Ultimo esta entrada sentada al lado de un tipo que no deja de sorberse los mocos y tirarse pedos… ¡Bonito trayecto vamos a tener! Tengo dos pares de tapones para las orejas; yo creo que un par me lo pondré en los agujeros de la nariz, a ver si pilla la indirecta.
Para colmo, otro pesado más allá no para de silbar una tonadilla de lo más estridente y antipática. Necesitarían aquí uno de esos carteles de las guaguas canarias que dicen “No cantar ni silbar”.

Estás leyendo fragmentos de mi diario en orden cronológico inverso.
Día 272 del viaje, sábado 16 de febrero. Dormí mucho mejor, con nuestras bicis a buen recaudo en la tienda de Miguel Ángel, así que ya sin neuras.
Por la mañana me dediqué a organizar el equipaje –qué alivio, tirar tantas cosas por fin– mientras Pak iba a buscar los billetes a la agencia y a comprar unas cremalleras para reparar nuestras dos alforjas más urbanitas, las Altura.

Luego yo preparé la comida en la cocina maravillosa del hotelito, contemplando los pececillos mientras uno de los gatos me hacía la pelota en vano.
Comí tranquila en la salita de la cocina, disfrutando del silencio mientras el Pak daba en la habitación alaridos entusiastas arengando al Barça.
Al caer la tarde, salimos a ponernos morados a marisco en el Torito Güero. Los callos de hacha (vieiras) me supieron a gloria y me tomé la que será mi última agua de Jamaica en mucho tiempo.

Día 271 del viaje, viernes 15 de febrero. Oh, qué raro en mí, no dormí bien porque no metimos las bicis en la habitación, sino que las dejamos en el patio de la pensión, candadas entre sí pero sin amarrar a ningún poste fijo, por lo me imaginé que se colaban unos cacos a llevarse en volandas nuestras preciadas bicicletas…
Día de pequeños recados y relax por La Paz.

Nos acercamos a una agencia que nos encontró boletos por la mitad de precio que lo que habíamos visto en internet. Para mayor felicidad, nos pasamos por una tienda de bicis y nos ofrecieron llevarnos ellos el domingo para ahorrarnos el taxi, que nos iba a salir mucho más caro y sin garantía de poder cargar las bicis.
Relajados y aliviados, nos fuimos de cervezas y feliz botaneo por la ciudad, primero a un bar cañí, el Parnazo, y luego a una heladería antes de dar un buen paseito por el malecón que culminó con una buena cena en el Bismarkcito.
Día 270 del viaje, jueves 14 de febrero. Salimos relajados del cuartito que nos alquilaron en Las Pocitas, tan limpio y fresco. Habíamos decidido que no rodaríamos hoy porque hacía un calor horroroso: iríamos en autocar a La Paz.
Ya en la parada, nos quedamos con cara de gilipollas cuando el bus pasó muy despacio, sin parar, mientras veíamos al copiloto hacer señales con el dedo, “hacia atrás, hacia atrás”, parecía indicar. Montamos los trastos en las bicis y fuimos hasta el supermercado Oxxo a preguntar. Nos dieron versiones distintas: que si sí, que paraban allí, que si no, que era en la parada, que si quizás las bicis no las dejaban montar y por eso no habían parado…
En esas estábamos cuando de repente pasó otro autocar sin parar en el supermercado. Pak salió corriendo para llegar a la parada y detenerlo, o al menos preguntar, pero tampoco se detuvo este vehículo esta vez, dejando con un palmo de narices a una mujer que le hacía señales desesperada al conductor.
La conclusión fue que los autobuseros actúan a su capricho y antojo y no se detienen a dar ninguna explicación, y eso que varias personas nos aseguraron que sí, en esa marquesina y a esas horas paraban camiones (autobuses).
De nuevo fui a comentarle nuestras cuitas a las cajeras del supermercado, para preguntarles irónicamente si creían que tendría posibilidades de éxito si yo me tumbaba en el pavimento delante del bus, la bici por medio para que no les quedara otra que detenerse. Entonces un cliente que estaba en la cola nos propuso preguntarle a un amigo ganadero si nos daría reite, ya que iba a la Paz.
El amigo aceptó y así fue que montamos nuestras bicis encima y detrás del trailer con las vaquitas de Jesús. Mi Anacleta ya se manchó de boñiga al subirla, y Jesús y yo bromeamos: cuán orgánica y sanísima sería esa caca de vaca que ornaba mis ruedas y llantas. La verdad, yo estoy curada ya de espantos y solo sentía agradecimiento de que Jesús nos diera reite y no tuviéramos que pedalear bajo el sol infernal de media mañana.
La sensación de agradecimiento se incrementó exponencialmente al ver las cuestas por el paisaje árido, feísimo, que nos hubiéramos tenido que comer de haber pedaleado.
Jesús nos dejó a la entrada de la ciudad y le dimos el importe que nos hubiera costado el autobús. Pareció un poco decepcionado –quizás deberíamos haberle dado más– pero como antes del viaje nos había dicho que le diéramos “lo que gustásemos”, pues así fue…
Nosotros solemos ser generosos, quizás en esta ocasión pecamos de agarrados por el gasto que nos esperaba en La Paz. En cualquier caso, pienso que el rácano de Florian no le hubiera dado ni un puñado de monedas y se hubiera quedado tan fresco, con su sonrisa hipócrita de hippy en simbiótica comunión con la naturaleza.
Llegamos a La Paz y el hotelito que había buscado Pak, Baja Paraíso, resultó ser un bello oasis de tranquilidad y pulcritud, decorado con muy buen gusto. Me recordó un poco al Kadekaman de Vizcaíno por sus decorados imitando pinturas rupestres.
Solo quedaba la habitación más cara pero por tres días nos daban un descuento, así que aceptamos encantados y nos instalamos con celeridad para ir luego corriendo a cenar, que estábamos que mordíamos los bordillos de las aceras.
Por la hora, fue merienda-cena de San Valentín, decorados horteras y cantautora destrozando canciones de La Oreja de Van Gogh. Pero romanticoidadas aparte, la comida fue sublime en ese restaurante de cuyo nombre no me acuerdo (Pak sí se acordará). Nos pusimos hasta las orejas de parrillada con verduritas y salimos casi haciendo eses, ebrios, saciados y contentos, a pasear por el malecón mientras caía la tarde con un cielo increible.


Día 269 del viaje, miércoles 13 de febrero. No puedo decir mucho de la ruta de los últimos tres días porque fui en piloto automático, despacio y economizando energía para no sucumbir al calor. Solo recuerdo que fue bastante llano e hicimos una centena de kilómetros hasta Las Pocitas, donde Íñigo de nuevo nos había señalado un alojamiento, un cuartito que una familia nos podía alquilar frente a una llantera.
Nos pareció muy limpio y nuevo, decorado con buen gusto, con aire acondicionado (¡qué lujazo!) y tele satélite para devorar películas.
Y es lo que hicimos, relajarnos bajo el aire acondicionado y ver película tras película hasta que se hizo tarde y preparamos algo de cena. Yo me dispuse a dormir como una marmota, agotada por los muchísimos kilómetros pedaleados.

Día 268 del viaje, martes 12 de febrero. Salimos tarde del restaurante-hotelito donde nos había atendido Jorge tan bien. Nos entretuvimos traduciendo su menú al inglés y escribiendo en el libro de visitas, donde de nuevo nos topamos con un comentario desagradable de Florian, diciendo que (quizás) logrará dormir bien aquí. Pues hijo, para escribir “I will (maybe) sleep well here”, mejor no escribas nada y espérate a la mañana para no parecer que en cada sitio haces un favor al universo por honrarlo con tu presencia.

Ya que estábamos, nos tomamos un buen segundo desayuno para intentar hacer el máximo posible de kilómetros hasta Ciudad Constitución, donde nos alojaríamos en el camping sugerido por Íñigo.
De nuevo, fue un día de calor asqueroso y aplastante, bebiendo agua que era más sopa que otra cosa. Paramos a comer lo primero que encontramos en las alforjas y a orinar junto a un puente. El líquido se evaporaba nada más topar con el asfalto; yo estaba medio mareada.
Llegar al Misiones RV Park fue un chorro de agua fresca. Literalmente, porque nos metimos derechitos a la piscina de agua helada. La dueña, Paty, se admiró de nuestra entereza pero es que no se podía imaginar lo cocidos de calor que estábamos.

Acampamos bajo una palapa cerca de recepción, para tener buen wifi, y Pak preparó un plato delicioso de pasta y verduritas.
Día 267 del viaje, lunes 11 de febrero. Salimos un poco tarde del camping Romanitas porque quisimos despedirnos de Edward y tomar un segundo desayuno.

Luego tocaron 60 km de muchas cuestas y calor horripilante. Rompí la cadena por enésima vez (en esta ocasión ni pude preverlo, no me “avisó” patinando sobre los piñones) y de nuevo caminé varios kilómetros hasta llegar adonde estaba Pak.
Llegamos a un restaurante-hotelito recomendado por Íñigo y allí el empleado, Jorge, nos presentó a su familia y nos dio mucha conversación. Era un hombre sencillo pero optimista y lleno de energía, entregado al bienestar de sus hijas. Le disuadimos de su idea de que los estudios conduzcan a que las personas “sean alguien” (mira que hemos conocido a panolis con estudios pero sin ninguna base moral o intelectual) y nos echamos unas buenas risas cuando nos comentó que los extranjeros siempre le corregían cuando dice “thank you” e insisten en que acentúa mal el “you”; “No, no, thank YOU”, le dicen todos. Le explicamos que lo que la gente hace es insistir en agradecerle a él: al acentuar el “you” lo que hacen es decirle un “¡gracias a usted!” de lo más enfático.“ Órale”, nos dijo rascándose la cabeza, confuso, “ y yo todos estos años pensando que pronuncio fatal”.
Por la noche nos tocó conversación trascendental en pareja, que iríamos perfilando a lo largo de la semana, acerca de los siguientes pasos a dar en nuestro viaje, aunque eso ya es materia de otra entrada en este blog.
Día 267 del viaje, domingo 10 de febrero. La tarde del sábado la pasé dormitando en la tienda; estaba agotada de no haber pegado ojo el día anterior. Por la noche hubo conciertos y ruido de fiesta pero yo descansé bastante bien. Quien no durmió casi nada fue Pak, así que resolvimos quedarnos otro día en Loreto.


Paseíto por la ciudad, buscando un farmers market que no encontramos, pero la verdad es que tampoco nos molestamos en preguntar porque yo no sabía si la conversación entre dos gringos acerca del mercado había ocurrido de verdad o en uno de mis sueños siesteros.
Al final era que sí, que había un mercadillo del agricultor, como vimos en las fotos coloridas de nuestro nuevo amigo, Edward, un polaco canadiense que resultó ser un buen amigo de la familia de nuestra amiga Joanna.
Al intentar reparar la dichosa cadena, Pak comprobó que mi desviador delantero estaba muy desajustado y después de buen rato se dio por vencido.
Siguiendo los sabios comentarios de Pascale y Johnny en iOverlander, salimos en busca de Pepe Cabañas, mítico ciclista de la región que ahora repara bicis, quien nos recibió con los brazos abiertos y nos reparó el desviador en un santiamén por un precio muy razonable,¡y en domingo! Le compré unos pendientes a Yinna, su esposa y conversamos amigablemente. Al filo del ocaso, nos despedimos con un fuerte abrazo y Pepe nos regaló dos camisetas bien chulas, los souvenires más voluminosos que hemos recibido hasta ahora.

Por la noche dimos un último paseito por la villa y luego nos tomamos una muy rica cena en el Mezzaluna, un restaurante uruguayo donde yo me puse las botas a verduritas.

¡Gracias de nuevo por leerme!