
Ayer tuvimos una experiencia desagradable en Banff (Alberta, Canadá), que nos demostró una vez más que los ciclistas valemos bien poco cuando se nos deposita en la balanza junto con el poderoso caballero Don Dinero, incluso cuando quienes están manejando esa balanza tienen la obligación y el deber de proteger el medioambiente.
Banff es un pueblillo precioso, bucólico, situado a pocos kilómetros al este de la parte canadiense de las montañas Rocosas. Sus casitas de madera podrían ser Balkenhäuser de los Alpes suizos, y sus pulcras calles hierven de turistas de todo el mundo paseando ufanos su equipación y ropa de montaña mientras hacen window shopping por las docenas de tiendas —carísimas— del pueblo, buscando la enésima ganga o algún souvenir hortera para llevar de vuelta a casa: camisetas, tazas, pijamas, bastones con imágenes de osos, alces, castores…
Nada más entrar en el pueblo, ya me quise ir. Been there, done that: ya he estado en pueblitos igual o más lindos en Eslovenia, Austria y Alemania, y éste era un horror de saturación turística, pero queríamos saludar a Ladi, un ciclista checo que habíamos conocido en Sault Ste. Marie.
Ya sabíamos de antemano que él no nos podría alojar, pero charlamos un buen rato sobre nuestros viajes en las últimas semanas, y nos despedimos confiando en nuestra buena suerte para encontrar un pedazo de Crown land donde estuviera permitido hacer acampada libre.
Craso error: el mismo pueblo se encuentra en pleno parque nacional, y está prohibidísima la acampada libre y castigadísima la infracción: había carteles por doquier anunciando multas de hasta 25.000 dólares.
Nos resignamos a subir montaña arriba dos kilómetros hasta el camping regentado por National Parks Canada, con el clásico emblema de la ardilla, pero al llegar allí nos encontramos con la parte de acampada cerrada desde el 2 de septiembre, y la parte de caravanas llena a reventar. Las escasas plazas para tiendas de campaña estaban, por supuesto, ocupadas, y no, no podían dejarnos acampar en “cualquier pedazo de césped”, me aseguraron.
Era ya tarde; empezaba a oscurecer, e insistí una vez más: en bici 12 km hasta el siguiente camping era demasiado si queríamos rodar con luz del día. Nada que hacer: los agentes de la recepción se mostraron inflexibles.
Miré con abatimiento la fila de quince o veinte caravanas que estaban esperando, impacientes, a que yo dejara de importunar a los de recepción.

Me reencontré con Pak medio kilómetro más abajo, donde estaba esperándome, y tomamos la decisión de acampar en la sección del camping cerrada desde principios de mes. Para ello, no tuvimos que saltar ninguna valla ni forzar ninguna puerta, simplemente ignorar el cartel de cerrado. Tampoco nos “escondimos”; simplemente pusimos la tienda en un lugar discreto que no se veía desde los caminos asfaltados.
Fuimos a cocinar varios cientos de metros alejados de la tienda, como aconsejan todos los manuales y folletos sobre osos, y al volver… ¡Nos percatamos de que nos habían descubierto!
Un vehículo estaba parado junto a nuestras bicis y un guarda forestal examinaba nuestras cosas, linterna en mano. Le expliqué que había estado en recepción pero no nos habían permitido acampar por estar reservado a usuarios con caravanas, y que con la oscuridad no habíamos tenido otra alternativa.
El hombre llamó a recepción para corroborar mi historia, y de paso le informaron que sí había un sitio libre, para vehículos, que sí, ahora sí, podríamos ocupar.
Desmontamos, llevamos nuestras cosas penosamente hasta recepción, pagamos y plantamos la tienda en un pedazo miserable de grava destinado a caravanas. Hoy ya sí nos han dado un sitio más decente (también más caro), que se puede ver aquí abajo en la foto.
Esto mismo, que podría haberse gestionado a las 7 de la tarde, acabó arreglándose a la 1 de la madrugada porque no les dio la gana dar prioridad a dos ciclistas frente a algún poderoso propietario de RV: caravanas, las malditas caravanas, que tantísimo dinero mueven aquí en Canada, que tanto contaminan e invaden y aplastan por doquier.
(Aquí debo hacer un paréntesis para explicar que todo ciudadano de pro de este país tiene una caravana, para rodarla y aparcar donde les venga en gana, hacer sus hogueritas y acumular anécdotas para contar a sus nietos.)
La experiencia fue agridulce: nos libramos de una multa a costa de pasar una noche infernal bajo la luz de una farola del camping, y nos dimos cuenta que los ciclistas en Canadá están muy lejos de desbancar a los amantes de la RV experience, al menos aquí en Banff, la llamada “cuna de los parques nacionales”.
Dos días después, en Lake Louise, los de National Parks Canada nos informaron de que sus colegas de Banff tenían que habernos ofrecido compartir plaza con otros campistas; cada plaza tiene un límite de 6 personas y está perfectamente aceptado que los ciclistas o excursionistas a pie pregunten a otros usuarios si están dispuestos a compartir la plaza. ¡Menudos mentecatos, los agentes de Banff!

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