Semana 37, que rima con molcajete

IMG_20190202_023507_426.JPGMe levanté enfadada hoy con el mundo: con los curiosos que preguntan por qué no queremos tener hijos (un día les voy a contestar una de mis burradas), con el gato en celo que nos vino a dar serenata, con los juerguistas que escucharon música bachatera hortera hasta tarde, con los rusos que sacudieron sus zapatos a las seis de la mañana a 30 cm de la pared de la tienda donde yo me encontraba… Estaba que mordía.

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Peinado mañanero… No comment.

Estás leyendo fragmentos de mi diario en orden cronológico inverso.

Día 259 del viaje, sábado 2 de febrero. Sí, me levanté con el pie izquierdo pero en seguida hicimos lo posible por mejorar el día: desayunamos bien, como siempre, sin excepción, y luego movimos la tienda para no estar al lado de la arena donde los gatos hacen sus necesidades (tenemos que ser más observadores a la hora de clavar la tienda).

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La llovizna, fíjate tú, me puso de buen humor y comencé un esbozo de nuestro logo en la pared.

Tras una larga espera en la que nos dio tiempo a hacer colada y fregar bien los bidones, el hijo mayor de Othon nos está llevando en carro (a Alex, Kara, Pak y a mí) a ver las pinturas rupestres.

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Y hasta aquí llega el relato del día, porque me funciona tan mal Google Docs, que temo no poder escribir más si lo vuelvo a cerrar…

Día 258 del viaje, viernes 1 de febrero. Madrugón tras dormir bien tranquilos en el piso de la vecina de Antojitos Juanita.

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Los 110 kilómetros fueron duros, pero menos de lo que me esperaba. Los primeros 85 se hicieron gratos por el día nublado, fresquito, sin mucho viento ni tráfico ni grandes cuestas. De nuevo, las plantitas extraterrestres que tanto me gustan…

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Los últimos 25, al torcer a la carretera 1, fueron una tortura horrible de calor, cuestas vertiginosísimas y tráfico endiablado. Tuve que parar en un momento dado porque pensé que iba a vomitar, de puro estrés y esfuerzo taquicárdico. Solo espero que mi madre no lea esto porque corrimos verdadero peligro al adelantarnos los camiones por carriles tan estrechos y sin arcén.

Qué muerte tan estúpida sería, morir atropellado, aunque siempre hay algún gilipollas en las redes sociales que diría: “¡Qué bueno que murieron haciendo lo que amaban!” Pero ¿cómo va a ser bueno morirse? Si acaso, hay que alegrarse por los muertos que no se enteran de que palman, por ocurrir en un solo instante.

Llegamos a la Casa del Cyclista (sic) y esperamos a Othon charlando con Kara y Álex, ciclistas mexicanos.

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Luego Othon nos homenajeó con molcajete y tacos de pescado en su restaurantito, y para acabar la noche charlamos con su vecina la doctora, acérrima fan de España.

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Molcajete de marisco

Día 257 del viaje, jueves 31 de enero. Hemos dormido mucho (nos hacía falta, después del palizón). La tienda la habíamos puesto ya de noche cerrada, y por la mañana vimos que de milagro no la habíamos montado sobre un conjunto de algas hediondas y restos de cangrejos. No era basura, pero sí despojos del mar, de algún momento en que las olas llegaron hasta ese punto de las cabañas (no, no había riesgo de tanta altura en esa época del año, nos aseguraron).

Desayunamos, levantamos campamento y luego fuimos a tomar un segundo café y a gorronear wifi al restaurante. Mientras Pak me reparaba un pinchazo de la rueda delantera (los malditos abrojos, seguro) yo publicaba en el blog. Nos despedimos de los simpáticos trabajadores: Paulina, Héctor, Emiliana y Wilmer.

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IMG_20190202_150403_068.JPGHicimos 20 km, los primeros aún por cochina terracería (por obras) y los últimos 15 ya por asfalto al fin. Fuimos hasta la playa y nos confirmaron los vecinos que se podría acampar por allí pero queríamos ducharnos y nos fuimos a comer mientras nos replanteábamos nuestras opciones.

 

 

 

Por suerte, en el restaurante Antojitos Juanita nos pusieron en contacto con una vecina que nos abrió la casa de su tía. Por 300 pesos (unos 13 euros) hemos tenido todo el piso para nosotros: no muy limpio pero nos hemos duchado con agua tibia, hemos cocinado, lavado… Por supuesto, seguimos con las mismas precauciones que siempre, respecto al agua (y las superficies que tocamos: guantes y chanclas). Llámennos señoritos si quieren, pero yo no quiero volver a sufrir herpes, hongos, orzuelos…

Mañana toca madrugón para hacer 110 km del ala hasta San Ignacio (Casa del Cyclista).

Día 256 del viaje, miércoles 30 de enero. Hace seis días, ¡SEIS!, que no escribo nada en el diario. El documento donde lo escribo estaba portándose rarito estos últimos días, como siempre que llevo varios días sin conectarme a internet, y me daba una pereza horrible abrir otro documento para no dejar pasar los días…

Tanto en casa de Zoila, como en la de su hermana Aracelia, el wifi funcionaba reguleras pero es que además sospechamos que tenían instalado algún tipo de barrera o control parental (para el uso que le dan los nietos) porque no lográbamos abrir ni la mitad de nuestras aplicaciones.

(Me muero de sueño tras las 10 horas que hemos arrastrado las bicis por 45 km de arena… No, hoy tampoco lograré poner al día el diario.)

… A ver si consigo escribir un poco… Salimos a las 8:15 de la casa de Chico y Aracelia, tras despedirnos de ellos, de su nieto, y de su amigo Reyes. Después de una cuesta enorme empujando las bicis, nos deslizamos tranquilitos por el camino de terracería. Empezamos bien: si bien el rocío mañanero le daba a la arena una consistencia aceitosa y algo resbaloseja, lo cierto que la apelmazaba y se podía rodar bien.

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La suerte se nos acababa en algunos tramos, donde había arena acumulada por el viento y debíamos caminar empujando las bicis, pero con más gloria que pena, llegamos a los 25 km a la hora de comer.

Pak por suerte me hizo caso y cocinamos en condiciones: pasta con salsa de verduras y una sopita, y de postre naranjas que nos había regalado Aracelia.

Con energía renovada, retomamos el camino y muy a menudo logramos ir  por senderillos paralelos que tenían mejor firme que el camino principal. A veces encontrábamos plantas con semillas llenas de pinchos (algo más flexibles que las de nuestros temidos abrojos castellanos) pero no parecían ser tan firmes como para perforar la cubierta. Otras veces rodábamos por miles de conchas de almejas, con el soniquete de loza rota acompañándonos a cada brinco.

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Los últimos kilómetros fueron un arenal de suplicio. Yo seguía el surco de la bici de Pak porque ya me tenía aplastada la arena, pero competía por ese espacio con unos escarabajos negros, los pinacates, que adoraban la nueva sombra que les había creado el Pak.

Llegamos al restaurante Las Cabañas tras 10 horas de suplicio y, tras confirmar que podríamos acampar, nos pusimos morados a cenar, a precio de gringo pero ya nos daba igual…

Día 255 del viaje, martes 29 de enero. Salimos tarde y con pena, remolones, de casa de Zoila. Repiqueteaba en mi memoria aún el sonido de las fichas de nácar de la noche anterior, mientras jugaban a la lotería (una especie de bingo muy curioso, con cartas llenas de imágenes que iban cantando).

Nos confiamos… Solamente 35 kilómetros, decíamos… Pero la supuesta terracería era arena y acabamos necesitando 7 horas para llegar a Punta Prieta (nuestra segunda Punta Prieta de México; la primera fue antes de Guerrero Negro).

Llegamos hambrientos a casa de la hermana de Zoila tras solo haber comido un cachito de pan y queso a mediodía, y nos recibió con un bol de avena y una quesadilla. Al preguntarle si podíamos cocinar, nos soltó que la avena estaba bien nomás… Quizás ella no quería que gastásemos nuestra comida (¡yo lo quería era comer!). A la tercera insinuación, sin el apoyo de Pak, que no pillaba mis indirectas o no las quería pillar, ya lo dejé estar.  Y claro, pasé mala noche, muerta de hambre, el estómago rugiéndome y como siempre, angustiada por las bicis cargadas a tope fuera, de nuevo porque yo no quise insistir para no parecer una histérica, mientras que a Pak no le preocupaba nada.

Por supuesto, mis cuitas eran infundadas porque en ese pueblo se conocen todos los vecinos y sería impensable que se roben entre ellos; además, el pueblito aislado por la terracería atrae a pocos visitantes en general: menos aún si cabe a la mala calaña, que prefiere los sitios llenos de gringos.

Con todo, agradecería el apoyo de Pak para facilitarme el descanso, ya que soy incapaz de dejar de preocuparme (en ese sentido, me parezco un poco a mi madre, que se imagina todos los males posibles). Llegará un día que se confirmen todos mis temores y tendré que morderme los labios para no espetar un “te lo dije”, o bien nunca nos ocurrirá nada malo y las angustias del viaje se diluirán para solo quedarnos con lo bueno.

Fue interesante la conversación sobre educación con Chico y su amigo José Ángel, también con Reyes, contándonos la historia del japonés mexicano que vendía botones de nácar. La pena es que yo con el cansancio y el hambre no espabilé más para insistir en conocer a ese nipón fascinante.

Día 254 del viaje, lunes 28 de enero. Dormí mucho mejor, convencida ya de que nadie entraría a robarnos las alforjas dentro del recinto de la casa (las bicis estaban candadas, en cualquier caso).

Para el almuerzo nos convidaron a langostas frescas, las más sabrosas que yo he probado nunca: ni en la Isla del Principe Eduardo, en Canadá, estaban tan ricas. A lo largo del día también nos convidaron a ceviche recién hecho (Raúl lo cortó delante nuestro, con gran arte) y un jurel hecho a la parrilla.

Nunca, en mi vida, había probado pescado tan exquisito, y claro, fresquísimo, capturado por los colegas de Yovi el mismo día.

 

 

 

Es comprensible que miles de ballenas vengan a criar a esta zona cada año…

Día 253 del viaje, domingo 27 de enero. Descansamos bien en el cuartito que nos preparó Zoila; sábanas limpitas y frescas, silencio maravilloso… Yo por supuesto tardé en dormirme, hasta que hice el esfuerzo de no preocuparme por las alforjas dejadas en la palapa, la misma en la que yo pinté nuestro logo de hipopótamo y leona.

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Cocinamos nuestra especialidad, tortilla de papas y gazpacho, que no le llegaba a la suela de los zapatos a las exquisiteces que habíamos degustado el día anterior (tacos de pescado) ni a las que nos faltaban por probar. Con todo, les pareció lo suficiente exótico y disfrutaron la idea de conocer algún plato español.

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Aceite “Capullo”, sin insultar…

Por la tarde nos llevaron a la playa de San Roque y dimos un paseo de ensueño junto al mar. Recogimos ocho erizos de mar para comerlos al día siguiente, y subimos riscos cual cabras locas, riéndonos mucho con Zoila y su nietito Oliver.

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Muchas gracias por dedicarme tiempo. Si tienes comentarios o sugerencias, no dudes en contactar conmigo.

 

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