condenados a pasar dos veces su equipaje por el escáner. Ya en el control de billetes, me anunciaron que me había equivocado de terminal y salí a la carrera de nuevo, los higadillos en la boca. Cuando llegué a la terminal buena, era precisamente la hora en que despegaba mi avión, y aún así accedieron a mis ruegos de dejarme pasar para preguntar. Nada que hacer: ya había salido.
Me quedé como un pasmarote: no acababa de creerme lo que me acababa de pasar y me negaba a atribuirme la responsabilidad del retraso. Era culpa de la aerolínea, por su falta de información sobre la terminal; era culpa de las obras de la carretera… Estaba sudando y resoplando como si acabase de correr los cien metros lisos (de hecho, los acababa de correr). Probablemente un día muera de un ataque al corazón, a la carrera por algún aeropuerto.
Cuando recuperé el aliento, me senté fuera de la terminal, al sol ardiente. Anuncié a Pak y a mis hermanos que había perdido el avión y que iba a buscar alternativas. Me puse a bucear desesperadamente en internet y un señor a mi lado me preguntó en un idioma que no entendí si podía usar mi móvil para contactar con su esposa. No comprendía nada pero era obvio lo que quería, mostrándome el número y foto de su señora, y señalando mi móvil con gesto de interrogación; aún así me disculpé con un je ne comprends pas y me hice la loca. Logró su propósito al minuto siguiente con otra incauta, así que espero que el karma no me castigue demasiado por haber negado ayuda al prójimo.
Pronto desistí. Los vuelos que podía comprar para ese día o el siguiente oscilaban entre los 300 y 700 euros, y para unas 48 horas miserables, no merecía la pena. Llamé al fin a mi madre y le dije que, con gran pesar de mi corazón, no iría ese fin de semana. Qué rabia, porque esta vez iba a ir un hombre a recogerme a Barajas y llevarme directa a casa.
Me castigué con tres horas más en el aeropuerto. Podía haber tomado de nuevo el carísimo autobús para volver, pero decidí ser rácana y de paso flagelarme: esperaría a un coche particular que me costaba tan solo 6 euros y salía mucho más tarde. Busqué un banco a la sombra y me conecté de nuevo con mi ordenador para trabajar. A mi lado, una chica muy joven le lloraba en francés por teléfono a su recién ex todos los despechos de su relación fallida. Me consolé con el mal ajeno: el desamor es peor que perder un avión.
Cuando acabé de traducir el documento que tenía entre manos, ya sí me vi con todo el tiempo del mundo para mascar mi miseria. Me comí el bocata grasiento de queso derretido que había comprado un par de horas antes y escribí WhatsApp a varios amigos que me habían dicho “escríbeme cuando acabes el examen”. Durante horas, que en varios casos fueron días enteros, la única persona que me contestó fue mi sis. Me sentí muy sola en ese momento, aunque sé que soy injusta porque no lo estoy, no estoy sola para nada.
All my favorite colors… La canción seguía en mi cabeza, me volví a poner música y cerré los ojos para no ver la miseria de ese mugriento aeropuerto, gente furiosa gritando al teléfono, gente contenta viniendo de viaje, gente estresada llegado tarde.
I woke up to the morning sky, first
Baby blue, just like we rehearsed
When I get up off this ground
I shake leaves back down to the brown, brown, brown, brown
‘Til I’m clean
Then I walk where I’d be shaded by the trees
By a meadow of green
For about a mile
I’m headed to town, town, town, in style
With all my favorite colors, yes, madam
All my favorite colors, right on
My sisters and my brothers
See ’em like no other
All my favorite colors
Pensé: “yo ya hoy nada de off the ground: me quedo en tierra con esta cara de gilipollas y tampoco voy a ver a mis sisters and my brothers, ni a mi ma. No recorreré la milla sombría bajo abedules, cedros, cipreses y estorninos, y fuck my town, town, town, aún tardaré semanas en visitarla”.
La última hora me puse música de Groenemeyer para sumirme aún más en la desgracia ajena y finalmente me encaminé a la gasolinera donde me recogería una tal Deborah.
La muchacha resultó ser carcelera; de hecho su punto de llegada era la cárcel que hay en Forest. Me contó anécdotas que, una vez más, me confirmaron que hay cosas peores que perder un avión, como por ejemplo perder la libertad, matar a alguien o cometer crímenes innombrables que te harían perder el sueño y la dignidad el resto de tu desgraciada existencia.
Ya en Forest, el tranvía no venía, y yo ya estaba harta de flagelarme, ya me había castigado suficientemente por haber perdido el avión y solo quería llegar a casa. Caminé unos doscientos metros hasta una parada de bus y, tras una espera de cuarto de hora que se me hizo la enésima eternidad de ese día, emprendí por fin el último tramo del camino.
Al bajarme del bus, sería ya el cansancio, me dieron ganas de llorar: vaya tarde de mierda. Al poco tiempo ya estaba refugiada en los brazos de mi amado pero de alguna manera fue poco el consuelo. Yo no podía anticipar que faltaban pocas horas para la hecatombe emocional que se estaba fraguando.
Vimos una serie, cenamos un poco, charlamos un rato más y luego nos acostamos.
Y fue entonces, en el silencio de la noche, Pak roncando suavemente a mi lado, cuando todo volvió de repente, como un tsunami. La ansiedad me subió como la pólvora desde la punta de los dedos de los pies; de hecho, me dio un calambre en una de las plantas. El pánico llegó al estómago y se hizo nudo; siguió subiendo y sentí la presión en el pecho y en el dolor en los antebrazos. Las sienes palpitando, la respiración coja y unas ganas terribles de gritar.
Me levanté suave y silenciosamente para no despertar a mi amado, aguantando los sollozos hasta que llegué al salón y ya, con la puerta cerrada, pude doblarme en el sofá y dar rienda suelta a las lágrimas.
All my favorite colors. My sisters and my brothers.
Andrew.
Veintidós años atrás, mi novio de entonces, británico de origen nigeriano, y yo, sufrimos un incidente racista en el aeropuerto Charleroi que nos hizo perder el avión. Ese minitrauma, que yo ya consideraba olvidado y superado, volvió esa noche a visitarme desde lo más profundo de mi inconsciente, multiplicado exponencialmente, de manera inesperada e incontrolable.
El incidente ya lo he contado mil veces: estábamos pasando el control de metales del por aquel entonces pequeño y casi incipiente (estaba en obras: no hacía mucho que había abierto) aeropuerto de Charleroi y súbitamente él desapareció de mi vista. No lo encontraba por ningún sitio y no me cogía el teléfono. Las últimas llamadas del vuelo mencionaron nuestros nombres pero él no estaba en la puerta de embarque y yo no me atrevía a volar sin él, aunque esa misma tarde tenía que volver al trabajo. Pregunté en el control de metales, en la aerolínea. Probé a llamarlo, también desde una cabina, una veintena de veces. Nada.
El avión se fue sin nosotros y yo me quedé ahí, destrozada y sola. Una mujer policía atendió a mis llorosas plegarias en francés patético e hizo indagaciones, y resultó que Andrew estaba retenido en la comisaría del aeropuerto, supuestamente para un control policial rutinario. Debí esperarlo en el pasillo lúgubre y destartalado: la mujer me desaconsejó entrar en la comisaría e “implicarme”. Cuando lo vi salir por esa puerta, una media hora después, no era el mismo. Estaba lívido y visiblemente afectado. Tardó horas en poderme contar que lo habían hecho desnudarse y le habían controlado todas las cavidades. Le habían cosido a preguntas e insinuado que su pasaporte era falso. La única justificación que le dieron para ese cacheo humillante e infrahumano es que estaban buscando a “un delincuente que se le parecía”, básicamente a un hombre de color.
All my favorite colors. My sisters and my brothers. All my favorite colors.
Nadie nos pidió disculpas ni atendió a nuestras quejas. Nadie nos reembolsó el avión perdido, y tuvimos que comprar otros billetes y volar al cabo de varias horas. Yo no pude dejar de llorar en todo el vuelo y repetía en bucle que jamás volvería a ese maldito país. Él era quien se sentía violado, y sin embargo, la que parecía más afectada y traumatizada era yo. Él me rogaba que me calmase. Monté un buen numerito de llanto y lamentos en el avión.
Algo se rompió en nosotros dos ese día. Yo me volví cobarde y le cogí miedo a este cochino mundo racista. No me sentía con fuerzas para luchar contra tanta injusticia, tanto poder. Él dijo que nunca nadie le había hecho sentirse negro e inferior, mucho menos unos agentes de la autoridad, que en Gran Bretaña siempre le habían tratado con amabilidad impecable. Él, que era un joven tan guapo, exquisitamente educado y elegante, tratado como un vulgar traficante. El trauma que nos generó aquel incidente, aunque lo hablamos docenas de veces, causó un daño irreparable. Creo que ese fue el principio del fin de nuestra relación.
No sé si he logrado perdonar, porque nunca nadie nos pidió perdón. Tampoco me he podido perdonar a mí misma. ¿Por qué no arramblé en la comisaría a exigir una reparación? ¿Por qué no hice más para denunciar públicamente ese atropello?
He aquí, amigos y pacientes lectores, la disonancia cognitiva más grande que padezco (de tantas otras que tengo): estar viviendo en un país al que juré nunca más volver.
Now take me to other side
Little bitty blues bird flies
And gray clouds, or white walls, or blue skies
We gon’ fly, feel alright
And we gon’ (Ooh-ooh, ooh-ooh, ooh-ooh, ooh), yeah
It sound like (Ooh-ooh, ooh-ooh, ooh-ooh, ooh), yeah
The least I can say, I anticipate
A homecoming parade as we renegade
In the morning, right on
