En esta última entrada sobre nuestro viaje a Fuerteventura conocerás cómo se puede visitar el Islote de Lobos desde Corralejo y, sobre todo, el tiempo que merece la pena dedicarle a este singular paraje.

2 de enero de 2023
Nos despedimos de Villa Cecilio, en Tefía, con el chunda-chunda aún resonando de fondo: la rave que había montada en el terreno colindante desde la Nochevieja seguía retumbando con fuerza en nuestras cajas torácicas. Con todo, habíamos dormido relativamente bien gracias a nuestros tapones y al agotamiento que arrastrábamos de subir tanta colina el día anterior.

Queríamos estar de regreso en Puerto del Rosario sobre las 9:30, hora en que nos recogerían nuestros amigos A. y M. en coche para ir a Corralejo y allí tomar un barco al Islote de Lobos.

Un pequeño inciso sobre la organización de la excursión
Hay bastantes empresas que organizan el transporte a este islote (algunas, con actividades paralelas). Nosotros, tras comparar un poquillo, nos decantamos por Naviera Nortour. No era más cara ni más barata que otras pero la información del sitio web era clara y transparente, sobre todo en cuanto a la opción de contratar con ellos (o no) el permiso del Cabildo.
https://navieranortour.com/ferry/ferri-a-islote-lobos/#tarifas
Al ser el islote un espacio natural protegido, perteneciente a la Reserva de la Biosfera de Fuerteventura, es necesario solicitar una autorización gratuita, personal e intransferible al Gobierno de Canarias. El trámite es muy sencillo: no hay más que introducir los datos personales a través de la página web del Cabildo, http://www.lobospass.com (en español y en inglés), y en un pispás te llega al e-mail el permiso. Las empresas de transporte te pueden hacer el trámite por un módico precio (1,5 euros, en el caso de Naviera Nortour) pero nosotros recomendamos dedicarle tres minutos a hacerlo uno mismo, para así obtenerlo gratis.
Contratamos la ida con dicha Naviera a las 11:15 y el regreso a las 14:20. Como ya leerás más adelante, se nos quedó corto, el tiempo… Recomendamos estar en el islote al menos cuatro horas para que dé tiempo a recorrerlo y bañarse en una de sus paradisíacas caletillas. Hay que llevar bebida, comida y protector solar, y dejar el islote tal y como lo encontraste: limpio, sin basura y ni rastro de presencia humana.
Y ahora volvamos a nuestro viaje…
Salimos de Tefía con fresquito y muy buen ánimo y rodamos hacia Puerto del Rosario por el mismo camino que ya habíamos recorrido en días anteriores, pasando por Casillas del Ángel. No había apenas tráfico y nos deslizamos ágilmente hacia la costa. No tardamos ni hora en media en recorrer los 20 km que separan Tefía de la capital.



Vivimos un momento de estrés al entrar en la ciudad, porque en lugar de tomar el carril bici que va por la parte alta y que ya conocíamos, bajamos el terraplén a toda velocidad por una carretera llena de gravilla resbalosa por el aceite de coches y el salitre, donde circulan los camiones a toda velocidad y apenas hay arcén (¡peligrosísimo!). No sé si Pak optó voluntariamente por esa ruta para ganar tiempo y no serpentear por el carril bici, pero en mi opinión, una carretera que te puede costar la vida nunca es mejor alternativa que el carril bici, por tortuoso que este sea…

Aparcamos las bicis junto a la policía local y dejamos nuestro equipaje en el cuartito de maletas de nuestro apreciado Hotel Tamasite, donde pasaríamos la noche, y al poco rato ya estábamos esperando a nuestros amigos en el punto acordado.

A. nos condujo rauda hacia Corralejo y en menos de media hora ya estábamos vislumbrando la sealine horrorosa de esa población, llena de hoteles, terrazas y edificios abigarrados. Corralejo no era como yo la recordaba, pero es que en realidad yo nunca había estado en la población, sino solo en las dunas increíbles que se extienden al este del municipio.

Aparcar por la zona del puerto se nos antojaba una tarea harto complicada, pero quiero creer que fue mi célebre “flor en el culo” la que propició que vislumbrara a los lejos una furgoneta hippy cuyos ocupantes parecían estar empaquetando para irse. Preguntamos, nos respondieron en afirmativo y esperamos pacientemente en doble fila y con el intermitente puesto a que terminaran de meter toda su equipación de surf en el vehículo. A pesar del trajín de la zona a esa hora y del mucho tráfico, la espera y posterior maniobra de aparcamiento transcurrió sin más incidentes, y pronto nos hallamos a la carrera por el muelle para intentar llegar a tiempo al barco Majorero.

Montamos los últimos en el barco y ya no había sitio para sentarse arriba, pero de todos modos agradecimos poder permanecer de pie los veinte minutitos de travesía porque tanto la pareja como nosotros estábamos cansados de estar sentados, ellos en el coche y nosotros en las bicis.

De lejos, el islote no era para nada como yo lo conservaba en mis recuerdos, pero también hay que entender que habían pasado cerca de quince años desde que lo visitase en barco desde Lanzarote. En aquella ocasión ni siquiera habíamos desembarcado: íbamos, mi pareja de entonces y yo, en un catamarán invitados por uno de los marineros, amigo de M., y preferimos quedarnos con él de cháchara a bordo.
En mi memoria, el Islote de Lobos era un roque pelado cubierto de guano, sin ningún interés. Por eso me llevé una grata sorpresa cuando, a medida que nos acercábamos, caí en la cuenta de que era mucho más grande y hermoso de lo que yo recordaba.
Gracias a las últimas lluvias, las suaves laderas estaban salpicadas de frondosos arbustos de suculentas que irradiaban buena salud y humedad. Era una vista tan agradable, que daban ganas de soltarle piropos a la isla desde el barco, cual saetero a una virgen, asomado a un balcón: “¡Guapa! ¡Pero mira que eres guapa!”


Nada más desembarcar hay carteles marcando los senderos, su duración y los hitos que hay en el camino. El calor invitaba a pegarse un baño en las piscinitas de lava que había al este del puerto, pero optamos por tomar el sendero del este hacia el faro, pasando por Lagunitas (este sendero está actualmente cerrado por obras). Se tarda unos cuarenta minutos en llegar al Faro de Martiño desde El Puertito, sea cual sea el sendero que se tome.

Una vez frente al faro, decidimos que no daba tiempo a encaramarnos a él si queríamos estar holgadamente de regreso a la hora. Nos hicimos un par de fotos y enfilamos con presteza por el otro sendero, de regreso al puertito pero esta vez pasando por la Playa de la Concha. Al llegar a la playa, vimos que teníamos apenas diez minutitos para bañarnos, pero allá fuimos, a quitarnos el polvo del camino con un par de zambullidas.

Cuando llegamos al puertito, devoramos nuestros sangüiches mientras contemplábamos el amarre del Majorero. Sí, definitivamente había sido muy, muy justo contratar los trayectos de las 11:15 y las 14:20, porque tres horas (dos horas y media netas, en realidad) se quedan cortas para disfrutar del islote.
Ya en tierra, dimos un paseito por la turistiquísima avenida marítima y nos tomamos un refresco antes de volver a la capital.

A. y M. Se quedaron sin ver las dunas de Corralejo, por desgracia, porque querían conducir con luz diurna y el desvío les iba a demorar demasiado. Tras depositarnos en el hotelito, siguieron en ruta para volver a su hotel.
Acabamos el día degustando unas cervezas y tapas en el Saranda y haciendo planes para ver a nuestros amigos J. y B. Al día siguiente y recuperar las cajas de las bicis que estaban en su terraza.
Al volver a buscar nuestras bicis para llevarlas al hotel, constatamos con alivio que seguían en el mismo sitio donde las habíamos dejado por la mañana.

3 de enero de 2023
Dormimos muy bien y muchas horas en el Tamasite, y tras empacar, rodamos cuesta arriba hasta la La Florida, la cafetería donde habíamos quedado con J., B. y su bebito. Nos tomamos un copioso desayuno, desgranando entre bocado y bocado nuestras aventuras y desventuras por la isla.
Pero lo bueno dura poco y al cabo nos tocó despedirnos de B. y el pequeño D. para ir con J. a buscar las cajas y desmontar las bicis. Mientras nuestro amigo duchaba a su perro y de paso a mi persona, situada un par de pisos más abajo, Pak y yo desatornillamos las distintas piezas de Anacleta y Cocolisa y las protegimos bien con papel y cartón antes de meterlas en las cajas.

Después, J. nos llevó al aeropuerto en su portentosa furgoneta y nos despedimos con gran penalegría: pena de vernos tan poco y alegría de habernos podido ver.

Las bicis nos las llevó gratis Binter Canarias. Es la primera aerolínea que nos deja viajar con las bicis sin coste añadido.



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