Una de las mejores consecuencias de viajar en bicicleta a largo plazo es el bienestar físico que reporta.
Tras las primeras semanas de auténtica tortura llega un día en que ya no estás tan mal: la piel se acostumbra a lavarse en agua de los lagos y a sufrir las picaduras de mosquitos; los músculos se habitúan al duro ejercicio físico; el cuerpo adquiere rutinas alimentarias y digestivas que hacen más sencillo y ligero el viaje. En suma: te quejas menos y empiezas a disfrutar más.
En mi caso he de decir que me siento más joven y en forma que nunca, tengo apetitos (de todo tipo) que hacía tiempo que no sentía con tanta intensidad, y mi mente, relajada y agotada tras el duro pedaleo de cada día, elabora durante la noche sueños coloridos y llenos de sensaciones, no solo visuales o tactiles sino incluso olfativas.
Hace dos días dormimos con una caja de fresas en la tienda. En principio es un error porque puedes atraer a animales que te rasguen la tela y a ti con ella antes de que te dé tiempo ni de suspirar, pero estábamos en pleno Dryden, una población de 8000 habitantes, junto a un campo de golf cercado por una valla metálica, así que era poco probable que viniera un animal grande a perturbar nuestros sueños.
La caja estaba a escasos 20 cm de mi nariz y olí las fresas toda la noche, hasta el punto de llenar mis sueños de color rojo, aromas dulzones y frescor en la piel.
El único sueño que recuerdo de esa noche me encontró flotando en el mismo lago en que estábamos, con una oscuridad casi absoluta. De repente, me asusté de notar en la piel golpecitos de objetos flotando a mi vera. Me incorporé en el agua, alarmada; la escasa luz de la luna no me permitía reconocer lo que era, pero al menos pude concluir que se trataba de objetos inanimados. Tomé uno con mucha cautela entre los dedos, y el tacto me reveló que eran fresas.
¡El lago estaba lleno de fresas! Volví a flotar panza arriba, encantada, mientras cientos de fresas chocaban contra mi cuerpo a cada leve movimiento de brazos y piernas.
Huelga decir que por la mañana desayunamos las fresas con mucho apetito.
Ha habido otros sueños, jugosos y deliciosos y muy eróticos sueños, que no pienso relatar… Lo dejo a la imaginación del/de la lector(a).
