Relato de un sueño de la noche del 26 al 27 de noviembre, hace más de un mes. Lo tuve en inglés pero ha pasado tanto tiempo que lo he digerido en español, así que así lo narro…


Mike y Shari nos habían traído en coche a un paraje al borde del océano Pacífico. Era un área de descanso, desierta por el día y la hora que era, entre semana; habíamos comido bocadillos y fruta sentados en una mesa de picnic y en ese momento ellos dos charlaban con Pak junto al vehículo, las puertas ya abiertas, mientras me esperaban.
Me había alejado colina arriba, cerca de medio kilómetro, para fotografiar unos árboles entrelazados a ras de suelo, peinados por el viento, que me recordaban a las sabinas castigadas por los Alisios que pueblan El Hierro.
De repente oí un sinfín de graznidos de cuervos y gaviotas volando sobre mi cabeza y me di cuenta de un ruido suave, se diría un tren pero era más leve, casi un ronroneo, que venía de la costa. Volví la vista hacia el océano y me percaté de que Pak y los Totman también miraban en la misma dirección, hacia una masa enorme que se me hacía increíble que fuera agua, porque parecía una pared sólida, azul translúcido, deslizándose lentamente hacia nosotros.
Reaccioné sin que me diera tiempo a pensar. Grité lo más alto que pude “GO! GO! GO! GO NOW FOR GOD’S SAKE!” Me invadió un latigazo de dolor en la garganta e intenté tragar saliva, pero se me había quedado la boca seca y supe que el pánico me estaba venciendo ya, las sienes latiendo a toda velocidad, la adrenalina nublándome la vista.
Los dos ancianos se giraron estupefactos al oírme, pero Pak no perdió un segundo y se dirigió a Mike para quitarle la llave del coche de la mano sin que él apenas se percatara de lo que estaba pasando, y luego empujó a la pareja suave pero firmemente, hacia el interior del coche. Me había comprendido perfectamente: ¡teníamos que salvar a los Totman! Se lo debíamos a ellos y a su familia.
Tras un breve forcejeo en el interior del vehículo, y un intercambio de palabras que no alcancé a comprender, pareció que Pak logró convencerlos de que permanecieran sentados y me miró una última vez antes de acomodarse él precipitadamente en el asiento del conductor. Asentí y le confirmé con mis gestos que subiría colina arriba: no quería que perdieran tiempo y yo tardaría demasiado en descender la loma.
Me gritó algo asomado a la ventanilla pero el ronroneo del océano era ya un rugido que imposibilitaba cualquier comunicación.
Arrancó el coche y aceleró hacia la autopista. Lo seguí unos segundos con la mirada pero lo que ya ocupaba inefablemente mi campo de visión era la mole ingente, esa ola horrible de la que yo francamente no sabía si podría escapar.
Respiré hondo y me dije: “Venga, Teresa, come on, come ON!” Me volví y eché a correr colina arriba. A cada paso que daba me resbalaba la tierra seca dentro de las botas. Me pesaban los pies y resbalaba y resbalaba: cada tres pasos me deslizaba medio metro para abajo. Avanzaba, sí, pero era una distancia ridícula.
Un buen rato aún, no sé cuánto —se me antojaban horas pero eran solo unos minutos— yo seguí intentando subir colina arriba, impulsándome agarrada a los arbustos con la diestra y arañando la tierra con la siniestra, a cuatro patas ya, sudando a gota gorda en un esfuerzo vano por ganar terreno, y las botas se me salían de los pies, la tierra se me colaba a través de los calcetines.
“What are the odds?” murmuré, sin ser muy consciente de qué estaba hablando, y repetí la pregunta como una cantinela, cada vez más rápido, y más alto, y más irritada yo: “What are the odds? What ARE the odds?” Ya es casualidad, coño, pensaba yo, aunque lo verbalizaba en inglés. Ya es casualidad que con las décadas, por no decir siglos, que lleva este continente esperando la llegada nefasta de un tsunami, ocurra justo cuando estoy yo por aquí…
Y de repente supe que era una lucha inútil; una batalla que no podría ganar. “What are the fucking odds?”, me dije una vez más. Y me salió una carcajada: manda huevos, me dije, tanto pensar en el mar para conciliar el sueño y es el mar quien me va a dar el sueño eterno. Cochina ironía del destino.
Me reí hasta que se me desinfló el ánimo y suspiré, la cabeza inclinada hacia abajo, los ojos fijos en mis botas llenas de tierra. Extendí los brazos cuando ya el rugido sonaba como si estuviera bajo una cascada. Sonreí, me volví, y esperé, con los ojos cerrados.
