Estuvimos dieciséis días en Fuerteventura el pasado fin de año, huyendo de celebraciones familiares. Era la última isla canaria que le faltaba a Pak por conocer. Yo no había estado desde 2008, y me llevé una grata sorpresa por el aumento de infraestructuras ciclistas. Esta es la primera de varias entradas sobre ese viaje, en orden cronológico inverso.
22 de diciembre
Remoloneamos bastante en la segunda mañana de nuestra estancia en Tarajalejo. Por un lado, había que hacer colada porque habíamos traído tres mudas nada más en las alforjas; por otro, nos dejamos secuestrar por el casposo ritual de la lotería y estuvimos un rato oyendo cantar números, por ver si alguien nos había hecho ricos (en mi familia, se estila regalar décimos).

La noche anterior había encontrado en el blog de un excursionista extranjero la ubicación exacta de la cuevita que queríamos ver esta mañana. Estaba más cerca de lo que yo pensaba, de ahí en parte que no tuviésemos mucha prisa.

Tras un copioso desayuno en el apartamentito y las debidas felicitaciones a nuestra amiga M. por su cumple, fuimos en bici hasta el comienzo del sendero. Aparcamos, a regañadientes (yo sobre todo), las bicis frente al colegio local. Me intenté tranquilizar con la noción de que los monstruítos no saldrían hasta las 14:00, y para entonces ya habríamos terminado la caminata: no era de temer que nos vandalizasen a Anacleta y a Cocolisa.

El sendero era muy sencillo. Empezaba a pegar la calor pero nos habíamos encremado bien y llevábamos agua de sobra. Nos cruzamos con algún que otro excursionista aislado (muy pocos) y todos parecían extranjeros: seguro que se habían topado con la misma ruta al “googlear” la cuevita. Al llegar a la playa, solo había una pareja enfundándose en neoprenos y aletas, pero ni rastro de la cueva. Me dio por pensar que no se veía por la marea alta, de ahí que esta pareja se hubiese traído equipos de buceo. Nos dimos un bañito refrescante y decidimos seguir caminando hacia la playa siguiente.

Las plantas que había parecían de otro planeta. El terreno era árido y desolado, y sin embargo, como siempre, me sorprendió la belleza y el aguante de algunas plantas suculentas que se las apañan para hacer acopio de humedad cuando cae el sol.



Desandamos lo andado; yo, un poco “desinquieta”: desde lo alto de la colina se veía que ya era la hora de salida del colegio y nuestras bicis estarían a merced de enanos crueles. Por suerte se habían apiadado de ellas y rodamos tranquilamente hasta un restaurantito, La Barraca. Comimos bien, pero caro comparado con otros restaurantes del pueblo. Retomamos luego el largo paseo marítimo para explorar los senderos de tierra que al día siguiente nos llevarían a La Lajita.

Volvimos, acalorados y sedientos, al caer la tarde, y por no volver a salir, nos preparamos perezosamente una ensalada a base de huevo duro, queso majorero, nueces, aceitunas y algún otro ingrediente que rascamos de nuestras alforjas.
21 de diciembre
Amanecí, tras una noche reparadora, sin restos de la pájara del día anterior, y desayunamos lo que habíamos comprado en el súper por la tarde. Salimos con buen ánimo a hacer una rutilla en bici hasta un pueblo situado más al norte, Tesejerague, donde confiábamos en encontrar el bar abierto. Por si acaso, me llevé una alforja con una botella más de agua, plátanos, nueces y pan duro.





Empezamos por un camino de tierra muy agradable pero bastante pedregoso: íbamos dando más botes que una apisonadora. En seguida salimos a una carreterilla con mucho sube y baja, entre casitas y granjas de cabras. Más que balidos, me parecía que me decían “¡Teee!” “¡Tee!”, animándome a seguir pedaleando.


El bar de aquel pueblo estaba cerrado, como me temía, así que mordisqueamos los piscolabis que yo había traído, sentados junto a la plaza del pueblo, y luego seguimos la ruta circular hasta llegar a la carretera nacional.




Mucho estrés por el tráfico, al salir a la nacional, pero el viento estaba a nuestro favor y en seguida estábamos de nuevo en el pueblo. Paramos a comer en el Brasero y nos llevamos una gratísima sorpresa, porque tenían un menú muy barato a la par que exquisito. Los camareros estaban entrenados para servir con gran glamour, pero al mismo tiempo eran muy sencillos y majos, y en conjunto fue una experiencia gastronómica muy agradable.

Al caer la tarde, tras un breve paso por el apartamentito, dimos un paseo cuasi nocturno por la avenida marítima. Pak se bañó pero a mí me dio frío. Cenamos, ya de vuelta, unas ensaladas que habíamos comprado.
20 de diciembre

Madrugamos con tiempo de sobra para que no nos pasase lo del día anterior. Por suerte habíamos tenido tiempo de sobra para ensayar el camino durante la tarde, y ya conocíamos el camino a la pasarela por donde podríamos rodar nuestras bicis y bajar al puerto de Santa Cruz.
Al abrir la ventana para que se ventilase la habitación que habíamos alquilado en la capital, oí voces en la calle de unos “mataos” discutiendo vaya usted a saber por qué. Parecían venir de una calle adyacente. Bajamos silenciosamente las escaleras (tuvimos que hacer varios viajes para bajar las bicis y las alforjas) y, ya con todo montado en el rellano, me dispuse a abrir la puerta.
Las voces seguían retumbando, airadas, y dudé si esperar más a ver si se iban, pero eran ya las 5:00 y no teníamos tiempo que perder. Abrí la puerta y justo apareció caminando en mi dirección, con aire irritado, uno de los personajes que habían estado discutiendo. Lo reconocí, por la voz engolada propia de quien está hasta arriba de alguna droga inyectable, como el tipo que había llevado la voz cantante en la discusión, y aunque vino hablando con tono jocoso (“¡Anda! ¡A veh si hay aquí amigoh que me den de coméh!”) no me fiaba un pelo. Gracias a mi estupenda formación en negociación asertiva, le dediqué una cálida sonrisa y le dije: “Perdona, amigo, no tenemos comida y tenemos que ir ya corriendo al ferry, que se nos va.” El hombre farfulló algo, insistente, acercándoseme más a mí: “Pero venga, va…” y en ese preciso instante asomó por la puerta, radiante como un caballero andante, Pak.
Pak ni miró al tipo, ni le dirigió la palabra, pero tenía todos los músculos tensos como las cuerdas de un violín. No hacía falta ser un gran fisonomista para saber leer, en el lenguaje corporal de Pak, que tenía toda la musculatura preparada por si había que tomar medidas drásticas: si hacía falta dar un buen sopapo, se daría con ganas y con la mano bien ancha. Ni Pak ni el hombre eran altos, ni corpulentos ni musculosos, pero el “matao” se supo en desventaja, al menos intelectual, porque estaba atontadísimo por el mono que tenía. Reculó, musitó una disculpa (“Uy perdón, me he equivocao de sitio, pensé que era… Perdón, perdón”) y se alejó por la siguiente bocacalle. Me dio por pensar que si hubiésemos sido dos mujeres, nos habría costado más deshacernos de ese pobre desgraciado.

Llegamos al ferry sin problemas. Nos hicieron esperar a que subiesen todos los demás vehículos y un miembro del personal nos acompañó a pie, rampa arriba. Amarramos las bicis, como nos indicaron, a unos contenedores llenos de agua y luego nos acomodamos tranquilamente en las butacas de pasajeros.

En Gran Canaria cambiamos de ferry, pero fue muy sencillo el cambio, bajar de uno y subir al ferry de al lado. Esta vez nos indicaron que amarrásemos las bicis a las escaleras, mucho más expuestas, pero no estimamos necesario candar las alforjas porque solo habría personal del ferry por allí, durante la travesía.

Al llegar a Morro Jable, lo primero que hicimos fue pegarnos un segundo desayunaco en la cofradía de pescadores. Un pincho portentoso de tortilla, bocadillos, cafés, zumo… Nos esperaban muchos kilómetros hasta Tarajalejo y encima nos pillaría toda la solajera.





El comienzo fue muy duro, por la carretera. Había mucha cuesta y el asfalto ardía. Si soplaba el viento, se agradecía aunque hubiese que luchar contra él, porque al menos refrescaba. Pasamos por la zona más turística de Morro Jable, sin detenernos. Por allí, al menos había carriles bici. Luego, llegamos a una verdadera autopista ciclista, un carril bici amarillo que transcurría junto a la carretera principal. Pese al sol abrasador, fue maravilloso rodar por allí: el firme parecía recién asfaltado y no había obstáculos de ningún tipo.


Pasamos por lugares curiosos, como el Barranco del Mal Nombre, y vimos de lejos alguna playita paradisíaca, demasiado cuesta abajo como para plantearse ir y venir. Pasamos también de largo Costa Calma, que de nuevo parecía un hervidero turístico (evítese a toda Costa) y, tras una subida demencial, llegamos finalmente a Tarajalejo.

Yo estaba francamente empajarada, con las sienes palpitando y a punto de desmayarme, pero supe reconocer que otras veces he estado muchísimo peor y podría recuperarme rápido. Tomé electrolitos, paracetamol, y ya duchados y descansados en el estupendo apartamento que habíamos reservado con AirBnb (maravilloso, para lo barato que era), fuimos a comprar algunos ingredientes y luego a cenar al restaurantito Mojo Picón, muy agradable y económico.
Volvimos muy contentillos al apartamento, dispuestos a dormir a pierna suelta.

19 de diciembre
El día no nos pudo salir peor. Salimos de mi casa a las 4 de la mañana y estuvimos esperando una hora en vano a que llegase la guagua 711. Cuando llegó, los maleteros de la guagua eran tan estrechos, que no cabían las dos bicis. Desesperados, encargamos un taxi que nos salió carísimo y que llegó a las 6:00 clavado al puerto, pero el ferry obviamente ya se había ido. Naviera Armas nos cambió el billete sin problemas para el día siguiente, pero perderíamos un día de nuestro viaje, lo que nos impedía visitar Cofete y nos hacía perder aún más dinero en concepto de alojamiento.

Agotados, y francamente desanimados (“puteados”, es la palabra), nos tomamos un desayuno en la capital para decidir qué hacer. Resolvimos reservar alojamiento en la capital para no tener que sufrir el mismo estrés al día siguiente. La pregunta era qué narices hacer hasta poder entrar en el alojamiento. Rodar a San Andrés, hacer turismo… No había maldita la gana. Le propuse a Pak candar las bicis en la estación de guaguas e ir de regreso a mi piso en guagua, ya sin las bicis, para descansar allí, ducharlos y estar a nuestra bola hasta la tarde, que regresaríamos a la capital. Fue una buena solución porque las bicis no estuvieron abandonadas por la noche en la capital, sino que las recuperamos a la tarde.

Ya instalados con las bicis en la habitación, dimos un agradable paseo por Santa Cruz, exploramos el camino al puerto y finalmente, cenamos en la Hierbita, un poco venida a menos desde los tiempos en que yo iba a allí a menudo por trabajar en la capital.












