En Hope, como no podía ser menos, me encontré este libro estupendo que apenas tuve tiempo de hojear en la biblioteca: “Reading Women: How the great books of feminism changed my life”. Es tal, la autora, quiero decir que es muy autobiográfico, este libro de Staal, Stephanie, y comienza por contar que un día poco más o menos se dio cuenta de que se había convertido en una ama de casa clásica, quién la ha visto y quién la ve, de pañales, cacharros y marido que pasa un poco de todo. Y entonces retomó sus apuntes sobre feminismo de la universidad y empezó a releer a las autoras con nuevos ojos, con ojos de madre, esposa y mujer que ha sacrificado su próspera carrera profesional y que no da a basto con su vida. No pude acabarme el libro pero leedlo vosotras, amigas, y contadme si merece la pena.
Yo soy también feminista, pero de PAKotilla: de la teoría a la práctica hay un abismo casi insondable. Pak sigue siendo quien se ocupa de la ruta, de la mecánica y del hornillo y yo, de la colada y fregar los cacharros. Y no es que yo insista mucho en lo contrario, en absoluto: me gusta fregar y hacer la colada y no me gusta la mecánica ni los hornillos ni los mapas. Así estamos, así va el mundo, y esta es nuestra realidad de pareja viajando. Al menos ya sé usar el hornillo y montar la tienda, que al inicio del viaje no sabía.
No digo que todas sean igual: conocimos a Mary, ciclista septuagenaria canadiense, que se ocupa de los mapas y las rutas y el marido se deja guiar. O sea, que quizás depende de los intereses y gustos de cada uno, y no sea una cuestión de género. Lo que está claro es que las ciclistas que viajan solas son muy admirables no solo por lo valientes que son, sino por sus innumerables destrezas, que yo no poseo.
Me gustaría leer este libro, y a las grandes autoras feministas, para reencontrarme con mi propio feminismo y convencerme de que esto es una guerra de guerrillas, no un combate a muerte y a por todas. Se va ganando terreno poco a poco, y cada pequeña contribución cuenta. No vale rendirse. Rendirse es morir, y además de la peor muerte, que es la muerte en vida…
Yo he conseguido (más o menos), que nos hablemos con más respeto. También he aprendido a quejarme menos y cada día lucho por ser más empática y menos egoísta. En suma: por dejar atrás la niña que soy y hacerme adulta, leñe, que ya tengo canas en dicha sea la parte.
El día que saque tiempo y fuerzas para leer, os cuento…
