A lot, Lancelot (I)

Disfruté de Lanzarote como si no hubiera mañana. Yo estaba convencida de que volvería al frío del norte de Europa por muchos meses después de este viaje, y absorbí cada paraje volcánico como si me fueran a encerrar en un cuarto oscuro para siempre. Durante los últimos días me informaron de que me quedo desempleada y podré volver todo lo que quiera a mis Canarias queridas en los meses venideros: no hay mal que por bien no venga.

Primer sábado en Arrecife

Llegamos al aeropuerto de Lanzarote sobre la una y pico de la tarde y por suerte solo tuvimos que esperar unos minutos a que llegase la guagua que nos llevaría a la capital. Fui dejando a cuentagotas mensajes entusiastas de voz a todo el mundo, incluso a los grupos equivocados, avisando que habíamos llegado bien y el día era magnífico, luz cegadora, mar, brisa y salitre, y casitas blancas sobre el picón negro de lava. Encontramos rápidamente el hostal gracias a las indicaciones de María y al cabo estábamos dejando, por no decir arrojando, las alforjas sobre la cama de la habitación.

Medidas covid

Nos apresuramos a ir al bar que mi sis nos había indicado y nos la encontramos descuajaringada de risa. Sujetándose las gomas de la ortodoncia entre carcajada y carcajada, nos comentó cuando pudo respirar que la capital estaba llena de gente deliciosamente loca, quizás por los vientos: la cantidad de personajes que habían transitado por la terraza del bar mientras esperaba eran de novela surrealista.

Nos pusimos al día mientras saciábamos la sed y el hambre que arrastrábamos y dimos fe, sí, de que entre otros, la camarera era todo un caso; muy detallista por su parte el indicarnos lo que era infecto de la carta y lo que era menos probable que nos diera cagalera. De vez en cuando nos interrumpía al pasar, hablando sola: “¿Para quién coño era la tortilla? Ay, joder, que se me ha olvidado el gintónis”, y a cada nuevo pasemisí nos hacía partirnos de la risa. Pura felicidad.

El personal del hostal, nos dijo nuestra amiga, no se había inmutado lo más mínimo porque tuviéramos una habitación de tres. Es más, habían puesto allí por error a una cuarta persona, y ella había bromeado alegremente ante el recepcionista: “¡Hombre, no, que cuatro ya son multitud!”. Nos pasaríamos el resto de la estancia picándole el ojo al personal cada vez que subíamos los tres a la habitación, alimentando el morbo.

La realidad es que estábamos demasiado agotados y necesitados de siestas y vacaciones como para compartir estancia, pero tampoco habíamos querido gastar una barbaridad y, por ser una reserva del día anterior, habíamos optado por lo menos prohibitivo, siguiendo el buen consejo del amigo de María.

Siesteando

Por la tarde dormitamos ambah doh tiradas sobre la arena mientras Pak flotaba todo contento en la superficie del agua fresquita, contemplando la variedad de peces y las alguitas canela de la playa. Pejeverdes, samas y algún pececillo moteado limpiando afanoso los fondos de la bahía: yo también me sumergí para admirarlos y felicitarme de haberme acordado esta vez de traer las lentillas para poder esnorquelear, contra el consejo de todos los oftalmólogos del mundo.

Playeando

Dimos un paseíto por la marina en busca del sitio de alquiler de bicis y no lo encontramos (luego comprobaríamos en el mapa que nos habíamos equivocado de marina), así que le dejé un mensaje de voz a Juan, de bicis Draisiana, preguntando si era posible reservar dos bicis para una semana desde el lunes. Me contestó por WhatsApp que sin problema, y ya resuelto ese tema solo nos quedó seguir disfrutando con calma de la tarde. Tuvimos una magnífica puesta de sol y una cena algo decepcionante de la que solo puedo destacar que el agua se me antojó bálsamo de Fierabrás, de puro deshidratada que estaba.

Puesta de sol en Arrecife

Domingo tricicletero

Dormimos los tres como troncos; si alguno roncó, ni nos enteramos, y la mañana nos recibió con unas vistas magníficas de la pequeña fortaleza.

Vistas del lugar desde donde otrora otros otearon

El desayuno, absolutamente espectacular: ya nos lo había dicho María. Guacamole, panecillos alemanes variados, papaya, un queso local portentoso… Nos sobraba el piano de Clayderman de fondo pero era tolerable. Detrás de nosotros, dos mujeres maduras se daban besitos fugaces y se susurraban despedidas y promesas.

Nos dimos otro bañito y luego alquilamos tres bicis en la avenida para explorar los carriles bici hasta Playa del Carmen. Las bicis eran una birria monumental y no habían conocido aceite durante meses, o años, así que a cada intento de cambiar de marcha se nos atascaba el cambiador o se salía la cadena; menos mal que no había mucha cuesta.

Carril bici Arrecife – Playa Honda

El paseo, muy agradable, nos llevó sin saberlo a la urbanización donde nos habíamos alojado nueve años antes, cuando visitamos a Anita y aún no sabíamos que era la última vez que la veríamos con vida. Al comentarlo, nos invadió brevemente la nostalgia y la tristeza, pero se nos pasó pronto porque al fin y al cabo nos podía la alegría de vernos de nuevo en Lanzarote y estar para contarlo. Vivir es maravilloso; ojalá podamos seguir diciéndolo mucho tiempo sin cansarnos de la vida, como le pasó a nuestra amiga.

Pak viró de repente para pedir un inflador a unos que alquilaban unos carritos a pedales y a María le pilló por sorpresa, se tambaleó y se cayó. Fueron unos rasguños nada más en la rodilla y el hombro que los apuestos muchachos desinfectaron rápidamente con un esprai que tenían; al rato ya estábamos de nuevo pedaleando. Paramos a comer en Playa Honda y, mientras sis se daba un bañito en el mar para acabar de limpiar las heridas, pedimos pulpo con couscous, queso asado y tartar de atún: ¡nos supo!

Cuando volvimos a Arrecife ya era tarde para alquilar tablas de SUP, así que nos dimos un último bañito y luego nos fuimos a cambiar y a buscar un bar donde Pak pudiese ver el fungol. Acabamos en el bar que María ya conocía, tragando a duras penas el peor aperol de mi vida. No, amigo barman, no: aperol y cava caducado no es la mejor receta.

Acompañamos a María al intercambiador, con una paradita por medio para hacer acopio de meriendacena, y una vez allí nos despedimos varias veces a medida que iban llegando guaguas, que en realidad no eran la buena. Finalmente sí vino la del aeropuerto y nuestra amiga embarcó sola, la guagua entera su limusina.

Pak y yo volvimos paseando despacito por la avenida cogidos de la mano, qué pocas veces lo hacemos y qué gusto caminar en paralelo. Mientras lo escribo se me saltan las lágrimas de emoción porque lo común es que Pak camine rápido y yo vaya jadeando detrás para alcanzarlo, cual perra fiel. Estos pequeños gestos románticos no son tan raros como lo pinto, pero al contraste con las situaciones de estrés cotidianas, ir relajados es como un bálsamo, un regalo inesperado.

Lunes de vías ciclistas por la costa

A las 8 Juan nos trajo las dos bicis e intercambiamos algunas cortesías y datos prácticos; las candamos y subimos a desayunar lo mismo de la mañana anterior, ya sin besos ajenos pero aún con piano de fondo. Las mejores vistas del desayuno del Miramar son sin duda las de la esquina de la derecha de la terraza: alterné la contemplación del mar con la de una arañita de paso titubeante que se me acercaba a ratos, en un recorrido cangregil hacia el solárium.

Costa Teguise

Cargamos las alforjas y off we went. Serpenteamos por Costa Teguise entre turistas invasores de carril bici y bicis invasoras de las aceras de peatones. Bonito pero hortera: demasiado turístico.

Tras una subida con mucho calor, llegamos a una vía ciclista espectacular: una carretera ordinaria que transcurre junto a la costa hasta Órzola, por donde los coches no pueden circular a más de 60 km/h y deben dar prioridad absoluta a los ciclistas: magnifico, un placer difícil de describir, el deslizarse rodandillo hasta el puerto entre el malpaís.

Vía ciclista a Órzola

Ya en la ventanilla para comprar los tíques del ferry, nos llevamos la grata sorpresa de que las bicis viajaban gratis. Teníamos casi dos horas para relajarnos y nos sentamos a beber y a comer algo en el restaurante frente al embarque, que se caracteriza por tener el servicio más lento del universo. La cocina y el servicio eran tan, tan lentos, que casi abrían una brecha en el espacio-tiempo, de puro desconcierto cuántico ante tamaña pachorra. Eso sí, la sopa de marisco fue la mejor de mi vida.

Para cuando logramos pagar, ya había llegado el ferry. El personal, allá ellos, insistieron en subir las bicis: no sabían que nuestras alforjas pueden pesar un quintal pese a su aspecto compactito. Sin ningún percance, por suerte, quedaron instaladas abajo y nosotros subimos a sentarnos en cubierta. Al rato estábamos surcando el océano rumbo a la Graciosa.

Saliendo de Órzola rumbo a La Graciosa

To be continued

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