Semana de map + aches; mirar el mapa con ansiedad, porque el día 1 se nos acaba el visado y tenemos que haber cruzado a México, y de aches, dolores de cuerpo y alma, por tanta cuesta y por decisiones imposibles.
Y noche de mapaches…

Estás leyendo fragmentos de mi diario en orden cronológico inverso.
Día 217 del viaje, sábado 22 de diciembre. Una horda de mapaches (bueno, una docena al menos) no nos dejaron dormir. Sabían perfectamente a lo que iban y no tenían ningún miedo: sufrimos acoso y derribo durante horas; se colaban en los vestíbulos de la tienda y husmeaban y rebuscaban todo, en busca de comida. No nos dejaron daños materiales, solo la noche en vela porque no había quién pegara ojo. Se lo comentamos a los rangers por la mañana y nos dijeron que no tenían noticia de ese comportamiento: nosotros les advertimos de que esos animales no habían desarrollado esa conducta en una noche; otra cosa es que solo nos hubiéramos quejado nosotros, cómo no, los españoles.
Por suerte se quedó en un mal comienzo, porque el día fue delicioso. Carreteras no muy complicadas, buenos vientos… ¡Y Santa Bárbara! ¡Qué sorpresa de ciudad! Me imaginaba algo ricacho y hortera y es una localidad pulcra, bien cuidada, con decoraciones navideñas de buen gusto, hermosa y blanca, regada por el sol y el océano, a la sombra de palmeras talluditas.

También había grandes contrastes: ciclistas equipadísimos de culo prieto, como en San Francisco, y homeless de bicis cargadas de trastos.
Comimos junto a la playa y tras cuestitas y senderos hemos llegado a Carpintería, a un camping precioso junto a la playa. Hemos cenado muy abundante y a gustito charlando con otros ciclistas, en concreto con Nick. Un buen día, sí. Qué alegría poder irse a dormir con esta sensación.

Día 216 del viaje, viernes 21 de diciembre. Hemos dormido bien en casa de David, aunque han sido pocas horas de sueño, por haber estado anoche remoleando hasta tarde.
Al despedirse, nos mostró un sombrero chulísimo que le había confeccionado su novia por su cumpleaños. ¡Qué personaje! Nos cayó muy bien.
Un par de cuestas larguísimas, aunque no muy empinadas, nos abrieron el apetito y comimos con ganas en un área de descanso muy chula, al borde del parque nacional.
Por fin rodamos de nuevo paralelos al océano (hacía un par de días que no lo veíamos). La llegada al camping de El Capitán Beach ha sido por un sendero muy hecho polvo, pero con vistas espectaculares.

Hemos ido a mojarnos los pies al Pacífico por primera vez en nuestro viaje, para darle la bienvenida al invierno. ¡Cenaremos ceviche, en honor a Mónica y el chiringuito pirata!
Día 215 del viaje, jueves 20 de diciembre. Emprendo hoy la dura tarea de reconstruir los últimos seis días del viaje. Desde que dejó de funcionarme el móvil no había escrito nada, ni en papel… Me da mucha pereza porque ha habido un par de días horribles que no quiero rememorar, pero todo sea por la crónica…

Hoy hemos dormido bien en el camping de Pismo Beach (ya no me sentía yo al borde del aPismo) 😀
No tenían tarifa de Hikers and Bikers y podríamos haber ido a la playa misma a acampar, pero es que la arena se iba a pegar al rocío mañanero que cubre la tienda y luego iba a pesar el doble. Quien haya tenido que limpiar una tienda llena de arena mojada sabrá de qué hablo. Nosotros ya sufrimos lo nuestro en Black Bear Beach, con aquel diluvio universal…
Arrancamos por la autopista, sin vientos terribles y con buenos arcenes, pero echando de menos ver el océano. Un amable policía nos paró para advertirnos de que en ese tramo en concreto (2 millas) no podían ir bicis por la autopista, pero ya estábamos así que nada, p’alante…
Nos preparamos un sandwich en Santa María, compramos combustible, y charlamos con un barrendero super majo de Los Ángeles; su madre mejicana cruzó la frontera embarazada de él y ahora le apenan las imágenes de los pobres emigrantes retenidos en Tijuana. A nosotros también, le dijimos, porque hay sitio y trabajo para todos, simplemente hay que organizarse…
Hemos llegado a Los Álamos y como no había opciones, me he ofrecido yo a pagar un AirBnb, porque no me apetecía andar preguntando a la gente o buscando un lugar de acampada “salvaje”.
Estamos en casa de David, como reyes, comodísimos, habitación con baño y todas las amenities, ¡cogollos incluidos! Me he hecho un té por hacer la tontería y ahora me duele la cabeza… Para drogas, me quedo con mis electrolitos y mis vitaminas.
Día 214 del viaje, miércoles 19 de diciembre. El desayuno del motel fue muy completito y variado, la pena es que fuera todo tan azucarado. Pak se hizo unos gofres, la mar de feliz.
Retomamos la ruta, alternando carretera con carriles bici muy agradables. En San Luis Obispo paramos a comprar algunos ingredientes (¡y encontré mis electrolitos con cafeína y mis vitaminas!) y aproveché la parada para hablar con mi madre. Quise sonar animada pero todavía estaba afectada por la discusión del día anterior, y me dolía mucho la cabeza.

Probé a disolver una de las tabletas de electrolitos en mis bidones…
… ¡Y a la media hora se produjo el milagro! Literalmente se me desfrunció el ceño, y me sentí genial de repente. Llegamos a Ávila Beach y me partí de risa yo sola. ¡Playa en Ávila!
Sentí un alivio increíble, mi mal humor y mis neuras se habían disipado como si hubieran sido una nube pasajera. Le dije a Pak que las tabletas estas son las que verdaderamente me dan la felicidad en este viaje y se molestó un poco, pero es que no es consciente del desgaste físico y mental que supone este ejercicio constante. La gente que piense que tengo un problema de actitud debería intentar pedalear una media de 60 km, 6 días a la semana, durante 6 meses, pero no a su ritmo, no, sino con la presión psicológica de llevar a un atleta a su lado.
Hemos llegado al camping de Pismo Beach, con sus duchas y baños estupendísimos, y el colmo de la felicidad ha sido cuando, al enésimo intento, mi móvil ha empezado a cargar y he logrado encenderlo. Poco a poco, con la karma…

Día 213 del viaje, martes 18 de diciembre. Amanecimos con mucha humedad en el camping cerca de Cambria. Esperamos un poco a que se secara la tienda pero el rocío por estas latitudes tiene una cualidad pegajosa.
Pasamos por la localidad de Harmony pero el día fue de todo, menos armonioso…
Tras luchar cuatro horas contra el viento, sugerí parar a comer en Cayucos pero no era la parada prevista por Pak, que se cabreó y quiso pasarme la sim del móvil y que yo planificara e hiciera lo que yo quisiera. Pero con mi Samsung viejuno yo no sabía ni activar los datos. Hambrienta, humillada e inútil, resolví comprarnos algo de comer y parar junto a la playa.
Y no pude más, ya ahí anuncié mi fin del viaje, harta de no ser nadie, de no tener identidad ni dignidad alguna. Me pudo el orgullo de saber que no sirvo para nada, que soy un lastre pero que además no tengo fuerzas para dejar de serlo.
Tras un arduo debate, Pak sugirió ir a un motel y organizar la separación, no como pareja, sino como compañeros de viaje.
Ya en el motel, por un momento me sentí enormemente aliviada. Empecé a mirar vuelos desde Los Ángeles, a planificar lo que haría estos meses antes de incorporarme a mi trabajo: quizás prepararme el certificado B2 de francés…
Y hablando de la equipación que yo le dejaría, me derrumbé: soy yo quien le canda la bici cada noche; soy yo quien vigila las bicis cargadas a tope junto a los supermercados; soy yo quien insisto en una dieta rica y variada, no solo dulces y pasta… No se iba a cuidar nada, ni él a sí mismo ni la bici, y volver a Europa me supondría tener que estar angustiada mirando su ruta constantemente, a deshoras, sin saber cómo y dónde come, duerme y se cobija de los elementos. Muerta de miedo día tras día, ansiosa hasta la médula pensando lo peor… Si le pasaba algo, no me lo iba a perdonar jamás.
Al final, para estar jodida parada en un sitio, resolvi estar jodida en movimiento. Así que me resigné de nuevo a mi suerte, tras preguntarle si de verdad no prefería ir solo. Y parece ser que también prefiere estar jodido conmigo que ágil y rápido sin mí. Estamos jodidos los dos…
Fue un día horrible y me quedé extenuada y muy maltrecha de tanto llorar. Me dolía todo el cuerpo y lo peor de todo: me dolía el alma.
Día 212 del viaje, lunes 17 de diciembre. Por la noche llovió a mares. Los rangers del camping nos habían recomendado no ponernos bajo los pinos, porque con la lluvia nos caerían unos “piñazos” de aúpa. Y qué bien que nos lo dijeran, porque sí hubo piñazos, sí….
Ha sido un día perfecto (de Canadá me quedé con Katherine Cove; de Estados Unidos, con este tramo). Aunque el comienzo fue muy duro y con mucha cuesta, a partir de la parada para comer (en Ragged Point) ya no hubo cuestas y pedaleamos junto a la costa, con un sol espléndido y fauna alucinante. ¡Vimos elefantes marinos a menos de tres metros de nosotros! Una docena lo menos, siesteando tranquilitos salvo algún macho escandaloso y alguna cría juguetona que chapoteaba en el barro. Las habrás visto en nuestro perfil de Facebook…
¡También vimos cebras! Un millonario excéntrico liberó unas pocas hace un par de lustros y ahora corren asalvajadas y multiplicadas de lo más bíblicamente.
Hemos llegado muy pronto al camping de Cambria y hemos podido cocinar, organizar, reparar… Con algo más de margen que otras veces, que a las 17:00 se hace de noche.
Día 211 del viaje, domingo 16 de diciembre. El domingo fue un día muy duro, de cuestas terribles. Ya había amanecido de mala uva porque los gorrones domingueros se pusieron a recoger y hacer ruido desde antes del amanecer. Claro: querían irse antes de que les pillaran los rangers. Tuve que salir y gritarles que tuvieran un poco de consideración hacia sus vecinos. Y debí parecerles una loca muy respetable porque se callaron y se fueron del camping en silencio.
Lo que no había contado del sábado… Recuerdo la subida penosísima, y con mucho calor, de una cuesta enorme hasta un mirador, Hurricane Point. A partir de ahí la bajada fue impresionante, con grandes olas y roques en el océano.

El camping al que llegamos, Pfeiffer, era preciosísimo y sólo estaba abierto para Hikers & Bikers, fuera de temporada: ¡todo para nosotros!
Por desgracia, al caer la noche vinieron una panda de gorrones, unos 12-15, en dos caravanas, montando ruido con sus risas y conversación. Parecían buena gente, simplemente eran jóvenes y ruidosos. Me acordé del típico cartel que se ve en algunas tiendas: “Es un precioso día, ya verás como viene alguien y lo jode”. Pues esto es lo que nos pasó. No nos dejaron dormir tranquilos.
Gracias por leerme.