Parte I: sola de Salamanca a Burgos
Desde la maravillosa biblioteca de La Rioja os ofrezco, en orden cronológico inverso, la primicia de cómo me fue en el primer tramo de mi viaje, hasta el momento en que llegué a Burgos. En los próximos días publicaré otra entrada para contaros la estancia en Burgos y la continuación hasta Bilbao.

Sábado, 4 de junio
Cuando entré en Burgos me recibió la bendita lluvia, un regalo después de un día de polvo y mucho calor. Tenía el muslo derecho abrasado por el sol, porque solo me puse crema solar hasta la pernera del pantalón y al pedalear se me había ido subiendo. Aún tardaría una hora en encontrar el piso de mi familia, pero eso ya lo leeréis en la próxima ocasión. Ver la catedral tras más de diez años de ausencia me produjo un sinfín de emociones: añoranza de mi hermano que se fue hace ya tantos años, alegría de poder ver a mi cuñada y a mis sobrinos y nostalgia de aquel camino de Santiago que hice en 2004 con Moi y Álber. Tenemos una foto aquí mismo los tres, jóvenes y poderosos, exultantes y guapos a rabiar.
El trayecto, que David me había sugerido con la aplicación Mapy, transcurrió apaciblemente entre caminos secundarios y el camino de Santiago. Apenas me crucé con nadie, un par de peregrinos nomás, y pude ir hablando sola o con la bici Anacleta y pararme varias veces a saborear el paisaje.








La salida de Astudillo fue por una carreterilla secundaria que imagino que es lo que mi amiga Laura denomina “parcelaria”, porque transcurre entre parcelas de cultivo. Fui rumiando la conversación que había mantenido con Milagros durante el desayuno y me di cuenta de que se me había olvidado hacernos una foto. Qué mujer más extraordinaria: “Ojalá volvamos a vernos”, me iba diciendo, con esa mezcla de pena y esperanza que sentimos al despedirnos, sin garantía, los viajeros.

¡Qué buenas vibraciones tras haber pasado la noche en la antigua disco! Tal y como le escribí a David en su guest book, dormí a pierna suelta sin que me perturbasen los fantasmas de danzantes borrachos y amoríos perdidos de discoteca. Luego me explicó Mila que el local llevaba 30 años sin su función original. Sin duda, todos los ciclistas que pasamos por allí dejamos nuestro rastro de sincera admiración y agradecimiento por poder pasar la noche en este lugar tan especial.


Viernes, 3 de junio

Llegué a Astudillo y me costó encontrar a Milagros, pero en cuanto la conocí, supe que lo que quería era conversar con ella, y no necesariamente descansar a solas o recorrer Astudillo. El pueblo es precioso, y a mí me sonaba mucho por el Castillo de la Mota y la Puerta de San Martín, pero las piedras ahí se quedan, esperándonos pacientemente durante siglos, mientras que las ocasiones de hablar con las personas son como cuando se te posa una mariquita en los dedos y te paras, maravillada, a verla hacer hiking por tus dedos: en cuanto te descuidas, se ha ido volando y te has quedado con un palmo de narices. Yo tenía ganas de charlar con Mila y tuve la suerte y el privilegio de que a ella le apeteciese también sentarse a hablar conmigo. Durante tres horas desgranamos ambas nuestra vida entera y confidencias y anécdotas que a lo mejor no le contaríamos a cualquiera: tesoros que, por supuesto, me guardo para mí porque no son míos para verterlos al mundo (¡David, anímate a publicar tus viajes!).



El trayecto entre Valladolid y Astudillo no salió como estaba planeado. De hecho, no llegué a rodar por el Canal de Castilla, pero no pasa nada: me queda pendiente para otra ocasión, y en todo caso son paisajes que ya he recorrido otras veces, de niña cuando vivía en Pucela, y haciendo el Camino.
A la salida de Valladolid me había demorado buscando el espejo retrovisor, que por lo visto se me había quedado dentro de la funda de la bici, y también me entretuvieron un par de llamadas de un mensajero que insistía en entregarme un paquete ese mismo día en mi domicilio de Canarias.
Para más inri, había quedado en intentar llegar a Dueñas para comer con David y así conocernos antes de que emprendiese su viaje por Islandia, pero con el calor, las cuestas y el peso de las alforjas, a cada hora que pasaba se me antojaba más y más difícil llegar a una hora razonable para poder comer y que él no perdiese su tren desde Palencia.
En un acto desesperado por llegar a la hora y al lugar pactados, varié la ruta para intentar atajar y Google me mandó entre campos de trigo por el Camino de la Bernardina, un sendero de tierra y cantos rodados en medio de un paraje desolado y desierto, no exento de belleza -pero yo en esos momentos estaba agotada y muerta de calor. Me cagué, literalmente, en todo: me dio una pájara, insolación, ataque de ansiedad, o qué sé yo, en ese mismo momento, y mi sistema entero me pidió evacuar todo lo que llevaba dentro. Vomité y descomí entre los trigos, alejada de la vista de todos, y entonces me sentí infinítamente mejor. Bebí, comí algo de la fruta que llevaba conmigo y entonces ya sí, ligera como el viento y con energía renovada retomé el camino de tierra y luego, ya en la carretera P-901, me deslicé rauda hasta Palencia y esta guiri con sombrero logró llegar in extremis a la estación a conocer a David.



Apenas pude charlar 20 minutillos con David y me supo a poco, ¡y encima no se dejó invitar! Queda pendiente esa invitación, David, así que ya estás tardando en planificar una vacación en Bruselas o Tenerife. ¡Os recibiremos con los brazos abiertos! No tenéis ni que traer las bicis: os dejamos las nuestras.
Jueves, 2 de junio
Aún me queda por redactaros lo que pasó el día 2, lo haré esta tarde pero ya se me acaba la sesión en la biblioteca de Logroño, así que publico a medias 😉

Aquí os voy a narrar mis cuitas tras intentar reparar el pinchazo

Aquí os contaré cómo llegué a la estación





Aquí os contaré el trayecto en tren, y la foto siguiente la podéis ver ahora pero luego no la veréis 😀

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