Hace unos meses descubrí, en estas tardes de otoño e invierno en que oscurece tan pronto, el placer de salir a correr a oscuras por el parque semivacío y disfrutar del aire fresco y limpio, ya pasada la hora de los atascos de tráfico. El parque del Cincuentenario, en Bruselas, está francamente mal iluminado cuando cae el sol pero muchos (e incluyo aquí el género femenino) salimos a correr a la pista de atletismo equipados con una luz trasera para que no nos atropellen los corredores más veloces y una luz delantera para ver el firme que pisamos.
Más de una vez he salido con mi pijama rojo porque de noche puede pasar por un chándal y el pantalón de algodón es más calentito que mis mallas de licra. Incluso, un par de veces, he llegado a la pista y me he dado cuenta de que había olvidado ponerme el sujetador… Y entonces he correteado apretándome un pecho con la riñonera y sujetando el otro con una mano, arropada por la oscuridad y riéndome por dentro de ser una amazona de pacotilla de pechos sueltos al viento.
Pero como lo bueno no tiende a durar mucho, hace unos días me llegó la noticia de un intento de violación por la zona. Sin poderlo evitar, me volvieron los miedos atávicos que me insuflaron desde niña y ya no me atrevo a correr de noche.
Me han privado del único soplo de libertad que tenía en esta pandemia y ahora he de resignarme a hacer deporte en horas en que el parque esté iluminado o concurrido.

Me han robado la noche; yo que la había conquistado en este vecindario.
Y me jode.
No hay modo de expresarlo de otra manera.
Cuando lo comenté en un grupo de amigas, mi amiga M. no dudó en exclamar: “¡Qué asco de violadores! ¡Habría que cortarles la picha a todos!”. Quienes han estudiado algo de Derecho penal conocen el fin coercitivo y reparador, y no punitivo, que debe perseguir toda sanción en un Estado de Derecho que se precie, pero es verdad que a veces dan ganas de dar rienda suelta a nuestro odio más visceral y reconocer lo que pensamos de verdad: que algunos violadores se merecen como poco no volver a vivir libres en sociedad nunca más, y que a la mayoría probablemente les vendría muy bien una castración química que calmara sus bajos instintos.
Voy a escribir ya la conclusión y deciros que estoy harta de que a las mujeres nos enseñen desde niñas que hay que tener miedo de andar solas por la noche. Al final lo consiguen; al final ellos ganan: nos convierten en personas amedrentadas y pacatas que no se atreven a hacer nada solas en esta vida. Sin embargo, con los niños es otro cantar: a la mayoría de los hombres no les enseñan desde niños cómo deben comportarse para no parecer violadores ni reírle las gracias a los que lo son, de facto o en potencia. Los padres, pero también las madres, tienen el deber de enseñar a sus hijos varones a respetar a las niñas y mujeres y a alzar la voz activamente contra aquellos que no las respetan. Y a las niñas hay que enseñarles a tener cautela y saber imponerse y defenderse, pero no convertirlas en unas miedosas, inseguras y dependientes.
A mí, como a tantas mujeres, me han inculcado el miedo desde la niñez y lo tengo tan incrustado que aunque he acumulado en estos cuarenta y pico años de vida varias experiencias, acampando y durmiendo en lugares inverosímiles, sola o acompañada, aún a veces me desvelo, de pura aprensión.
Las noches que he pasado durante mi viaje por América ya están retratadas en este blog, así que si me habéis leído, ya sabéis que muchas veces tuve miedo de que nos asaltaran. A fuerza de ponerme a prueba, a estas alturas no debería tenerle miedo a la noche, pero la sociedad sigue consiguiendo que la oscuridad nocturna me dé reparo, pese a que jamás me ha pasado nada malo.
Miedosa no soy. Con 19 años me pasé una noche entera caminando sola por las calles de Colonia, Alemania, cuando perdi el último tranvía y vi que no tenía dinero para tomar un taxi. Hice tiempo en una hamburguesería, donde me gasté mis últimos dos marcos, y luego me eché a andar los 10 km que distaban de mi residencia de estudiantes. No soy ilusa: sé que me la jugué esa noche, porque en las 3 horas de trayecto me topé con borrachos y tarados que me dieron algún susto o pretendieron intimidarme, pero por suerte no resultaron peligrosos: seguí mi camino impertérrita y no me pasó nada.
En los años siguientes no pocas veces pasé noches enteras durmiendo o intentando dormir sola en bancos de estaciones o aeropuertos… También he dormido junto a desconocidos en muy diversas circunstancias, en trenes nocturnos, en fines de fiesta… Y nunca me ha pasado nada. Algún intento de abordaje indeseado lo he resuelto con éxito y sin violencia. Tengo en mi haber, como todas, algunas anécdotas e incidentes dignos de marcarse con un “MeToo”, pero ya sin el factor de nocturnidad, y en todo caso no ha dado lugar a ninguna experiencia traumática.
Soy una mujer con suerte, sí… Pero estoy harta de que tengamos que sentirnos agradecidas y aliviadas de que no nos haya pasado nada, y eso que “nos lo hemos buscado”, por atrevernos a salir al mundo.
Quiero poder salir sola sin miedo.
Y quiero recuperar la noche.
La noche es maravillosa: con sus estrellas, su frescor, su aire limpio, su entorno mágico, su bruma fantasmagórica, sus aves nocturnas, sus grillos y sus murmullos, el sonido del mar y de los árboles, el sonido de los propios pasos en las calles vacías.
La noche es fastástica.
Recuperémosla. Solas o colectivamente, como sea.