Semana 29: SantaCoñ…

Estás leyendo fragmentos de mi diario en orden cronológico inverso.

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Foto extraida de las redes sociales (fuente desconocida).

Día 204 del viaje, domingo 9 de diciembre. No salimos disfrazados de Santa Claus pero estuvimos hasta las tantas de cháchara y bebiendo cerveza, tan contentos.

Me desperté en mitad de la noche con una leve resaca… Bebí agua y tras dormir otro par de horas estaba totalmente recuperada. Guao, va a ser verdad que mi metabolismo ha vuelto a sus veinte años, porque hacía lustros que no me recuperaba tan rápido de una noche jolgloriosa.

Nuestro anfitrión y sus tres compañeros de piso son muy majetes; este ambiente casero me recuerda a mis tiempos laguneros, cuando compartía piso en alegre compañía de mi familia machute. Me invadió nostalgia de aquellos tiempos que no volverán y de repente me pesaron las canas, pero por suerte se me pasó rápido la tontería.

Ayer hicimos tiempo en una brewery local hasta las 6, hora en que habíamos quedado con Mathis. El portero del local prometió echar un ojo a las bicis y degustamos un par de porters e IPAs, muy aliviados y alegres de haber llegado ya a San Francisco y poder descansar.

Subimos la última cuesta empujando las bicis porque estábamos ya bastante contentillos… De hecho, tan contenta iba que me empecé a partir de risa, de verme tan ridícula, como una mula de carga. ¡Qué bien sienta reírse de uno mismo!

Hoy daremos un paseíto por esta ciudad dorada.

Día 203 del viaje, sábado 8 de diciembre. Amanecer bastante húmedo aquí en medio del bosque. Hemos dormido muy bien; apenas un ruidillo del riachuelo que corría al lado.

Hemos charlado un rato con Nick y luego yo me he ido a pegar una ducha eterna, que la noche anterior me había dado pereza buscar la caseta de las duchas.

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La jornada ha sido agradable: senderos y carreteras secundarias, llenas de ciclistas de esos que van todo equipados con ropa deportiva de primera, marcando culillos musculosos. Algunos, amables, otros, desagradables (“What a load of junk!”, me dijo alguno, señalando el equipaje; los gilipollas en bici no son menos gilipollas, simplemente son gilipollas que van en bici).

Mucho estrés en el tramo anterior al Golden Gate, pero había que pasar el puente por narices. La acera derecha estaba reservada a ciclistas y a medida que fui cruzando me fui relajando y empecé a disfrutar de la sensación de llegar a una gran ciudad en pleno día, con el sol aún brillando en lo alto.

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Cruzar San Francisco para llegar a casa de Mathis, nuestro anfitrión esta noche, está siendo una aventura. No sabemos qué se cuece exactamente, pero es una especie de Navidad universitaria y está lleno de peña disfrazada para la ocasión, yendo de bar de en bar. Circular se hace difícil pero parecen inofensivos, solo un poco borrachuzos. (Luego supimos que era la SantaCon, una macrofiesta que ocupa gran parte de la ciudad y en la que la gente se disfraza de Santa Claus, de duendes, alces o de lo primero que pillen por casa).

Es una ciudad interesante: nos está gustando recorrerla, y más con este clima primaveral al borde del invierno. Ahora, mientras estoy esperando aquí a que salga Pak del supermercado, noto cómo la mala leche de estos últimos días se me va evaporando al mismo ritmo que se me calientan los huesillos.

Día 202 del viaje, viernes 7 de diciembre. Dormí fatal, entre la sirena del faro y mi dolor de rodillas. Mientras estaba en vela pensé también en el artículo que publicó Susana, sobre las corresponsales de guerra. Ciertamente hay que ser valiente, o suicida, o francamente masoquista, para buscar una vida así, entre tiros y bombazos y tripas desparramadas (como los viajeros que dejamos una vida cómoda para exponernos a la maldad del mundo y a las inclemencias del clima, lejos de nuestros placeres de primer mundo rico). Hay que ser bastante tonta, sí: yo lo soy, la verdad, o así me siento hoy. Quiero volver a mi hedonismo comodón, a mi vida de dar clases, atiborrarme de series y los jueves ir a beber a sorbitos de cerveza helada junto al mar, con las amigas. Tres años de tortura así, yo no sé si podré soportarlo.

Hoy es de esos días que estoy harta de viajar, pero es que llevamos 11 días sin parar de pedalear y estoy agotada. 666 km, dice Pak, jocoso. Entonces es normal que me lleven los demonios, contesto yo.

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Hemos comido en el bonito parque municipal de Tomales, obligados por un pinchazo en la rueda trasera de Pak.

El incidente nos ha retrasado y cuando hemos llegado al camping (previa parada en Point Reyes, un pueblillo muy majo, para comprar algo más de desayuno), apenas hemos tenido luz para cocinar y poner la tienda. Hemos platicado con Nick, otro ciclista aquí acampado. Esperemos que sea de fiar, porque hemos dejado todo cargado en las bicis.

El día acaba menos miserable de lo que empezó, no porque me duelan menos las rodillas, sino por el sendero maravilloso que nos ha llevado hasta el camping.

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Día 201 del viaje, jueves 6 de diciembre. Dormí 12 horas y podría haber dormido incluso más, si me dejasen…

Pak planeó menos de 50 km hoy, y cuando vi las cuestas, comprendí por qué… Ha habido dos cuestas larguísimas y serpenteantes, con sus correspondientes bajadas vertiginosas. “Al menos el paisaje es espectacular”, dijo Pak. “ Sí, es un bello lugar para morir despeñados”, contesté yo mientras nos sobrevolaba un ave de rapiña. Debemos oler ricos, ricos…

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Vimos leones marinos y unas olacas que serían un placer para todo surfista suicida…

Y por fin llegamos al camping de Bodega Bay, sudorosos y oliendo a rayos de dos días sin ducharnos. Las duchas no funcionaban pero llenamos nuestra ducha solar con agua caliente de los lavabos… ¡Una maravilla!

Fuimos a comprar comida al pueblo y nos pareció turístico y simpático, pero no nos dio por indagar en los rincones donde Hitchcock rodó “Los Pájaros”.

De vuelta en el camping, Pak preparó una buena cena de ternera con verduritas y arroz; cómo no, acompañado de las cervezas que bien nos habíamos ganado.

Dia 200 del viaje, miércoles 5 de diciembre. Nada me molestó ni preocupó durante la noche, en este camping tan cuidadito y tranquilo. Pak dijo que nos visitaron un mapache y una mofeta por haber dejado los cacharros en el vestíbulo de la tienda (incluso fregados, supongo que huelen a comida), pero yo no me enteré de nada.

Fuimos a la pedazo cocina a desayunar, qué lujo… A las dos horas ya estábamos saliendo y me dio penita: me hubiera quedado otro día a descansar entre esos pinos y cabañas tan lindas y bien iluminaditas.

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Hoy ha sido un día menos duro: menos viento y cuestas menos inclinadas. Pero este camping, Woodside, al que hemos llegado es muy rudimentario: baños y agua corriente, pero es fría… Y no hay duchas. ¡Ay, si nos hubiéramos quedado en el KOA!

Cena sana: ensalada de garbanzos con verduras varias, croutons improvisados y queso con jalapeños. Una cervecita nada más porque tuvimos que cargar 30 km con la compra del súper surfero de Gualala y no era plan herniarse.

Hoy nos iremos a dormir muy pronto porque aquí no hay wifi ni hay nada: noche cerrada a las 18 y rien de rien.

Día 199 del viaje, martes 4 de diciembre. Hemos dormido bien, sin incidencias… Al poco de echar a rodar hemos llegado a Fort Bragg (fuerte braga, sí, estaba lleno de mataos) y dejé a Pak al cuidado de las bicis mientras iba a la oficina postal a enviar al seguro la factura de mis medicamentos. Los muy santotomases dicen que no hay reembolso si no ven la factura original, y yo quiero recuperar los ciento veintipico dólares invertidos en curar mi bronquitis, así que apechugo….

El resto de la jornada fue muy duro (y hasta aquí puedo contar, preguntadme en privado si tenéis curiosidad).

… Fueron setenta kilómetros de rompepiernas en toda regla.

Con todo, Pak se portó y me esperó cada poco trecho. De momento esta semana no ha perdido más puntos de su carnet.

Al llegar al camping estatal previsto, junto a la playa de Manchester, nos llevamos el chasco de que estaba cerrado ya (fuera de temporada). Pak propuso tomar un autobús pero quedaban 40 minutos escasos de luz y yo insistí en ir al camping pijo de al lado, un KOA. Nos hemos llevado la grata sorpresa de que tienen tarifa de Hikers & Bikers, 10 $ por cabeza, y además cuentan con cocina, unos baños portentosos, jacuzzi… ¡Qué maravilla!

Hemos cocinado las delicatessen que habíamos comprado en Elk a precio de cojón de mico, y nos ha sabido todo a gloria celestial.

Día 198 del viaje, lunes 3 de diciembre. Todo el camping para nosotros… Hemos descansado bien, tan bien que yo caí rendida al instante y dormí de un tirón con los pantalones puestos (normalmente me dejo la ropa puesta dentro del saco hasta que entro en calor, y luego me la quito para que circule bien la sangre y se me recuperen bien los músculos). Hoy será un día horroroso de cuestas; espero que me respondan bien las piernas.

Al menos, Pak ha tomado la precaución de cambiar las cadenas.

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…Sufrimiento y gozo a partes iguales: carrusel de cuestitas arriba y abajo por la carretera regional 1, y tras una pequeña pausa para comer un par de sandwiches, llegamos al océano de nuevo, con vistas espectaculares (¡cachalotes incluidos!): roques desparramados en el agua azul turquesa. Se acabaron los secuoyas y comenzaron los eucaliptos.

Hemos llegado al camping (¡pasando por la calle Charlene!) cuando ya se estaba poniendo el sol, y mientras Pak cocinaba la cena, yo he montado la tienda.

En este camping hay más gente que en el de ayer: también hay un gato negro adolescente que nos lleva dando la brasa una buena hora, practicando sus habilidades de depredador.

Día 197 del viaje, domingo 2 de diciembre. Pusimos la alarma temprano, ya que esta vez no dependíamos de la luz solar, y nos pusimos a recoger con diligencia el caos que habíamos montado en la cabaña. La dejamos más limpia de lo que la habíamos encontrado: le escribí una nota a la dueña diciéndole que la carne y el huevo que había en la nevera, así como la basura que había debajo de la cama, no eran nuestros.

Hicimos pocos kilómetros hoy pero hubo mucha cuesta y un frío húmedo que nos atería las caras en cada bajada. De nuevo, alternamos carreteras secundarias desiertas con la autopista 101, llena de domingueros.

Hicimos una parada breve para comer y a las 3 y pico ya habíamos llegado a este camping estupendo, en Standish Hickey Park. Hay una tienda enfrente donde hemos comprado algunos ingredientes para completar la cena, así como unas cervecillas.

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