De nuevo escribo, en orden cronológico inverso, desde una biblioteca maravillosa en pleno casco antiguo de Bilbao. Tengo que ser breve y probablemente publicaré una versión embrionaria de la entrada: disculpen las molestias. (Retomo la narración días después, maldiciéndome por mi dejadez y mi quebrantada memoria)

Viernes: llegada a Bilbao
Descansamos muy bien en el piso de Miren, sobre todo yo, que adoro dormir en sofás (lo achaco a nostalgia de mi niñez, cuando mis padres juntaban dos sillones para improvisarme una cuna para la siesta). No habíamos quedado a una hora concreta para devolverle las llaves a Arabela, así que cuando ella nos avisó, apresuré un dibujito de despedida en el baño y, ya con la ayuda de nuestra nueva amiga, bajamos todos los trastos hasta la cafetería de al lado, donde departimos sobre lo divino y lo humano antes de despedirnos con un fuerte abrazo.


La salida de Vitoria fue un tramo precioso de vía verde. No tardamos mucho en tener que parar a pertrecharnos para protegernos del sol, porque el resto de la ruta la hicimos por carretera con bastante calor.


Apenas nos detuvimos un rato a tomar un tentempié en Otxandio, y fue en lo alto del puerto de Urkiola donde nos paramos a comer, por desgracia en medio de una excursión escolar de monstruitos escandalosos que no podían parar quietos (“¡Herodes!”, clamaba yo para mi adentros). Tras una bajada vertiginosa que puso a prueba nuestros frenos, llegamos al poco rato a Durango y allí nos despedimos de Eugenio antes de tomar el tren. Fue la primera de varias muy gratas experiencias con los medios de transporte vascos.

El tránsito del tren al metro fue francamente sencillo gracias a los muchos ascensores. Al poco rato estábamos ya en la pensión Zeus, con nuestras bicis cómodamente instaladas en el balcón, y luego fuimos a Correos a que yo mandase 4 kg de equipaje a Canarias antes de ir a comprar, a cenar y al sobre. Mi pensamiento antes de irme a dormir fue que, tras más de 400 km pedaleando, lo difícil empezaría al día siguiente, donde tendría que medir mis fuerzas con 30 ciclistas de pro.

Jueves: llegada a Vitoria
Desayunamos tranquilamente y acabamos de empaquetar antes de salir a la calle en el fresquito de la mañana. La calle estaba recién limpia y desierta: ni rastro de los juerguistas que habían dado la barrila la noche anterior.


La subida al León Dormido se me hizo deliciosa: prisa, ninguna. Aunque la ruta la hicimos por carretera, no hubo ni mucho tráfico, ni grandes calores. Paramos a comer en un pueblito, Antoñana, donde no había gran cosa pero sí una plaza con sombra. Desde allí, podríamos habernos incorporado a la vía verde, pero ya le habíamos cogido el gusto a la carretera.



La entrada en Vitoria fue un poco estresante porque había muchas obras y el tráfico era denso. Mientras Laura y Eugenio se tomaban un refresquito en el barrio de Miren, yo tuve el privilegio de rodar por Vitoria hasta el punto donde había quedado con Arabela para recoger las llaves. Me pareció una ciudad ideal para la bici, un ejemplo muy loable de urbanismo intermodal. Por la noche, dimos un paseíto y nos tomamos unos pintxos antes de regresar a la comodísima morada de Miren.




Dos días de relax en Logroño
Laura y Eugenio me agasajaron dos días en Logroño, en plenas fiestas de San Bernabé. Fue maravilloso poder reponerme, ir a la biblioteca a escribir en el blog y, sobre todo, disfrutar de la arquitectura, del ocio y de la gastronomía de esa estupenda ciudad.













Lunes, 6 de junio: llegada a Logroño
Eugenio guió en la ruta por carretera a Logroño. Fue muy grata, la travesía, principalmente de bajada. Solo recuerdo un par de momentos estresantes por el tráfico, en Santo Domingo de la Calzada y en Nájera. El resto del tiempo, tuvimos bastantes ocasiones de ir platicando en paralelo, un privilegio que yo apenas he disfrutado en mi porción ciclista de la vida. Agradecí de corazón la deferencia de este avezado ciclista de reducir su ritmo para ir charlando conmigo: todo un lujo.


Domingo, 5 de junio: salida de Burgos
La noche anterior habíamos sido muy moderados al salir de tapas, así que madrugué bastante lúcida y me tomé mi doble desayuno con mi cuñada y uno de mis sobrinos. Almu me llenó el tupper de pasta con tomate y me dio sandwiches y fruta, y al poco rato estábamos pedaleando ambas al encuentro de Laura y Eugenio. Con un poco de pena de que no pudiese acompañarnos un trecho, me despedí de mi cuñada con un abrazo y ella me deseó buenos vientos y pocos calores.

Eugenio y Laura se turnaron en el trayecto la bici y el coche y el primer turno lo sobrellevó Eugenio con gran entereza. Digo “sobrellevar” porque ajustarme a mi ritmo debe de ser un suplicio, pero el muchacho, si se adelantaba, esperaba en cuanto perdía de vista mi persona en su espejo retrovisor.
Los primeros kilómetros transcurrieron en llano, pero pronto empezaron las subiditas y bajadas, casi simultáneas a la subida de temperatura. En un momento dado hubo una bajada deliciosa hacia un pueblito muy pintoresco. Eugenio me dijo que era Valmala, tierra de los antepasados de Laura, pero a mí en ese instante se me antojó que era el Valhalla: la brisa que se siente al bajar esa cuesta sin duda es la antesala del paraíso.

Poco después, en plena subida, partí la cadena al cambiar de marcha, con gran regocijo para mi persona: ¡por fin estrenaría mi tronchacadenas! Eugenio me dio un par de indicaciones y pude recomponer la cadena yo sola, ufana y orgullosa.
Tras una paradita para coger fuerzas y cambiar de turno, Laura tomó la bici y subió el bellísimo puerto a buen ritmo.

Tras el magnífico puertito de subida y bajada entre curvas vertiginosas, sin tráfico alguno por ser la hora de la siesta, hicimos una paradita cervecera en Ezcaray, que estaba plenas fiestas de Santa Bárbara, antes de enfilar por la carretera parcelaria al pueblo materno de mi amiga, donde sus padres nos brindaron una calurosa —o mejor dicho refrescante— bienvenida.



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