Dos días con una treintena de mujeres, actividad organizada por MTB Andreak
Por los e-mails que me llegan desde que asistí en 2019 al IV Encuentro de Ciclistas Diversas, organizado en Barcelona por Cicliques, supe que habría una rodada mujeril de un fin de semana en junio y se me planteó la oportunidad de oro para rescatar a mi bici Anacleta de su encierro en Salamanca. Tras 560 km de ruta Salamanca – Bilbao, os presento una pequeña crónica con mis impresiones de ese fin de semana.
Se autoriza la copia y reproducción de este texto a fines de difusión de la actividad realizada. Algunas de las fotos no son mías, sino compartidas por las participantes.

Las chicas de MTB Andreak nos facilitaron la ruta —partiendo del BEC en Bilbao y llegando inicialmente a Islares— pero durante varias semanas las plazas de acampada no estaban aseguradas, así que Laura y yo optamos por reservar alojamiento para el viernes en la pensión Zeus de Cruces, no muy lejos del punto de encuentro, y para el sábado en la posada Valle de Guriezo, a unos pocos kilómetros de los diferentes campings de la zona.
La variación del trayecto que comunicaron un par de días antes de la salida resultó providencial: pasaríamos directamente delante de la posada, sin necesidad de desviarnos. Aunque anunciaron que habría sitio para acampar todas en Oriñón, para entonces ya habíamos iniciado la ruta sin cargar con esterillas, sacos y tienda, así que preservamos nuestra opción de guarecernos bajo techo.
Sábado, 11 de junio
Descansamos bien en la pensión Zeus, con la tranquilidad de tener las bicis en el balcón de la habitación, como ya he relatado en esta entrada del blog. Laura se hizo café en la máquina junto a recepción y desayunamos lo que habíamos comprado la tarde anterior. A la hora prevista, fuimos caminando hasta la boca del metro y en 7 paraditas llegamos a Portugalete. Rodamos cuesta abajo hasta el punto de encuentro pensando: ”Esto nos va a tocar subirlo luego” —como efectivamente fue— y enseguida vimos a algunas ciclistas en grupo que resultaron ser de nuestra pandilla.



En pocos minutos estábamos todas, incluidas las que habían cruzado el puente colgante, y Gema nos hizo el briefing con recomendaciones para la ruta: sobre todo, no dejar a nadie atrás. Nos pusimos en corro para designar a nuestra ”oveja” (la persona por la que tendríamos que velar durante la ruta), firmamos un documento de exención de responsabilidad y de tratamiento de imágenes, y se nos dio una chapa conmemorativa. Yo me hice una foto con Itxaso para Miren, que había sido nuestra anfitriona en Vitoria el día anterior y no había podido venir.


Tras unas últimas fotos y aclaraciones sobre la ruta, nos dispusimos a subir la larga cuesta, antes de empezar a rodar.



En pocos kilómetros estábamos ya en la Vía Verde, circulando entre arbolitos y sin muchos calores, porque estaba nublado.

Una de las paradas previstas era en la ferrería El Pobal, donde no solo nos explicaron diversos mecanismos de época, sino que también tuvimos el privilegio de ver ensayar a varios artistas. La paradita, además, nos sirvió para aprovisionarnos de agüita fresca en una fuente, y de ir al baño quien lo necesitara.





En otro punto del camino, paramos a tomar un tentempié mientras algunas iban a por pan. Y, finalmente, nos detuvimos a comer en Valle de Villaverde.



Aunque llevábamos el almuerzo a cuestas, no pudimos resistir la tentación de pedir algo en el bar de La Segunda Juventud, donde desbordamos con nuestro jolgorio al camarero y a los tertulianos habituales, que eran más de Tercera que de la Segunda Juventud. Como se había puesto a llover, seguimos pidiendo en el bar hasta que amainó un poquico.

El resto del trayecto discurrió sin incidentes apenas, si acaso alguna paradita para reenganchar alguna alforja, para agruparnos de forma segura frente al tráfico, y para esperar a las slow del grupo, entre las que yo me encontraba (a mucha honra). Cuando llegamos a la altura de nuestro alojamiento, Laura y yo nos despedimos de las demás, que seguirían hasta el camping de Oriñón.







Domingo, 12 de junio
Pasamos buena noche en la posada Valle de Guriezo, tras los sesenta y pico kilómetros de pedaleo con las chicas y el dulce fin de jornada que nos había brindado la posadera al convidarnos a tarta por su cumpleaños. Desayunamos con una peregrina alemana que me tocó las narices por la bandera de obligado optimismo que enarbolaba: con la excusa de que estaba jubilada y ahora le tocaba ser feliz, no quería bajo ningún concepto hablar de “cosas malas”, pero en su afán lo que mostraba era una ignorancia garrafal y una sarta de prejuicios xenófobos. Finalmente, tras intercambiar un par de cortesías con la posadera, fuimos al punto de encuentro pactado con las otras ciclistas.

Habían caído varios chaparrones por la noche y estábamos preocupadas por cómo habrían dormido las chicas en el campamento, pero las encontramos muy frescas y alegres. Más adelante Itxaso nos contaría, con gran desparpajo, que algunas se habían ido a un albergue cercano regentado por una especie de bruja capaz de verles el aura. Me reí desde el respeto, porque haberlas haylas, as meigas; lo curioso es que usen sus dones para espantar voluntariamente a la clientela.



La ruta se me hizo más variadita que el día anterior, con muchas subidas y bajadas, pero también con muy diversos paisajes. En un momento dado, antes de una parada en un bar, hubo un problemita con una cadena atascada que Nuria resolvió heroicamente; se puede ver el momentazo haciendo clic en este vídeo.

Solventado este pequeño incidente, y tras la parada en el bar para recobrar fuerzas y comprarles algunos detallitos a las chicas de MTB Andreak, seguimos la ruta hasta volver a encontrar el mar. El tramo hasta la playa de las Arenas, entre acantilados, fue delicioso a pesar de tener que ir despacio por los muchos caminantes que había.
Algunas de nosotras nos despedimos tras el bañito en el mar y un par de pintxos. Laura y yo seguimos a Nerea hasta Muskiz y allí tomamos el tren hasta el intermodal de Bilbao, donde mi amiga tomó el autocar para regresar a su tierra.





Últimos días en Bilbao
La noche del domingo al lunes la pasé junto a Anacleta, respirando sus efluvios de caucho y aceite. Me llegaban flashbacks de la noche que pasamos Pak y yo junto a las bicis en casa de Matt, en la Olympic Peninsula (relatado aquí): es curioso cómo los olores pueden hacer saltar tan rápido los resortes de la memoria.

Circulé en bici hasta la tienda donde había acordado dejar a Anacleta para que me la embalaran, Ciclos Zubero, y luego caminé despacito hasta el punto de encuentro con Susana. Como era muy pronto, me di un buen paseo por el casco antiguo, pero no hice fotos, quizás porque pensé que las haría en otro momento (y al final resulta que no tengo fotos del casco antiguo).
Me tomé un café largo y tendido con mi amiga, pero se me hizo muy corto porque hacía muchos años que no nos veíamos. Por suerte se le ocurrió a ella ayudarme a transportar a Anacleta el día siguiente al aeropuerto, y en un pispás la fuimos a buscar a Ciclos Zubero y la metimos en el coche como buenamente pudimos. Con el alivio de saber que Anacleta estaba a buen recaudo y, sobre todo, con la alegría de podernos ver de nuevo al día siguiente, nos despedimos y yo me busqué un sitio para comer antes de darme otro buen paseo por Bilbao. Cuando, sin comerlo ni beberlo, me di de bruces con el Guggenheim, me quedé sin aliento.










Disfruté muchísimo de mi paseo por la ciudad. A cada dos por tres me paraba a comer un helado, a tomar café, a comprar libros de segunda mano (The Human Factor de Graham Greene: ¡sublime!)… Una lástima que la disputa parejil de los del AirBnb empañase mi tarde, porque había sido un día maravilloso.
A la mañana siguiente, tras una noche reparadora y otra estupenda conversación con Susana en el aeropuerto, embarqué con Anacleta a Tenerife, donde la dejaría antes de volver con mi amol.



Hasta que nos volvamos a encontrar, te seguiré leyendo.
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¡Qué honor, Susi, muchas gracias por tu tiempo! A ver si me siento ya a escribir algo más larguito y paginable. ¡Un abrazo!
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