Cuatro horas en Lanzarote

En mi último viaje entre Tenerife y Bruselas hice trasbordo en Lanzarote. O mejor dicho, volé hasta allá con Binter para enlazar con un vuelo barato de Ryanair. Ya les he contado en este mismo blog mis andanzas ciclistas por esta isla, en A lot Lancelot (I), Llena eres de Gracia y A lot Lancelot (II), así que en esta entrada únicamente comentaré algunas reflexiones nostálgicas y volveré a soltar piropos sobre este paraíso volcánico.

Entorno del aeropuerto de Lanzarote

Es difícil describir el sentimiento que me invade siempre que sobrevuelo cualquiera de las islas. Es como acudir a tomar café con una amiga a la que hace muchos años que no ves: por un lado temes los estragos del paso del tiempo, sobre todo en el carácter; por otro sabes que reconocerás esa sonrisa más allá de las arrugas de expresión, a la misma persona más allá de los surcos y las canas, y te alegrarás de tener ocasión de compartir de nuevo unos instantes de esta ajetreada vida.

Pues así me sentí yo al aterrizar en Lanzarote: tenía cuatro horas de estancia en mi amada isla y no estaba dispuesta a quedarme en el aeropuerto muerta de aburrimiento; quería ver un cacho de playa, sentir la brisa en la piel, quitarme los zapatos y caminar sobre la arena una vez más antes de volar a Bruselas; sentía una necesidad casi existencialista de ir a reflexionar sobre mis decisiones vitales, mirando al océano.

Le pregunté a una azafata de tierra si había manera de ir a pie a Playa Honda y me confirmó que había un caminito paralelo a la autopista, junto al carril bici, así que salí toda ufana de la terminal con mi maletín a cuestas.

Vías paralelas a la autopista entre Playa Honda y el aeropuerto de Lanzarote

El carril bici era una delicia en un día nublado como aquel. Apenas se me cruzó un turista arrastrando un maletón con ruedas y un hombre uniformado en patinete eléctrico. No tardé casi nada en llegar a las primeras casitas blancas; en pocos minutos llegué a la playa y me senté en la primera terraza que encontré.

Estaba muerta de hambre pero el menú me echó para atrás: eran precios dignos de la clientela británica que ocupaba las mesas colindantes pero escandalosamente altos para el estándar canario. Rechacé la oferta de pescado fresco y me pedí una tapa y un zumo. La presentación se ajustaba al precio pero el sabor era mediocre y el zumo, aguado. No me supo.

Quince euros de tapita bonita pero insípida y zumo aguado. Y no, el salmón no era de Uga.

La siguiente hora la pasé sentada bajo una palapa en medio de la playa, al arrullo de las olas, gozando de la textura de la arena entre mis dedos. Tenía para leer pero no quise leer; preferí absorber el paisaje y pensar, pensar en lo que quizás me espera en los próximos meses, tan lejos de allí.

Playa Honda

Al regresar di un pequeño rodeo para acercarme a una rotonda: de lejos me había llamado la atención el patio de un colegio, lleno de bicicletas. En su entorno había carteles anunciando que eso era una “ciclocalle” y me senté en el borde de un jardincillo a contemplarla. La lingüista que hay en mí quiso saber si el término estaba acuñado y lo está: alguien incluso se ha esmerado en explicarlo en esta entrada de la Wikipedia. Para mi regocijo, descubrí que también se ha recopilado en esta ficha de IATE.

No hay día que no se aprenda algo nuevo. Quiero muchas ciclocalles en mi vida.

Desanduve lo andado y pronto me encontré en la terminal. Como iba vestida de hippie descolorida, al pasar por el control de metales me hicieron abrir el maletín para examinar mis dispositivos, algo que nunca me había pasado antes en ese aeropuerto, tantas veces transitado cuando era una flamante abogada e iba a defender los intereses de otros ante el juzgado de lo social de Arrecife. En todo control de seguridad, lo tengo empíricamente comprobado, los trajes abren puertas y la ropa descolorida abre maletas. Que una señorita trajeada que va taconeando a paso firme lleve tres móviles no es sospechoso; que los lleve una perroflauta canosa en cholas en el interior de un lujoso maletín, sí que lo es. En un aeropuerto y en cualquier otro lugar donde haya personal de seguridad, el aspecto cobra una importancia primordial.

Al cabo me hallé surcando de nuevo los cielos. El vuelo fue sorprendentemente agradable y el personal de Ryanair, exquisitamente amable y simpático. De niña quería ser piloto o azafata, entre otras muchas cosas, y ahora casi me alegro de no haber tenido nunca ni la más remota posibilidad de llegar a serlo; prefiero seguir maravillándome cada vez que contemplo estos paisajes desde mi privilegiada posición de pasajera.

Esto mismo le dije al piloto de Ryanair que casualmente resultó ser el conductor del Blablacar que me llevaría desde el aeropuerto de Charleroi a Bruselas.

¡Hasta pronto, cardones felices!

Gracias por leerme. Esto es un blog personal venido a más. Más que literatura, es litter-hartura, arte surgido de los despojos de una mente que trabaja demasiado. Nunca leas este blog en tu e-mail: puede haber sufrido cambios.

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