Las salinas del desierto de El Vizcaíno nos dejaron sin aliento…

Disculpas por el retraso en publicar: encontrar buen wifi en esta zona es un milagro.
Aquí, de nuevo, una semana más de mi diario en orden cronológico inverso.
Día 252 del viaje, sábado 26 de enero. Soñé que soñaba esta noche en la salina una y otra vez, en un loop sin fin. ¿Buen sueño o pesadilla, como el infierno que se describía en The Preacher? Yo diría lo primero, porque dormí como una tronca, contra todo pronóstico; pensé que me agobiaría y desvelaría por estar aislados, pero no hubo ni un solo ruido, ni una sola presencia en ese paisaje yermo, bellísimo. Desayunamos, recogimos, dejamos todo tan limpio e incólume como lo encontramos, y salimos tras inmortalizar una última vez este paraje en nuestras fotos.


Rodamos una sesentena de kilómetros por un paisaje desértico de apenas cuatro cactus gigantes al borde de la carretera, pero tenía su encanto, pedalear en silencio, en compañía del viento y alguna mosca cojonera.
Llegamos a Bahía Asunción y qué casualidad, la primera niña con quien hablamos era nieta de Zoila y nos guió en bici hasta su casa. Llevaban cinco días esperándonos, avisados por Rocío, y nos dieron una bienvenida espectacular, digna de reyes. ¡Ni hablar de quedarnos una sola noche! Hasta el lunes, por lo menos, nos dijeron.
Los manjares que probamos, así como la estancia maravillosa de tres días, ya pertenece a la narración de la próxima semana.

Día 251 del viaje, viernes 25 de enero. Se oía una música hortera y fiestera que a mí me impidió dormir tan temprano como otras veces, pero nos levantamos bien descansados, relamiéndonos aún del marisco y el ceviche riquísimo de la noche anterior, y nos dimos una última ducha gloriosa antes de salir –tarde ya, a las 10– del camping.
La rodada fue tranquila, sin mucho tráfico. Algo de calor y viento, pero soportables. Pak rompió la cadena justo antes de llegar a las salinas, pero la reparó rapidito.
Antes de las cinco llegamos al punto que habíamos visto marcado en la aplicación iOverlander, a cuatro kilómetros de la carretera: una salina, paisaje lunar con multitud de texturas alucinantes, que nos dejó mudos unos instantes por su belleza. Allí nos dispusimos a acampar tras tomar las precauciones habituales (cocinar y guardar la comida alejados de la tienda).


Día 250 del viaje, jueves 24 de enero. Nos quedamos otro día más en el camping Kadekaman de El Vizcaíno porque nos han quedado tareas por hacer: reparar las dos cremalleras del habitáculo de la tienda, contactar con Richard para intentar resolver la recepción del paquete enviado a Ecuador hace dos meses, mirar bien la ruta…
Hoy hace menos viento que ayer y el sol de nuevo brilla con fuerza: me cuesta encontrar buenos sitios en la sombra para sentarme a escribir (y poder ver la pantalla).

Anoche, tras un largo suplicio de horas subiendo fotos, pudo publicar Pak en www.pakette.org. Se complementan bien, nuestros blogs: yo salgo mucho en sus fotos y él sale mucho en las mías. Es lógico, ¿no? Lo curioso es que hay fotos que yo “pienso” y no llego a sacar para no pararme, y luego me llevo la grata sorpresa de que Pak sí las ha tomado. TerePaktía a todo trapo.
Hoy nos tomaremos el día relajadito y yo intentaré no agobiarme mucho con la “maldición” de los dos días de descanso.
Día 249 del viaje, miércoles 23 de enero. Día de descanso en este maravilloso camping: la mejor relación calidad-precio que hemos encontrado desde la isla de Terranova.
Dormí genial, no oí a ningún animalillo; Pak dice que oyó ardillas platicar: ardillas listadas (chipmunks en inglés) de las que hacen sus madrigueras en el suelo y chirrîan como casetes rebobinando.
Por primera vez en muchos meses, me di una ducha larguísima por el simple placer de sentir el agua caliente. Incluso en el camping La Palapa, donde las duchas también eran excelentes, me lavaba con brevedad para no gastarle mucha agua a Josefina… Pero aquí el negocio les va bien, entre el camping, los apartamentitos, el hotel y el restaurante, así que no he tenido tantos miramientos.
¡Digo yo que tengo derecho a algún lujo! El medio ambiente, lo cuidamos más que cualquier persona en promedio: yo llevo ya todos estos meses recogiendo trocitos de basura ajena para tirarla en contenedores o papeleras adecuados; jamás dejamos papel higiénico en la naturaleza: lo llevamos con nosotros hasta que podemos tirarlo en condiciones o quemarlo, y desde California ya no arrojamos ningún papel al inodoro, ya que en esta parte del mundo están bastante concienciados de lo que pueda acabar en el mar.
A lo largo del día, zurcí ropa y acabé de coser las correas que convertirán nuestro habitáculo en self-standing la próxima vez que haya necesidad de mantenerlo en pie sin clavarlo.
Comimos una ensalada que preparé (con tajín, qué gran invento) y la cena, la hicimos en un restaurantito no muy lejos del camping.

Día 248 del viaje, martes 22 de enero. Acabo tan cansada que no tengo ganas de elaborar. Tomé unas pocas notas, los últimos tres días, para recordar lo básico.

Despedida cariñosa de Rocío, Antonio y Yala, con unos últimos consejos para la ruta y por quién preguntar en cada pueblo. El desayuno nos supo a gloria, sobre todo a Pak, que se metió un plato de machaca (carne con papas y frijoles) entre pecho y espalda, y no eran ni las nueve…
Al completar el libro de visitas vimos un comentario cariñoso de Pascale y Johnny y, por el contrario, las palabras mezquinas de Florian, el francés con quien fuimos casi un mes en Ontario, el falso hippy, diciendo que el restaurante le pareció caro pero que no se queja porque acampó dos días gratis. El muy imbécil, como siempre ejerciendo de rácano y confundiendo honestidad con mala educación. No trago a ese tipo, ojalá no lo volvamos a encontrar nunca por el camino porque me va a costar morderme la lengua.
Hicimos 85 km contra el viento y acabé francamente agotada. Al menos el paisaje era muy bonito, con plantitas que parecían notas musicales de una civilización extraterrestre.
Hicimos una pausa para prepararnos un sandwich en Laguneros y una pareja de ancianos nos invitó amablemente a sentarnos un ratito a la sombra de sus árboles frutales.
Llegamos al fin al Vizcaíno, a un camping que nos sorprendió por lo novísimo y barato que era (el equivalente a 6 euros por persona). Tenía también hotel y restaurante y allí fuimos a cenar pescaíto. Fue una cena portentosa pero tardaron un mundo y nosotros ya estábamos que mordíamos el mantel…

Día 247 del viaje, lunes 21 de enero. El hotel Cáctus si nos resultó “pinchoso”, sí… Durmimos bien, sí, pero por la mañana no había agua en el baño y ya pasamos de decir nada. Al salir le dije a la señora que limpiaba (la misma que nos lavó la ropa el día anterior) que lo sentíamos mucho, pero que no habíamos podido tirar de la cadena del inodoro. Un sobrino salió disculpándose, diciendo que nos había cortado el agua sin querer y que ahora tantito le daba a la llave, pero le dijimos que ya no teníamos tiempo de esperar a que se llenase la cisterna: que se acordaran ellos de tirar antes de aventurarse a levantar la tapa.
Hicimos menos de 80 km hasta fuera de Guerrero Negro. Habíamos empezado con cuestas, y luego fue bastante llano pero el viento cambiaba sin avisar; tan pronto nos empujaba como se ponía en contra. Comimos junto a una tiendita en Valle Jesús y María y menos mal, porque al llegar al restaurante donde permiten acampar a los ciclistas que cenan allí, lo vimos cerrado.
En seguida dimos con Rocío, la dueña, y nos invitó a acampar, sin problema.
Pak cambió las cadenas (¡10.400 km ya!) y al poco aparecieron dos turistas en su trailer, Dorota y Stan, polacos residentes cerca de Nelson, BC, Canadá, durante casi 40 años.
Cenamos con ellos tras cocinar en la cocina del restaurante, gentileza de Rocío, y confirmamos con ellos el cambio de hora tras cruzar el paralelo 28: ocho horas de diferencia con España (siete con Canarias).
Un gato en celo vino a dar la tabarra por la noche y a marcar territorio a la tienda… Pero yo estaba demasiado relajada y feliz para molestarme y me dispuse a dormir como una bendita.
Día 246 del viaje, domingo 20 de enero. Los niños, Emiliano y Poncho, nos ayudaron a levantar el campamento, e hicimos menos de 40 km hasta el Hotel Cactus, tras subir una cuesta bastante chunga, la Bachata (se llamaba así el paraje, no es que tuviera baches esta vez). El hotel era baratillo pero un desastre: había que subirse a la mesilla de noche para enroscar la bombilla del techo y tener luz; no había agua caliente; para colmo de males, encontramos restos de un estornudo ajeno en la sábana, ¡menudo ascazo!
Pak fue a comprar comida al restaurante cercano, y luego se entretuvo cambiando dos de las cremalleras de la tienda, que ya van fatal (pero por suerte la casa, Hilleberg, nos había enviado repuestos). Mientras, yo lidiaba con la colada, que finalmente tuve que darle a una lavandera porque me dieron la brasa hasta que cedí, y luego estuve hasta tarde poniéndome al día con los correos y las redes sociales.

¡Gracias por leerme! La otra versión de este relato, con fotos increíbles, la publica Pak en http://www.pakette.org.