El paseo de la leona

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Cuando salí de mi éxtasis olfativo, el morro hundido entre las rosas y lilas frescas, húmedas de rocío, que colgaban de mi bici Anacleta, supe que estaba en mi forma de leona porque miré hacia el exterior de la terraza y pude ver los rótulos de las calles sin llevar las gafas puestas: esquina de Verdun con Notre-Dame-de-l’Île.

Será porque hacía seis o siete años que no me soñaba leona que tardé tanto en darme cuenta: no me había extrañado que las flores de mi bici fueran frescas y no de plástico.

Estaba en pleno deleite sensorial del frescor de la mañana, los primeros rayos asomando entre los edificios y la brisa haciéndome cosquillas en los pelos de las orejas.

Bostecé y ronroneé, perezosa, y entré en el piso pasando por encima de los pies del hipopótamo, mi compañero fiel, procurando no despertarle. Muy lentamente, con contoneo felino, me desplacé frotándome contra las paredes del pasillo, dejando mi olor e impregnándome al mismo tiempo de los efluvios ajenos de la gente viajera y peregrina que había pasado por ese piso en las últimas dos semanas.

Hice un pequeño alto frente al salón para contemplar un rato la silueta de Fanny, que dormía bajo las sábanas. Me quedé sin saber qué animal es; no la llegué a ver.

Cerré los ojos, fruncí el morro y eché las orejas hacia atrás, casi en posición aerodinámica, gozando del aire del ventilador como si estuviera bajando una cuesta en bici. En mi forma de leona no he podido disfrutar esos deleites, pero los recuerdo de cuando estoy despierta.

Me encaminé luego a la cocina, donde olisqueé con cierto desagrado el cubo de la basura y me rasqué la espalda contra la palmera, para proceder después hacia el baño.

Orinar siendo leona es un problema, la verdad, será por eso que no me había nunca soñado orinando. Pero esa mañana sí, tenía que orinar, era por culpa de haber bebido tanta cerveza la noche anterior, en mi forma humana.

Por suerte estaba la tapa levantada, no me hubiera gustado tener que empujarla con el morro. Reculé contra la taza y flexioné las dos patas traseras sobre el borde, y me dejé ir sin preocuparme si atinaba mucho o no. No es que nos importe mucho, a las leonas.

Y fue cuando salí de nuevo al pasillo cuando oí otro ronroneo felino que venía de la izquierda, algo más adelante. Me llegó un intenso aroma animal y se me erizó todo el pelaje. Todos los sentidos se me pusieron en estado de alerta. No me atrevía a dar un paso más, y sin embargo no necesitaba verlo para reconocer el tipo de fiera que me acechaba tras la puerta.

Abrí los ojos y ya era persona de nuevo, tumbada junto a mi compañero fiel. Me estaba orinando pero no me atreví a ir al baño.

Me obligué a dormirme de nuevo pero no volví a sentir a la pantera. Ni tampoco la volví a ver nunca más, en su forma humana.

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