Semana 30: Of dogfish and other dogs —perros en Ruanda

Estás leyendo fragmentos de mi diario en orden cronológico inverso.

IMG_20181215_190640_158

Yes: por culpa de las cuestas, esta semana fue un gran palo y un santo marrón.

Día 210 del viaje, sábado 15 de diciembre. Noche movidita, de mucho ruido en el camping Veterans Park de Monterey. El sonido subía desde la ciudad en espirales: leones marinos bramando desde el océano, y gente de juerga vociferando en la ciudad.

No pude escribir más hasta hoy miércoles, porque mi móvil no se volvió a encender hasta hace unas horas, acariciado y reparado por el sol californiano. Tendré que reconstruir cuatro días a duras penas, mirando fotos y rutas y haciendo memoria, y será difícil porque yo no era yo, estos pasados días, estaba muy afectada y agotada, y hoy me siento mejor, gracias en parte a haber retomado la ingesta de electrolitos con cafeína, mi bálsamo de Fierabrás…

Día 209 del viaje, viernes 14 de diciembre. Hala, vuelta a dormir mal, entre la cama blanda, el calor, la preocupación por las bicis, cargadas a tope fuera de la casa de Beth y, como corolario, una de las conversaciones que mantuvimos sobre los viajes de nuestra anfitriona: por qué no hay perros en Ruanda.

Beth nos contó que fue a Ruanda de viaje y se extrañó de no ver perros. De hecho, no se dio cuenta de la ausencia de perros hasta que vio uno, mascota de una joven voluntaria europea que trabajaba para una ONG. ¿Es que en Ruanda no se estila tener mascotas? Y entonces un guía local le explicó que durante el genocidio, las matanzas se hacían a machetazo limpio, miembos y tripas y sangre regando las calles. Y los perros estaban como locos, rabiosos y asalvajados, aullando y ladrando y dando mordiscos a diestro y siniestro, tanto a vivos como a muertos. Los niños tienen miedo de los perros; los adultos, también: ver un can es evocar la masacre. Conclusión: la voluntaria europea estaba cayendo fatal: todo el pueblo estaba horrorizado con su mascota. Era un insulto, un ultraje a los muertos, mantener y alimentar a esa bestia indigna. Pobre… A lo mejor nadie se lo explicó en su momento, o bien dijo que se llevaba a su perro igual, con dos ovarios. Yo por mi Fifí mato, se diría ella, toda orgullosa.

Por culpa del relato cruento, a mis habituales cuitas insomneras se sumaron las imágenes de cuerpos desmembrados y el olor acre de la sangre cuagulada mezclada con el barro de las calles de Ruanda. Cuando logré finalmente dormir, soñé que manchaba de sangre las sábanas de nuestra anfitriona, de supurar por las múltiples heridillas que tengo en las piernas por las picaduras de los mosquitos de Elk Prairie. Por suerte no fue así…

He estado todo el día como una zombi, pedaleando aturdida, con dolor de cabeza y chiribitas en los ojos, por la falta de sueño.

La jornada ha transcurrido por hermosas carreterillas secundarias y carriles bici. Mucho calor, y a ratos rachas de viento bestiales, pero exentas de peligro esta vez. Unas cuantas cuestas de espanto, pero tolerables…

Comimos en Castroville, cuna de alcachofas portentosas (degustamos unos corazones rebozados) y al caer la tarde llegamos al camping de Monterey. Está petado; estamos rodeados de gente, y yo paso ya de dejar el hornillo y otras cosas de valor en un armario que no puedo cerrar. A ver qué brasa nos dan los animalillos…

Día 208 del viaje, jueves 13 de diciembre. Día maravilloso… ¡Algunos tiene que haber! Paramos a comer en el Wilder Ranch State Park y dos ciclistas espontáneos, Mike y Andy, nos llevaron por Santa Cruz, atravesando la ciudad por la costa. Vimos rincones increíbles y olas llenas de surferos acróbatas…

IMG_20181215_190424_510.JPG

Cuando llegamos a casa de Beth, nuestra anfitriona, habíamos acumulado unas cuantas anécdotas y bellas vistas. Ahora nos disponemos a cocinar y pasar un agradable resto de velada.

Día 207 del viaje, miércoles 12 de diciembre. Cómo cambian las cosas cuando uno duerme bien: qué importancia tener un sueño reparador. Vi huellas de un animalejo por toda mi bici y una pastilla de jabón mordisqueada en mi bolsa delantera, y ni me importó…

Le expliqué a Pak que mi estado mental del día anterior no era para tomarlo a broma pero que me sentía mucho mejor. Me desdije de lo de irme a Europa (de momento), pero insistí en que necesitaba más seguridad y tranquilidad en los trayectos. Le anuncié que tenía un punto menos en su carnet (le quedan 6) pero al mismo tiempo le confirmé que soy consciente de que soy una privilegiada: él me guía y me cuida y yo soy una mera acompañante, grano en el culo, moco colgando, cataplín asomando por el pantalón del futbolista, mancha de sobrasada en la corbata…

Soy un lastre y, al mismo tiempo, no lo soy; le dije por enésima vez que se tiene que plantear ir solo o buscar otra compañía: no puedo prometer que no me vaya a dar otra crisis como ayer y abandone de golpe y sin avisar. Al fin y al cabo, estoy en un viaje que nunca quise hacer, llevando una vida que no he pedido.

Manda huevos: he convencido a este hombre de que no tengamos hijos para llevar una vida tranquila, de puro hedonismo, sin traumas ni preocupaciones, y me dejo meter en esta maldita aventura que me da más disgustos en 6 meses que en una vida entera.

Esto no es para mí, yo quiero sorbitos en gintónic en El Médano, nadar mecida por el mar en Montaña Amarilla. ¿Sobreviviré, sana y cuerda, para volver a mi tierra?

Pese a los vaivenes, fue un día delicioso. Pocas cuestas, poco tráfico, sol, playas preciosas cada dos por tres, un problema técnico que resolvimos en equipo…

IMG_20181215_190531_810

Hemos llegado a un camping KOA (Costanoa) y tras una ducha eterna, hemos cenado junto a una hoguera. Hoy me siento feliz. Dolorida, como cuando uno se ha curado una herida y escuece todo, pero aliviada.

Día 206 del viaje, martes 11 de diciembre. Dormí fatal (poco o nada) porque me agobié por preocupaciones infundadas, principalmente por hallarnos en “un día maldito”, tercer día tras dos días de descanso, denominador común de los dos episodios de desmayos de Pak.

Aún no habíamos salido y yo estaba ya taquicárquica, con las sienes latiéndome como una locomotora, la vista nublándoseme con un tic nervioso, y las rodillas temblorosas.

Esperaba un día horrible y yo sola me cociné y me masqué el día horrible, porque visto desde hoy, miércoles, ayer fue un día normal, soleado y agradable, con alguna cuesta eterna pero nada que no hubiéramos hecho antes, con una carretera algo peligrosa pero con arcenes y bastante buena visibilidad, y tramos de absoluta perfección bucólica, con parajes de costa alucinantes a lo largo de carriles bici novísimos y desiertos.

IMG_20181215_190552_779.JPG

Nos llegó la noticia del atentado en Estrasburgo, pero nuestros amigos intérpretes están bien. Alivio…

La espita saltó en la población donde íbamos a parar a comer. Pak giró y yo no lo vi: seguí recto y nos perdimos de vista. Nos volvimos a encontrar a la media hora pero yo ya estaba histérica intentando contactar sin éxito con el walkie y el móvil. Yo le dije que así yo no puedo ir al desierto de Baja California, sin saber cuándo será la siguiente ocasión en que nos perdamos, o él se desmaye, o nos quedemos sin cobertura, aislados del mundo. Él me culpaba a mí por no mirar y perderme, yo le culpaba a él por no mirar y perderme, y estuve desquiciada un buen rato, lamentándome de esta mísera vida, con lo agusto que yo estaba en Canarias: cuatro años lejos de mi sitio ya es demasiado.

La falta de sueño, la ansiedad, incluso el síndrome premenstrual, todo mezclado, es un cóctel muy peligroso. Subiendo las vertiginosas cuestas por la carretera me sentía al borde del abismo (el mío propio) y me preguntaba si me encontraba ante un nuevo Sarria (el pueblo gallego donde abandoné el camino de Santiago y a un novio, en 2004).

En una subida de espanto me pitó un coche, a pesar de estar yo pegada como una lapa al arcén, y le grité en español que tenía derecho a ir por el mismísimo centro de la calzada si me salía de los ovarios, hijo de la grandísima puta. A lo mejor el hombre me pitaba para darme ánimos pero es que hay que ser muy lerdo para asustar a un ciclista con el claxon en plena cuesta de quitar el hipo. Las eyecciones e insultos me dejaron sin aliento y me tuve que parar a respirar, a llorar y a beber agua, por ese orden.

Fue un día que estuve en el mismísimo infierno.

… Hasta que llegamos al camping del State park de Half Moon Bay, qué maravilla de lugar. Cenamos y fuimos pronto a dormir. Yo aún sollocé por mi triste suerte y por ser una esclava de mis sentimientos, antes de caer finalmente rendida.

IMG_20181215_190504_259.JPG

Día 205 del viaje, lunes 10 de diciembre. Remoloneamos bastante en el piso de Mathis y compañía, en parte por pereza, en parte por la reclamación que tenía que poner Pak por el cobro indebido de un billete para el partido de basket.

Luego fuimos en bus hasta Ocean Beach y paseamos largo y tendido por la playa, mucho más relajados que el día anterior (el domingo habíamos caminado y caminado casi sin parar, nada más que para comer una avocado toast). Disfruté mucho del paseo; me quedo con la buena impresión de la arquitectura sorprendente de San Francisco, sus vertiginosas colinas (¡de hasta un 26% de inclinación!), su flora tan próxima a la de Canarias (¡tajinastes!) y el barrio Mission, lleno de murales y graffitis reivindicativos del mundo latino.

IMG_20181215_190454_622.JPG

Merendamos un café y unos dulces portentosos y Pak se fue al basket. Yo no quise ir porque me parecía un precio prohibitivo y porque, gracias a mi amiga salmantina Elena, ya había disfrutado del espectáculo en 2003, en Washington DC.

Volví en tranvía y bus, previa parada en una papelería para comprarle un guest book a nuestros anfitriones, y me quedé en el piso charlando con los chicos e intentando no morderme las uñas, preocupada por la salud e integridad de Pak (¿hay hooligans en el basket americano? Seguro que pocos, pero a mí se me da muy bien agobiarme).

Pak volvió en Uber, sano y salvo, y aún dio para charlar un ratito con los chicos antes de ir a dormir.

IMG_20181215_190438_978

Gracias por leerme. Encontrarás fotos preciosas y una versión más optimista de este relato en http://www.pakette.org (en inglés).

Leave a comment