Si tienes a una persona optimista en tu vida, queda con ella y abrázala: ya estás tardando. Sientáte frente a ella, tómale la mano, mírale a los ojos y dale las gracias por traer tanta alegría a tu vida. Son pocos, los optimistas; rara avis con la sonrisa asomando cada poco a la comisura de los labios. Capaces de carcajearse como niños con un chiste tonto, pero también de soltar la broma más ingeniosa, y de echar a bailar sin vergüenza y sin importar quién mira o qué opinen los demás. Atesora cada momento que puedas pasar con los optimistas, porque la vida dura cuatro días, no hay tiempo que perder.

Dice Nosequién (olé mis citas bibliográficas) que no hay personas tóxicas, sino conductas tóxicas… Pero yo no lo creo así, haberlas haylas: hay gente que son global y holísticamente malas personas, al igual que hay quienes son intrínsecamente buenos, optimistas y llenos de energía. Siempre hay margen para el cambio, eso sí; para bien o para mal. Mima a los optimistas, pónselo fácil para que no cambien.
Mi tía Bebita era una de esas personas que alegraba la vida de todo el mundo con su sola presencia: irradiaba luz y calentaba el alma con la mirada. Era imposible no amarla.
Falleció ayer: nos despertamos con la mala noticia. Durante todo el día reprimí las lágrimas mientras rodaba, y oculté mi pena en los mensajes a mis amigos.
La última de los hermanos de mi padre, la última de su generación en desaparecer: 91 años de optimismo inquebrantable, hasta en los momentos más duros. De esta generación de hermanos, los de mi padre, solo quedamos los vástagos, sus hijos y los hijos de sus hijos: mi tía era abuela y bisabuela.
Me duele en el alma no estar con mis primos y el resto de mi extensísima familia en el sepelio, que está teniendo lugar en estos mismos momentos. Todo Cáceres estará allí, porque era muy conocida y querida. Apenas una modesta esquela en los periódicos; no saldrá en los anales de la historia, mi tía, humilde ama de casa que trabajó duro toda su vida. Sin embargo, su influencia perdurará más allá de dos o tres generaciones, mientras la recordemos todos los que tuvimos suerte de conocerla.
Siempre lo dio todo, más, mucho más, de lo que ella y mi tío Paco tenían. Generosidad sin límites, alegría universal, el tipo de sabiduría que no se aprende en las universidades, una sonrisa que atraviesa, ahora, aún cuando ya no está, las fronteras.
Quiero recordarla siempre, seguir su ejemplo y no ahogarme en un vaso de agua. He grabado su nombre mi bici y pensaré en ella a cada pedalada.
Cucú tras, tía querida. Ya no estás. Pero estás.

Quisiera poder pensar que mi padre y sus hermanos ya están todos juntos, bromeando y partiéndose de risa en el Cielo. ¿Sabrá Dios llamar a sus elegidos por su nombre? Porque como les llame por el nombre en la partida de bautismo, menudo chasco. A mi tía la conoció todo el mundo por su nombre de bebé: Bebita linda. Más te vale llamarla por su nombre, Dios. A ver si me voy a tener que enfadar…