He tardado mucho en volver a escribir y entre tanto he perdido el contenido de dos móviles, uno en febrero por meterlo estúpidamente en el mar pensando que su cualidad de sumergible se extendía también al agua salada, y otro en marzo por dejarlo caer por la calle sin percatarme, víctima de mi propio cansancio. Plasmo aquí lo que he rescatado gracias al WhatsApp y a mi frágil memoria.
Jueves
El jueves por la mañana desayunamos opípara y tranquilamente en el mismo establecimiento donde habíamos dormido la noche anterior, la casa rural Villa Lola y Juan, y charlamos muy a gusto con la pareja que nos atendió, que era del norte de Tenerife. Tras una cenita en la plaza de Haría, habíamos dormido a pierna suelta en aquella estancia señorial que debió conocer tiempos mejores y afrontábamos la mañana con mucho entusiasmo.
Tras hacer unas compras mínimas en una tiendita junto a la plaza, salimos tranquilamente hacia Famara, primero subiendo una cuesta empinada para después meternos por unas colinas y caminos de tierra absolutamente deliciosos, sin tráfico y apenas gente. Nos adelantó varias veces un pelotón de belgas en bici de mediana edad, pero en algún momento se desviaron de nuestra ruta y los perdimos de vista sin haber tenido ocasión de intercambiar cordiales saludos de “compatriotas”.

Llegamos a la extensísima playa de Famara y decidimos bajar al borde del mar a caminar toda su extensión con las bicis. Hacía demasiado viento como para que apeteciera bañarse, pero las vistas eran magníficas. Recordamos con pena y nostalgia a nuestra querida Anita, que nos había traído hasta aquí 10 años atrás, y disfrutamos mucho el paseo y la brisa fresca del océano.

Nos permitimos el lujo de comer en un restaurante a pie de playa que era carillo pero tenía unos platos deliciosos. Ya estábamos gastando un dineral en alojamiento así que de perdidos al río…
Finalmente enfilamos hacia Tinajo, donde teníamos reservado un alojamiento con AirBnb. Nos cayó un chaparrón mientras subíamos una penosísima cuesta que al final nos supuso un esfuerzo en vano: la dirección que aparecía en AirBnb estaba mal y nos tocó volver a bajar a toda velocidad la misma cuesta que acabábamos de sufrir. Calados y ateridos de frío, llegamos a la casa y no tuvimos fuerzas ni ánimos de reprocharle nada a nuestra anfitriona, simplemente le pedimos que se asegurase de poner bien la dirección en su perfil para la próxima vez.

Nos duchamos y mantuve una conversación muy extraña con mi entonces jefe. Con la mosca detrás de la oreja, seguí después a Pak rumiando mis pensamientos hasta el centro del pueblo, donde no encontramos ningún sitio decente para cenar. Tinajo es un pueblo feo e insulso, sin nada destacable: no lo recomendamos para nada.
El chaparrón y la decepción que nos produjo aquel lugar, sumado a la frustración de haber cenado poco y mal, nos dejó un mal sabor de boca que solo pudimos contrarrestar con el recuerdo de la bella ruta a Famara.
Viernes y sábado en Yaiza
Al día siguiente nos fuimos de la casa sin despedirnos más que con un parco WhatsApp a la anfitriona. Es raro que seamos tan siesos pero es que estábamos locos por irnos ya de Tinajo. El día estaba gris y a ratos chispeaba, pero era una temperatura ideal para ir en bici.

Pasamos por la Geria entre viñas y picón de lava, parándonos de vez en cuando para contemplar la belleza del paisaje. El tráfico en algunos tramos era denso pero en general la ruta se hizo muy liviana.





El alojamiento donde nos quedamos dos noches en Yaiza nos sorprendió muy gratamente.
Por el mismo precio que la miserable habitación de Tinajo estábamos en una habitación de lujo, en un “hotelillo”, La Casona, regentado por una gallega muy salada que nos aconsejó muy sabiamente aprovechar los desayunos y las cenas del restaurante, como efectivamente hicimos los dos días que nos quedamos. Recomendamos encarecidamente este lugar porque nos trataron magníficamente y se cena muy bien.

Entre las dos noches que estuvimos en Yaiza fuimos en bici hasta la playa del Papagayo, que está en una zona de reserva natural con control de acceso para los coches. En bici no tuvimos problema para superar el control pero nos comimos toda la arena del camino entre la fila de coches.
Mereció la pena, con todo, porque es una zona virgen y agreste, bellísima, que pese a ser salvaje tiene un chiringuito donde se come muy bien si tienes paciencia para hacer cola. Nosotros la tuvimos y nos atendieron en seguida, y nos pegamos un homenaje mirando al mar, disfrutando mucho a pesar de la calor que se estaba levantando.

Después de comer nos dimos un bañito y charlamos con nuestros amigos Cristo y Mónica, que estaban visitando la Palma en plena erupción del volcán, y de milagro aún conservo el vídeo que les hicimos, que no pondré aquí pero guardaré con cariño para mi futuro deleite.
Domingo de regreso a Arrecife
El domingo, con toda la calma del mundo, volvimos a Arrecife, pasando por la escultura de Manrique que es un homenaje al campesino y está en medio de una rotonda. Nos alojamos en el mismo hostal que el primer día, incluso en la misma habitación y con la misma notita literaria de bienvenida, y la verdad es que nos resultó muy grato volver a ver las mismas vistas de la fortaleza y el mar: francamente relajante. Nos acercamos en bici al mismo sitio donde habíamos comido con María el segundo día, en Playa Honda (somos animales de costumbres), y al caer la tarde paseamos hasta la fortaleza antes de quedar con Jesús para devolverle las bicis. Al día siguiente, Pak embarcó para volver a Bruselas y yo a Tenerife, donde me examinaría esa misma tarde (con éxito, aunque finalmente no resultó en nada bueno).
No sé si estos relatos os resultan interesantes pero en todo caso yo los conservo a modo de apoyo a mi escasa memoria. Siempre que he estado en Lanzarote he sido inmensamente feliz y así fue también en esta ocasión. Volveremos, pero eso sí, la próxima vez reservaremos alojamiento con muchísima antelación para no arruinarnos.

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