Saludos desde Loreto; ¡gracias por leerme! De nuevo, he aquí fragmentos de mi diario personal en orden cronológico inverso. Una versión más optimista del relato, con fotos estupendas, puede leerse en http://www.pakette.org.

Día 266 del viaje, sábado 9 de febrero. Hemos dormido muy mal: olor a orín de perro fuera de la tienda, mala digestión, dolor de cabeza, nubarrón de los disgustos del día anterior…
Nos quedaremos en Loreto para descansar, buscar combustible, reparar —quizás— la cadena del “pa’ qué”. Ya veremos. La mañana está tan gris como mi ánimo.
Día 265 del viaje, viernes 8 de febrero. El mar amaneció liso como un plato; ni resto del vendaval del día anterior.


Dormimos muy bien en la playa de Buenaventura: me fui al sobre muy divertida tras la conversación con Gordon sobre temas tan diversos como la no-llegada a la luna en 1969 o las caravanas que tiene Coco en su Coco’s Corner, que resulta que son, según la leyenda urbana, regalo de no sé qué prisión: “Allí hacían los reclusos los vis-à-vis con sus esposas”, nos dijeron. No me creí una palabra: es parte de la leyenda negra de ese lugar. Cada vez oímos historias diferentes: que si Coco perdió sus dos pies luchando en una guerra, que si durmió en su campamento el Comandante Marcos… Hemos ido desmontando cada historia al contrastarlas con nuestros contertulios.
(La caravana del Coco’s donde dormimos nosotros estaba muy guarra, sí, pero no hacía falta vis-à-vis de prisioneros para que fuera una marranada igualmente. Cierto es que tuvimos suerte de no pillar chinches, eso lo pensé yo también en su día. Una suerte loca…)
Al poco de salir de la playa, nos encontramos en la carretera con Alex y Kara, que estaban esperando el autobús porque a Alex le dolía la rodilla de nuevo. Quedamos en comunicarnos por la tarde por si nos convenía compartir plaza de camping.
Fueron 90 km hasta Loreto, muy duros por el calor y los muchos “columpios”: cuestitas arriba y abajo. Globalmente considerada, la ruta fue mayormente en descenso, aunque hubo un par de subidas muy largas.
“Malcomimos” a pie de carretera bajo un sol de justicia: sandwiches de un atún muy rico que nos había regalado Gordon antes de salir. Los últimos 20 km tuvieron su dificultad: rompí de nuevo la cadena y caminé 4 km (+2 km deslizándome hacia abajo) hasta encontrarme con Pak. No me quiso reparar el eslabón: “Pa’ qué”, me espetó, y me pidió que buscara otra cadena en mi equipaje.
Pues sí, “pa’ qué”, rumié yo el resto del camino. Y mi lista de “pa’ qués” era mucho más larga que cualquier lista que pueda escribir él. De nuevo me planteé tomar un avión en la Paz y no volver. Pa’ qué.
Loreto me impresionó: muy bonita y cuidada. Demasiado turística también, y mucho agobio de los “relaciones públicas” que te invitaban a comer y a probar cosas. Menos mal que nosotros vamos vestidos de turistas andrajosos: no tenemos pinta de llevar muchos dólares encima.
Acampamos detrás de la tienda de Alex y Kara, ducha rápida y a cenar, por favor…
Nos pusimos morados en el restaurante, muy rico todo y bien de precio a pesar del exceso de gringos (una buena recomendación, de nuevo, de Gordon). Yo a los postres me tuve que cabrear con un comentario borde de Pak y me levanté y me volví sola al camping. Me perdí por las hermosas calles de Loreto y tuve que preguntar media docena de veces, pero en ningún momento me sentí insegura en este bello pueblito. Esto no es DF, donde están secuestrando a diario a mujeres en el metro.
Por la noche exigí una disculpa y la obtuve. Se me fue diluyendo la idea de irme para no volver, pero lo que no se esfumó fue el dolor de cabeza, que me duró toda la noche.
Día 264 del viaje, jueves 7 de febrero. Muy tranquila, la noche en el campingcito de don Pancho en Mulegé. Hizo viento y me desperté un par de veces por el ruido de los adornos de caracolas que colgaban encima de la mesa, pero no hubo animales ni tráfico, al estar frente al faro, alejados de la carretera.


Hoy, como ayer, me noté de nuevo que iba con el “piloto automático”, aunque intenté fijarme más en el paisaje esta vez.
¡Y cómo no fijarse! Se sucedieron las playitas paradisíacas: Santispac, El Burro, El Coyote… Aguas turquesas sobre arena blanquísima. De no ser por el viento, hubieran dado ganas de parar en cada cala para darse un chapuzón en el mar de Cortés.
Porque hacía calor, vaya que sí, sobre todo cuando se paraba el viento de repente. Yo iba tapada a tope, como siempre que pega el sol: prefería achicharrarme a exponerme y fenecer de pura autocombustión, cual vampira.
Sufrí, sí, la cabeza hirviéndome bajo el casco y el gorro, aunque objetivamente no lo pasé tan mal como durante el verano canadiense (recuerdo aún aquel día horrible antes de llegar a Antigonish).
Han sido menos de 50 kilómetros: agradables, pese a las cuestitas. Paramos a comprar víveres junto a la playa del Coyote y luego hemos llegado a un camping con un bar-restaurante muy especial, en Playa de Buenaventura, donde la tijuanense Olivia y Mark, su esposo estadounidense, nos han hecho muy buen precio por plantar la tienda, ducharnos y tomar unas cervecitas.
Ducha magnífica, por cierto, agua bien caliente y mango extensible, en vez de chorro fijo desde lo alto que te obligue a hacer el pino-puente si quieres lavarte tus partes.
Hemos comido huevos duros y ensalada “de latas”, ya que el restaurante solo abre los martes. Perfecto: tenemos ingredientes de sobra y nos viene bien ahorrar, ya que la estancia en San Ignacio se nos hizo muy cara, entre las comilonas chez Othon, el avistamiento de ballenas y la visita a las pinturas rupestres.
Estamos ahora tranquilitos en la tienda, al resguardo del viento, poniéndonos al día yo con el diario; él con las fotos. El bufido de las ráfagas apenas deja pasar otros ruidos, aunque a veces se oyen los chirridos de Joshina, una lora tímida y jovencita: tiene nuestra edad…
Día 263 del viaje, miércoles 6 de febrero. Noche casi perfecta en el camping San Lucas. Digo “casi” porque las noches son perfectas únicamente si se cumplen a rajatabla mis medidas de seguridad de paranoica, y como Pak dejó fuera tres de sus alforjas, me impidió dormir tranquila al 100%.
Al camping le doy una nota de 9 por el silencio, la tranquilidad y la buena ducha: maravilloso.


Desayunamos en el restaurante del camping y conversamos largo y tendido con la familia que lo regenta. Tenemos que mirar las redes sociales porque en principio, nos van a sacar en foto…
Fui todo el día con el “piloto automático”: no era consciente de los kilómetros que hacía, ni del paisaje. Iba sumida en mis pensamientos, por ejemplo en si hacer o no hacer una sección en mi blog con mis karma blues. Estaba algo abotargada: quizás el calor sofocante, o el ibuprofeno que me tomé para los últimos coletazos menstruales y el dolor de garganta.
Llegamos a Mulegé y se veía lindo, el oasis. Creo que me sorprendió más el vergel de San Ignacio, aunque este era también impresionante.
Llegamos hasta el faro, tan bonito al otro lado del agua, y el conductor de un vehículo nos indicó que no hacía falta subir al restaurante; la zona de acampada estaba a pocos metros a la izquierda. Me gustó mucho el lugar, tan acogedor con sus hamacas, los adornos de caracolas y las casetitas del baño y la ducha tibia (de manguera, pero tibia al fin y al cabo).
Estuvimos un buen rato sentados a la mesa mientras caía la tarde, Pak cocinando mientras escuchaba la tertulia del fútbol en la radio catalana, y yo montando al Paketten Pis sobre un pez globo, cual Atreyu sobre dragón, riéndome yo sola mientras canturreaba “Neverending Story”.

Día 262 del viaje, martes 5 de febrero. Tardamos bastante en salir, primero porque yo me entretuve retocando mi ecce homo, intentando en vano arreglar la perspectiva pésima; pero también nos demoramos porque en tres días habíamos esparcido todos los trastos por la tienda.

Aún pudimos despedirnos de Sujey, de Othon y del marido de la doctora. Al ciclista belga le deseamos buen viaje pero a la andaluza, Reme, no la vimos salir del cuartito: tenía que estar reventada, la pobre, después de subir la “Cuesta del Infierno”.
… Tramo infame que nosotros hicimos de bajada, claro, y no fue para tanto. No hubo mucho viento ni mucho tráfico de nuestro lado; sí hubo tráfico de frente pero todos respetamos nuestras lindes.
También ayudó el haber parado a comer antes de bajar: fruta y ricos bocatas de queso, tajín y pepino preparaditos por le chef Pak.
En total hicimos unos 90 kilómetros, coronados por otro set de subidas y bajadas con mucho calor entre cañones y áridas torrenteras.
Llegamos de nuevo al mar de Cortés, de costa a costa y tiro porque me toca.
Pasamos de largo de Santa Rosalía, que nos pareció una población feísima, ruidosa y de carreteras infames (el asfalto era peor que los adoquines de la Grand Place de Bruselas). Los conductores, groseros; los perros, asalvajados y sucios.
A la salida de la ciudad sufrí un ataque de un perro que salió hasta la carretera, me mordió una alforja y estuvo a punto de tirarme del empujón. Eran dos canes pero solo uno se puso peligroso. Me bajé de la bici y, con ella por medio, me enfrenté gruñendo al puto chucho: la leona que hay en mí. Estuvimos un rato los dos crispados, enseñándonos los dientes, hasta que salió el dueño a llamar a la mala bestia, minimizando la situación: “No pasa naaaada”. Puse de vuelta y media al pobre diablo, gritándole hasta el límite de mi voz que si no sabe educarlos, debería atarlos o sacrificarlos.
Me fui echando pestes, quedándome más afónica con cada juramento; les debí dejar helados con los sapos y culebras que salieron de mi boca: no están acostumbrados a que una mujer hable así. De forma premonitoria había comprado un “atomizador” una hora antes y me juré preparar una mezcla explosiva para rociar a los bichos que se acerquen demasiado (y lo hice, al día siguiente, agua con restos de papas fritas “fuego limón”, guerra química de primera categoría).

Todas las penurias, dolor de garganta incluido, se evaporaron al llegar al preciosísimo, excelente camping San Lucas, nada caro y con unas duchas portentosas. Tranquilidad, sensación absoluta de seguridad, aislados de la carretera y rodeados de jubilados canadienses y estadounidenses.
Pak cocinó pasta con alguna verdura y yo caí rendida al poco rato, tras tomarme un ibuprofeno y jarabe para mis dolores varios.
Día 261 del viaje, lunes 4 de febrero. Hemos dormido mal y nos quedamos otra noche en San Ignacio.
En principio el día iba a servir para actualizar el blog, pero qué va, el wifi va fatal, Pak está muy desmotivado. Realmente es exasperante, lo mal que va internet en este país (o en esta zona, al menos).
Dibujé a Othon y Sujey en su tándem y me salió un churro de perspectiva pésima. Al verme harta ya de intentar mejorar el dibujo, Pak me arrastró a un paseo por la misión para tomar un helado y comprar pintura negra.
Vimos de lejos una pareja de ciclistas que resultaron ser una española y un belga yendo hacia el norte. Llegaron luego a la Casa del Cyclista y les convencimos de alquilar un cuartito si no querían serenata y meados del gato en celo.
Día 260 del viaje, domingo 3 de febrero. Erick nos llevo a la laguna a ver ballenas. Se vino también Álex para observar cómo era la carretera, mientras Kara se recuperaba de su infección de garganta.

El lugar de embarque era muy bonito y la monitora, Ruby, nos cayó muy bien. Embarcamos con el capitán Miguel Ángel, “El Trolas”, que tuvo que armarse de paciencia con la familia de insoportables que montó en el barco: además de ruidosos y sucios (sacaron chocolatinas y patatas fritas para ver las ballenas, como en el cine), se quejaron de todo y compararon mil veces el servicio de avistamiento con el de San Carlos.


Al regresar a tierra, por suerte estaban tan descontentos que no se quedaron a comer, así que disfrutamos nosotros de los ricos tacos de pescado y de la conversación con Ruby. Ella nos confirmó que por desgracia los visitantes mexicanos eran muchas veces así: zafios, sucios y protestones, exigiendo que el capitan atraiga a las ballenas por todos los medios; por eso preferían a los visitantes estadounidenses y canadienses, que gozaban más del espíritu e historia de Pachico, el primer pescador de la zona en trabar amistad con las ballenas.
Por la tarde acabé el logo y luego dimos un paseíto por la misión con Othon y Sujey.

Volvimos todos (los 8) enlatados en el coche cual sardinas. El par de kilómetros que nos separaban de la casa, por caminito de tierra, no está frecuentado por ninguna autoridad que pudiera querer multarnos.
Lo que no conté de la semana anterior
Muy bonitas las pinturas rupestres, de 10.000 años de antigüedad. En particular me gustó el chamán, con sus dos mitades bicolor, ying y yang, como yo y mi pseudo bipolaridad: ángel y demonio.
