La segunda entrega sobre nuestro viaje por Fuerteventura tiene mucho viento y algo de chicha. Enjoy! Recuerda que la narración va en orden cronológico inverso.

27 de diciembre
Dormimos como troncos en el piso de nuestros amigos J. y B. gracias, entre otros factores, a que tenían persianas, algo casi inaudito en muchas viviendas canarias. De hecho, de no ser porque llamó el cartero al telefonillo, seguramente hubiéramos amanecido bien entrado el mediodía.

Después de un copioso desayuno con algunos ingredientes que teníamos de compras anteriores, salimos a dar un paseíto en bici siguiendo la costa, hacia el norte de la capital. La salida de la ciudad fue en parte por carril bici, en parte por calzadas bastante concurridas, pero seguras.

Pronto nos encontramos en unos caminos de tierra desiertos, con paisajes muy agradables junto al mar. Avanzar era muy difícil por el fuerte viento, pero al menos refrescaba. En algunos puntos, Pak se entretenía buscando conchas y caracolas mientras me esperaba. Para mí era una inmensa alegría verlo entretenido en la playa, relajado y disfrutando del paisaje.









Pasamos Puerto Lajas y seguimos hacia la Playa del Jablillo, todo por caminos de tierra. Cuando llegamos, nos decepcionó un poco lo pequeña que era la playa y la miseria que se desprendía de las muchas caravanas rodeadas de plásticos, comidas por el salitre. No parecían desocupadas: probablemente vivía gente, aunque a esa hora, en pleno mediodía, apenas se veía un alma.


Comimos unas nuececillas y bebimos agua antes de emprender el regreso, y justo en la rotonda que daba a la carretera nacional, nos encontramos tirada en la cuneta una carpeta con los documentos del seguro de un conductor que residía en Corralejo. Pensamos que se le habría salido por la ventanilla desde el salpicadero, por pura fuerza centrífuga de la rotonda o bien por efecto del viento. La recogimos como buenos samaritanos, para intentar contactar con su propietario (por la noche acabaríamos entregando la carpeta en comisaría porque resultó imposible dar con el dueño).
Proseguimos la ruta y pronto perdí a Pak de vista, como es habitual.
Al poco rato me di cuenta de lo peligroso que era circular por la carretera nacional con tan fortísimo viento; ese día estábamos en alerta naranja. Las ráfagas me empujaban súbitamente hacia la izquierda, desde la cuneta hacia el tráfico. No había peligro de caer en sí porque guardaba buen equilibrio y sujetaba el manillar fuertemente, pero la situación era peligrosa: los vehículos no estaban respetando el metro y medio de seguridad por la densidad del tráfico en ambos sentidos.
Tras un bandazo del viento que me vio muy cerca de ser arrollada por una caravana, decidí salir de la calzada y rodé con gran dificultad, en paralelo al asfalto. No había sendero ninguno, simplemente tierra compacta junto a la carretera, con piedras y vegetación que no me permitían ir muy rápido.
Cuando llegué a la rotonda de Puerto Lajas sin ver a Pak, le intenté llamar y le dejé mensajes de Whatsapp y sms sin éxito, y opté por meterme por una carretera secundaria.
Finalmente logré contactar con él y convencerle para salir de la nacional. Quedamos en una de las últimas rotondas de Puerto Lajas, y pronto ya estábamos de nuevo rodando “juntos”, de regreso al barrio de J. y B.
Nos sentamos a devorar un menú de El Tanquillo, muertos de sed y hambre (yo al menos), antes de volver al piso a ducharnos y descansar un poco.
Por la tarde estuvimos remoloneando por la ciudad y acabamos metiéndonos en el cine. La cena la hicimos a base de bocatas en un “fahfú” (fast food, en el habla local) y luego nos fuimos a soñar sueños llenos de viento y salitre.

26 de diciembre
Dormimos muy bien en el hotelito Tamasite, y eso a pesar de lo blandos que eran los colchones; merecido descanso tras la intensa jornada del día anterior.

Salimos temprano a dar un paseíto matutino y con la clara intención de desayunar en la panadería alemana que habíamos visto la noche anterior. La experiencia superó nuestras expectativas: un joven muy majo con aspecto muy alemán, pero que hablaba perfectamente español, nos ofreció dulces y bocadillos recién hechos que nos supieron a verdadera gloria, y encima estaban a un precio imbatible. Hacía mucho viento así que nos quedamos dentro, frente a un tríptico de Rick & Morty. ¡No podíamos estar más en nuestra salsa! Al despedirnos del muchacho, no pude evitar pensar en R., el hijo de una compañera mía que también es medio alemán. “Tengo que escribirle”, me dije.
Recogimos los bártulos del hotel y nos dirigimos al piso de nuestros amigos. Nos limitamos a dejar nuestros trastos en la terraza e ir directos a una tienda de bicis, a pedir cajas y a comprar cubiertas nuevas para Cocolisa. Lo de las cajas no urgía tanto porque incluso el día 3 de enero tendríamos tiempo para encontrar embalaje para el avión, pero poner cubiertas nuevas sí era de todo punto necesario, a la vista del reventón del día anterior.
Comimos ligero, ensaladilla y atún encebollado, en el Tanquito (aún nos duraba el desayunaco alemán), y seguimos explorando el barrio de J. y B.
Durante nuestro paseo, vimos cosas muy surrealistas:

…desde ángeles comulgando con stormtroopers de la Guerra de las Galaxias para amenizar la Navidad…

…hasta ventiladores tirados en mitad de la calle (¡”pa” no! ¿Quién necesita ventiladores en la isla más fuerte-ventosa de las Canarias?)…

…pasando por establecimientos pintorescos como el Ramoon, que desde 1983 viene demostrando, mucho antes que Deliveroo, Odoo, etc, que la doble “o” es garantía de ventas segura.
Nos tomamos unas cervecillas en el Saranda antes de encaminarnos al restaurante Jaira de Damián, un sitio con una terraza muy agradable donde cenaríamos platos bastante sofisticados y muy ricos, regados de buena cerveza. Volvimos al piso callejeando despacio, con la risa en el cuerpo porque la factura que nos habían traído fue colofón a un día raro, raro.

25 de diciembre
El día de Navidad amaneció fresquito y sin mucho viento. Dejamos el apartamentito de Tarajalejo limpio y despejado, haciendo honor a nuestra reputación de excelentes huéspedes, y echamos a rodar con muy buen ánimo.

A esa hora tempranera no había apenas tráfico en la carretera nacional y progresamos ágilmente sin dificultades.

En una rotonda superamos un control de la guardia civil: ¿de veras esperaban cazar borrachos a las nueve de la mañana en el día de Navidad?

En el polígono el Cuchilletel, cómo no con ese nombre, se le rajó una cubierta a la Cocolisa. Con un improperio, Pak se bajó para cambiar la goma y poner esparadrapo en la zona dañada de la cubierta. Por suerte estábamos del lado de la carretera donde había sombra a esa hora del día.

Como era menester desmontar las alforjas de la Cocolisa, yo también aproveché para darle un repasillo a Anacleta. Justo en ese momento pasó a nuestro lado, circulando muy despacio, un coche patrulla de la guardia civil, juraría que los mismos que habíamos visto aburridos en la rotonda veinte kilómetros atrás. Supongo que se desviaron para ver si estábamos en apuros, gesto que se agradece.

El segundo tramo tras el reventón lo hicimos con más calor, pero bastante a gusto, al ser llana la ruta. Hubo un punto en que yo me tuve que parar a picar algo porque ya estaba desfallecida (Pak, en cambio, seguía como una rosa, como siempre).

No tardamos mucho en llegar a las afueras de la capital. La ruta que había trazado Pak nos llevó por caminos de tierra situados entre la costa y el aeropuerto, y fue allí donde vimos las primeras de muchas ardillas listadas, una especie lejos de ser autóctona que está proliferando como la peste.

Son muy monas, sí, pero están haciendo estragos en la frágil flora local.


Pronto llegamos a la civilización. Nos adentramos en la ciudad por una avenida marítima con hermosas vistas. Yo me perdí y Pak llegó antes que yo al Tamasite, pero pronto nos reencontramos y subimos las bicis a la habitación, tras recabar la amable autorización del personal.

Al poco rato, duchados e hidratados, pasamos a la hidratación secundaria: a regar nuestros gaznates con buena cerveza en el Saranda, mientras merienda-cenábamos. Tras hablar con J., acordamos subir a su piso para conocer a B. y al peque, informarnos sobre cómo manejarnos en la vivienda y quedarnos con una copia de las llaves. Ellos se irían de viaje al día siguiente, muy temprano.

Me supo a poco la breve visita porque hacía muchos años que no veía a mi amigo, pero quedamos en vernos de nuevo el día 3 de enero.

Caminamos de regreso al hotelito, a buen paso por ser cuesta abajo, y pronto llegamos a la estatua que a mí se me antoja un “monumento al saco papas”, cerca de nuestro alojamiento. Al rato estaba roncando. No eran ni las 21:00, pero yo ya no daba más de mí.
24 de diciembre
Pak amaneció desganado y enfurruñado; yo creo que había dormido mal, así que lo dejé estar. Ese día habíamos acordado aprovechar la marea baja de la mañana para intentar ver la cueva, pero acabé yendo yo sola.

Aparqué a Anacleta en el mismo sitio que la otra vez, esta vez ya sin temibles escolares, y caminé de buena gana, animada por el fresquito de la mañana y por los hermosos paisajes. Guiada por el mapa de Google, llegué a lo que supuestamente era la cueva, sí, pero justo veinte metros más abajo. Me asomé por el borde del barranco y lo vi muy empinado. Tenía dos opciones: o ir deslizándome despacito barranco abajo, o dar un rodeo por los senderos hasta llegar a nivel del mar. Pak habría hecho la cabra loca pero yo no quería morir despeñada tan joven, así que me resigné a dar un rodeo por un sendero estrecho hasta la playa donde habíamos estado el otro día.

Cuando llegué a la playa, no había ni un alma. Atisbé un coche aparcado en una colina cercana, a unos cien metros, con el morro apuntando en mi dirección. Con el sol en los ojos no acertaba a ver si había gente dentro o no, pero me dio francamente igual: me desnudé y me metí en el agua tal cual vine al mundo (bueno, más peluda): estaba asada de calor después de la caminata.

Cuando salí y me puse las gafas, el coche ya se había ido. Tant mieux! No me cupo ninguna duda de que les había deslumbrado el blanco nuclear de mis nalgas al sol y se vieron abocados a huir para no quedarse ciegos.
Ya refrescada, caminé hasta la cuevita, que efectivamente se veía mejor con la marea baja. Era un simple recoveco en la ladera del barranco, pero ofrecía unas texturas impresionantes.






Me senté un rato a gozar de las vistas y del sonido del mar, y me sentí, una vez más, afortunada de que la vida me hubiese traído a estas islas y de que yo hubiera tenido el buen tino de quedarme.
Tras despedirme de mi amante, el océano, resolví que ya era hora de volver a mi otro amante y amado esposo y descaminé el camino andado el otro día. Me alegré de haberme perdido a la ida porque así tuve la oportunidad de conocer otro sendero, por mucha vuelta que supusiera.
Ya reunidos en el apartamento, nos dio hambre y nos acercamos al Brasero. Siendo víspera de fiesta, no las teníamos todas con nosotros, pero resultó que sí estaban abiertos, gracias a un par de reservas de grupos. Aunque no estaba previsto atender fuera de los grupos, fueron tan amables de ofrecernos un par de platos improvisados y comimos muy a gustito.

Por la tarde dimos un buen paseo por el pueblito antes de comprar en el supermercado ingredientes para una magra cena de Nochebuena.
23 de diciembre
Rodamos hasta la Playa de la Lajita por el sendero que habíamos explorado el día anterior.



Pak, como siempre, iba muy por delante de mí. Sin poderlo usar de hito en el camino, en algún punto del sendero tomé el desvío equivocado y me vi en lo alto de una colina, justo encima del pueblo. Me dio pereza regresar en busca del buen sendero, así que bajé con mucho cuidado por un desfiladero angostísimo donde no cabían una persona y una bici. Acabé caminando con Anacleta subida a pulso sobre mis hombros (al ir sin alforjas, pesaba sus dieciséis kilos nomás). Cualquiera que me hubiera visto, habría exclamado: “¿Dónde va esta guiri loca?”

Tras encontrar a Pak en el pueblo, intentamos subir a un mirador por la playa pero él de repente reculó con cara de “¡ups!”. “Hay dos haciendo el amol detrás de esa esquina”, me susurró. Abortamos nuestro intento y nos fuimos directos a comer pulpo y croquetas de pescado al bar del pueblo.

Volvimos por el mismo camino de tierra, con muchísimo calor y sin viento que se apiadase de nosotros. Las cuestas abajo se me hicieron muy peligrosas tras haber bebido dos cervezas, así que caminé con mucho tiento, arrastrando a Anacleta por las laderas de las colinas. Si mi pobre bici hablara del maltrato a que la someto…

Pak me esperaba, muerto de calor y de aburrimiento, a la sombra de la estatua del barco, y rodamos por la avenidita hasta el apartamento, dispuestos a vaguear el resto del día (bueno, yo de hecho asistí a una clase en línea de mi curso de mediación, pero suena muy poco aventurero).
To be continued in Fuerteventura (III).
