Saludos desde el Valle de los Cirios.
El viento nos propulsaba estos últimos días a velocidades infernales, así que no he podido hacer muchas fotos. Tendréis que esperar las maravillas que le chef Pak presentará a vuestros ojos próximamente en http://www.pakette.org.

Estás leyendo fragmentos de mi diario en orden cronológico inverso.
Día 245 del viaje, sábado 19 de enero. Noche de mucho viento meneando las latas del letrero ‘Coco’s Corner’. Dormí regular: a las neuras habituales, sumé la preocupación por el metro de caída que tenía la cama de la caravana, acostumbrada como estoy a rodar por el suelo de la tienda hasta que me choco con mi costillo o con la pared de la tienda.

Hemos charlado otro rato en el desayuno con Francisco (Frank) e Imelda, su madre. De nuevo, brainstorming para darle a Francisco ideas de negocio, maneras de prosperar, de explotar su potencial… Es un muchacho extraordinario, 22 años y cultísimo, autodidacta; sabe mucho más que otros chicos que su edad que están en estos mismos instantes sacándose los mocos y tocándose las bolas en la universidad, y eso que él no hizo más que primaria…
Nos despedimos pero curiosamente yo no sentí ya pena, sino solo alegría de haber conocido de nuevo gente extraordinaria en el camino.
Los primeros 20 km han sido, como ayer, terracería, es decir, tierra y pedrolos tipo trituradora industrial. El viento soplaba del norte pero la carretera serpenteaba caprichosamente a uno u otro lado, lo que nos dejaba a menudo a merced del fuerte viento.
Finalmente hemos salido a un tramo recién asfaltado, recto hacia el sur, ¡delicioso! ¡Todo para nosotros! Luego, hasta el cruce con la carretera 1, otro tramito más de ir dando brincos (yes, a este paso, como siga sin usar sujetador, acabaré con las peras como solapas de sobre).

Tras detenernos en el restaurantito Nuevo Chapala a ponernos moraos, porque nos lo habíamos ganado con creces con tanto sufrimiento, hemos hecho otros 65 kilómetros hasta Punta Prieta, a toda velocidad impulsados por el viento, donde una familia muy amable (Yesenia, Chico, Emiliano y Luis Alfonso “Poncho”) nos ha permitido plantar la tienda junto a su casa.
Hemos ido a una tiendita a abastecernos de ingredientes y hemos encontrado pan para tostadas, mermelada, cereales… Todo con poco azúcar, algo increíble en este país, donde el sugar lobby campa a sus anchas: Kellogg’s, Nestlé, Coca-Cola y otros maléficos tienen monopolizado el mercado y la incidencia de diabetes alcanza cotas bestiales, como era de esperar.
Por la noche, un susto: por un momento pensamos que habíamos olvidado el hornillo ca Coco y que tendríamos que pedir reite a la familia (es decir, pedir que nos llevaran en coche a buscarlo).
Finalmente apareció en mi mochila, donde yo lo había metido inadvertidamente…
Día 244 del viaje, viernes 18 de enero. He dormido regular, como casi en todos los campings donde me parece que hay demasiada gente. No me gustó que Pak dejara su ropa tendida, pero a él le daba igual. El caso es que no había nadie en las palapas de al lado, ni hubo tránsito de gente, ni ruidos, así que mis preocupaciones eran infundadas. ¡Qué rabia perder una noche de sueño por culpa de bienes materiales que no son ni míos! Si a Pak se la refanfinfla si le roban la ropa, ¿por qué me preocupo yo?

Hoy hicimos “solamente” 40 km pero vaya kilómetros más eternos… Los primeros veinte fueron por una carretera estupenda pero transcurría entre dos cordilleras y había una especie de pasillo de calor concentrado donde no corría ni una brizna de aire. Los últimos veinte sí había aire, pero lo que no había era asfalto; íbamos botando entre las piedras, los dedos entumecidos de apretar el manillar para que no se desviara con cada roca… Los seis últimos kilómetros hasta Coco’s Corner se nos hicieron interminables.
Menos mal que hemos llegado y Frank (Coco no estaba) nos ha recibido muy amablemente y con cervezas. Un chico muy espabilado, listísimo… Es una pena que se halle limitado por sus circunstancias.

Había unos canadienses muy setenteros, pasó un familia de Chihuahua… Nosotros hoy dormiremos en un trailer menos sofisticado que el que disfrutamos un mes en casa de los Totman.
Día 243 del viaje, jueves 17 de enero.. Complicaciones por la mañana en el camping de El Huerfanito… Como este “camping” no tiene ni retretes, nos vimos con el dilema de si acercarnos al mar y hacerle exhibicionismo a los pescadores o bien enseñarle el culo al del camping. Al final lo resolvimos con ingenio y no voy a dar detalles. Ya he hablado en otros lugares de estos asuntos escatológicos.

Hicimos cerca de 50 kilómetros con mucho columpio y algún tramo “partío” de carretera, con sus correspondientes desvíos.

De nuevo, poco tráfico y vegetación increíble. Menos calor esta vez, gracias a los vientos. Hemos llegado a San Luis Gonzaga y en el camping Rancho Grande lo tienen muy bien montado para cobrar por todo, pero hemos pagado por la ducha con mucho gusto, y ha sido portentosa.
Ya instalados bajo una palapa, yo me he puesto a coser una estructura que convertirá nuestra tienda en self-standing (de nuevo haciendo de MacGyver) mientras Pak iba al súper a por unos ingredientillos para la cena.
La puesta de sol, alucinante, nos ha sorprendido justo cuando pasó a saludarnos el sobrino del estadounidense de hace dos días. Nos contó el pronóstico del viento y parece ser que soplará del norte mañana. ¡Hurra!


Día 242 del viaje, miércoles 16 de enero. Dormí como una tronca, agotadísima por los 90 kilómetros por asfaltos infernales o ausentes, y viento de espanto. Solo hubo un incidente sonoro que perturbó mi sueño; en mitad de la noche se oyeron aullidos cercanos de coyotes pero no me importó lo más mínimo porque los perros de Manuel estaban ladrando como locos a unos 50 metros de nosotros y los coyones ni intentaron acercarse. En cualquier caso nuestra comida, como siempre, estaba en una alforja bien cerrada y alejada de la tienda.
Volví a caer en los brazos de Morfeo hasta las 7, que sonó el despertador y Pak salió a caminar a la playa, a hacer fotos del amanecer. Cerré los ojos de nuevo: no había prisa hoy y el día anterior justificaba toda pereza.

Desayunamos sentados en un banco con baldosines de pescaítos, remoloneamos, zurcí los rotos de mis pantalones… Salimos e hicimos una breve parada en la tienda de Clara, la hermana de Josefina, para comprar víveres, agua y uso del wifi.
Hoy fueron solo 30 kilómetros pero hizo mucho calor y hubo un par de cuestas largas, no muy pronunciadas pero con el sol se hicieron pesadas: no había tráfico así que cambié el casco por el sombrero. Los montes se veían verdísimos por las últimas lluvias: cordillera jovencita, de cumbres afiladas al este y el mar de Cortés al oeste.

En un par de tramos la carretera estaba cortada por hundimiento de tierras, y tuvimos que desviarnos por caminos de tierra. Se ve que son los estragos de un huracán del año pasado.
Hemos llegado al camping El Huerfanito y bueno, no le hemos discutido el precio al hombre (200 pesos, unos 10 dólares) pero de camping no tiene nada, ni letrinas… Al menos nos ha dejado rellenar los depósitos de agua (que hemos filtrado, por supuesto).
Es un sitio muy tranquilo. Pak reparó su enésimo pinchazo de rueda trasera y yo me acerqué al mar a remojarme un poco estratégicamente (bañarme no, que estaba el agua muy fría). Hemos cocinado bien y variado, y nos hemos retirado al interior de la tienda en cuanto ha caído el sol: Pak a escuchar sus podcasts con auriculares y troncharse de risa él solo, yo a escribir aquí en silencio, con las olas del mar de único ruido de fondo: maravilloso.
Día 241 del viaje, martes 15 de enero. Salimos demasiado tarde de San Felipe y fue culpa de los dos: Pak se empeñó en ir a comprar leche; yo recogí el campamento con mucha diligencia pero me entretuve charlando con un turista estadounidense de Oregon… Entre pitos y flautas Pak y yo terminamos a la vez, pero eran ya las diez (¡toma pareado!).
Los astros se conjugaron para retrasarnos todo lo que pudieron: tomamos la salida de la ciudad equivocada y terminamos en calles de tierra, empujando la bici por la arena; el asfalto era infame (ya nos lo habían advertido, pero estaba mucho peor de lo que imaginábamos); Pak pinchó la rueda trasera; el viento del sur, por la tarde, sopló con fuerza en contra nuestra.
Al menos la comida fue rápida y sencilla: ¡los restos de la portentosa cena en el Rosita!

Fueron 90 kilómetros de infierno, y eso que íbamos prevenidos y empezamos de buena gana y con energía, pero sobre todo los últimos 30 kilómetros fueron muy duros, sin asfalto y ya anocheciendo. Por suerte tenemos buenas luces…
El peor trago fue un momento de viento horrible en que, en medio de mi pugna por avanzar mínimamente, Pak me adelantó tan ufano y empezó a alejarse tan feliz, pián pianito, y yo ahí dejándome los higadillos, sin poder acelerar ni un ápice. Normalmente me da igual que me adelante pero en medio de un día tan horrendo me quedé muy desmoralizada…
Entonces me acordé de que tenía el podcast que me sugirió Susana sobre Woody Allen y los sugus de piña, y me puse a escucharlo en ruta. Cómo estaría yo de mal para tener que aferrarme a un podcast para poder seguir; yo, que no tengo paciencia para los audios y menos si son en español y duran dos horas; menos aún si van sobre Woody Allen, al que aborrezco (no en su faceta de cineasta, sino como el misógino incestuoso que ha resultado ser)… Pues ese podcast me salvó el día, porque me entretuvo lo suficiente para pedalear dos horas sin mandarlo todo al garete.
Ya llegando al Puertecito, un conductor nos ha recomendado ir al primer camping (marcado como Octavio’s) y, derrengados como estábamos, nos pareció bien. Hemos llegado y nos ha recibido Manuel. De muy buen grado hemos acampado en la playa, bajo una palapa, y nos hemos dado una ducha caliente portentosa en las instalaciones rudimentarias, pero muy bien apañadas del camping. Tras improvisar una cena y organizar bien los trastos, hemos caido rendidos sobre las esterillas, bien enfundaditos en los sacos porque el viento sopla fresco.
Día 240 del viaje, lunes 14 de enero. Día de amanecer precioso en el camping La Palapa, a pesar de haber pasado mala noche por los carraspeos del vecino, que sonaban casi en nuestra oreja… Como había que arreglar la patilla de las gafas de Pak y ya tocaba un día de descanso, nos dedicamos a recorrer la villa para hacer varios recados y ponernos al día con internet.
El óptico fue muy práctico y diligente. Le explicó a Pak por qué no tenía arreglo su patilla, y por unos 40 euros le vendió un marco nuevo con patillas de mejor calidad. Yo también aproveché y por menos de 4 euros me tintó mis gafas de repuesto con un filtro de rayos UVA de primerísima calidad (o eso dice), así que ahora tengo gafas de sol graduadas, que usaré muy puntualmente porque nunca me han gustado las gafas de sol.
La comida la hicimos en el camping y la cena en el restaurante Rosita, donde nos pusieron unas raciones enormes de pulpo y almejas que apenas pudimos acabar. Nos pusimos como el Kiko por la mitad de precio del restaurante del día anterior, que tenía precio de gringos.
Día 239 del viaje, domingo 13 de enero. Me sentó genial la noche en el taller Adán, tras la ducha fría que improvisé en el patio, cuando la familia entera se fue de farra a San Felipe. Estaba agotada de varias noches sin dormir bien y el silencio, maravilloso, me permitió estirar el sueño once larguísimas horas que me supieron a paraíso terrenal.

Había montado el habitáculo de la tienda dentro del cuartito porque Sandra había insistido mucho en que lo hiciéramos sin explicar por qué… Ya me temía insectos de todo tipo pero no, resultó que solo caía un polvillo del techo, del que nos mantuvo aislados la estructura que yo tan hábilmente sostuve con cuerdas e imperdibles. Nos despedimos con cariño de Adán y al dejarle la voluntad se escandalizó un poco, le parecía demasiado, pero yo insistí en que era la mejor noche que había dormido en México hasta ahora, y que además otros ciclistas le pagarían poco, y así —digamos— habría una especie de compensación universal entre ciclistas.
San Felipe estaba a dos horas de rodada rápida y lisa. Pese a una ponchadura de rueda de Pak, llegamos muy pronto al camping La Palapa, donde nos llevamos la sorpresa gratísima de que era un lugar bellísimo. Su dueña, Josefina, se acordaba bien de Sandra y sobre todo de Cristina Spínola, ya que estuvo allí varios días antes de empezar su periplo en kayak por el Mar de Cortés.


Nuestro único error fue ponernos al lado de otra palapa ocupada, pero nosotros ya estábamos de ánimo fiestero y nos fuimos a la Vaquita de Mar a tomar margaritas y mariscos con formas extravagantes.
Lo que no había contado del sábado: ayer fue un día redondo: 24 horas de perfección absoluta. Tras el segundo desayuno al que nos convidó Piedad hicimos 70 kilómetros suavísimos de apenas dos cuestas arriba y lo demás cuesta abajo hasta la Llantería bike friendly de Adán. Las vistas fueron espectaculares: arco iris tras la lluvia, plantas y cactus cubiertos de flores… Es un momento único para estar en estos parajes.
Para mayor gozo, no hizo calor en todo el día y no hubo apenas tráfico. Fue uno de esos días (y rutas) agradablísimos para pedalear, como el tramo de California desde Ragged Point a Hearst Castle.
El hito de 10.000 km pedaleados puso la guinda a un día memorable.

Gracias por leerme. No te puedes hacer a la idea de lo difícil que es encontrar cobertura, wifi, acceso a cualquier tipo de velocidad de carga o descarga… Estar aquí es un viaje en el tiempo a la década de los 90, cuando había módems cantarines y salían canas cargardo páginas de internet. Cada foto que ves aquí ha necesitado más de media hora de subida. Así que GRACIAS de corazón por dedicarme tiempo, porque a mi me ha costado Tutatis y ayuda publicarlo.
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