La conversación

En los días de máximo optimismo me digo que no tengo excusa para tener miedo porque a alguien que ha vivido su vida intensamente, como yo, no debería asustarle morir. Al fin y al cabo, con 40 años ya he vivido más vidas que la mayoría de gente que conozco, y ya he hecho prácticamente todo lo que me propuse hacer. Los años que me quedan ya son las rentas, el comodín… Es vida regalada que claro que aprovecharé, pero no espero nada (y quizás por no esperar nada, aún me suceda todo).

IMG_20180429_225950_806Este post es un batiburrillo inconexo de reflexiones sobre miedos y peligros a la integridad física… Era de esperar, ya que medio país (y más allá) está debatiendo la sentencia de “la manada”, y yo en este clima propicio no he podido evitar plantearle a mi compañero de viaje si no deberíamos establecer una especie de código secreto para comunicarnos en caso de un ataque con peligro inminente. “Qué sé yo”, le dije, “coordinarnos para resistirnos o zafarnos a la vez y salir corriendo”.

Hemos llegado a la conclusión de que no sirve de nada hacer elucubraciones sobre qué hacer porque nunca sabes cómo reaccionarás en una situación límite. Depende de tantos factores… De si llevan armas o si no, de si parecen profesionales o amateurs… De tu miedo y de lo que dicten tus hormonas de la valentía.

Los hombres y la violación

Yo no sé si los hombres piensan alguna vez cómo reaccionarían si intentasen violarlos. Las mujeres sí pensamos a menudo cómo reaccionaríamos porque nos inculcan ese temor desde que tenemos uso de razón y mucho antes incluso de conocer mínimamente cómo va eso de la mecánica del sexo.

Las mujeres y la violación

La conversación la hemos mantenido todas en algún momento de nuestras vidas, aunque sea con nosotras mismas: en un ataque violento “con ánimo libidinoso”, como dice la sentencia, ¿una debería oponer resistencia o no? ¿Merece la pena arriesgarse a morir o resultar herida? En el fondo, si lo dejas estar, con un poco de suerte el agresor tardará unos minutos en eyacular y luego seguramente te deje en paz, nos hemos dicho más de una vez.

Sí, claro, una quiere creerse fuerte, con capacidad de resistirse, y que además esa resistencia con suerte resultará disuasoria y el tipo acabará huyendo. Pero también en nuestra imaginación también nos cabe plantearnos no hacer nada para salvar la vida, y no por ello es menor el delito ni mayor el consentimiento de la víctima.

Nosotras, las que empatizamos con la víctima de “la manada”, lo hacemos porque sabemos que hay una mínima posibilidad de que, jóvenes y borrachas como ella, hubiéramos reaccionado como ella, y nos produce, como poco, estupor que la ley permita interpretar que no hubo violación, sino un mero abusillo, como quien te pellizca una nalga pero a lo bestia, claro (de ahí el tipo agravado que lleva a los 9 años). Es evidente que quienes redactaron y sucesivamente enmendaron el código penal nunca se han imaginado a sí mismos como víctimas de una violación.

Nunca sabes cómo reaccionarás hasta que lo vivas, así que nunca puedes presuponer que serás una valiente y gritarás y patalearás y el chute de adrenalina te hará sacar fuerzas para vencer la superioridad física del ogro de turno.

Empatizando, que es gerundio

Yo observaba ayer a mi sobrina de 18 años recién cumplidos (una niña, y sin embargo ya mayor de edad) durante una celebración familiar y me dio un escalofrío al pensar que tiene la misma edad que la agredida en el momento del ataque. Me vi a mí misma con 18 años, lo resabiada que era y sin embargo lo poquísimo que sabía; las veces que me metí en la boca del lobo sin darme cuenta pero por suerte pude salir idemne.

La chavala esta de “la manada” se metió en la boca del lobo y a lo mejor no sabía lo que le esperaba, y se le fue de las manos. Yo sí la creo, porque una situación de alegre camaradería y de lúbrico intercambio de besos puede de repente convertirse en una agresión sexual. Lo he visto en los Carnavales de Tenerife y he oído historias escalofriantes, pero por suerte no lo he vivido. Tocad madera por mí. Por nosotros.

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